EL SILENCIO

EL ESCUPITAJOLA MUERTE DE ERNESTO PÉREZ/I

Estoy solo en esta maldita cama. Tengo el cuello cercenado, sin poder hablar. Me desnudaron y sedaron, como un cerdo.

Y así me siento.

Albertina está en la sala contigua con mis hijos y el Ministro de Gobernación, un zopilote a punto de devorarme.

No soy nada.

Estoy aquí, porque un médico militar me lo sugirió.

Cáncer o no, el miedo es otro.

El general Rufo Gutiérrez alienta la teoría de la conspiración.

Mis adversarios quieren asesinarme. Están por todos lados, como moscas.

Y hasta mis amantes me odian.

¡Dios bendito, sácame de este silencio!

Tardaré en hablar y me preocupa.

Los hombres del Partido y de la Agencia Antidrogas actúan a mis espaldas.

El asunto de los hidrocarburos me tiene en cama, causando lástima.

El país es un cementerio por el asunto del maldito petróleo.

“Usted debe cuidarse”, me recomendó por teléfono el embajador yanqui. “Lo quieres (así dijo, sin la ene) asesinar”.

No olvido el día que detectaron el explosivo en el helicóptero que abordaría.

Me lo informó el Estado Mayor Presidencial.

Mi familia está en riesgo.

Soy prisionero de mis propias debilidades.

Y ahora esto: una cirugía en el cuello con advertencia de mortal.

Hace veinte y dos años las cosas eran distintas.

En mis tiempos de alcalde de San Rafael —y durante las noches— me encantaba disfrazarme de mujer. De nadie debía cuidarme, ni de mi primera esposa.

Los habitantes de San Idelfonso —pueblo adyacente a San Rafael— eran ajenos a mis gustos.

Albertina no está atenta con mi salud. Le valgo madre, después de haber enterrado a su tercer marido.

Mucho hago por ella.

O por Martell, mi amante. Aun añoro su hirviente respiración en mis espaldas o el susurrarme cosas gratas y sucias.

Tiempos lejanos por mi ambición de servir, sin avizorar el futuro.

Ahora soy un méndigo reo de los negociantes extranjeros.

Poco valgo.

He llegado a compararme al tonto terrorista árabe de la película de Iron Man. Un simple títere de una empresa trasnacional.

Es mí sino: ser una marioneta de los millonarios.

Cuando el cirujano hacia su chamba, jamás perdió la sonrisa mientras me sedaban.

Soy un esperpento sacrificable.

Mis patrocinadores son los propietarios de mi miedo.

Nada puedo hacer.

Hasta Rodolfo Aspillare, el hijo puta de la televisora más importante del país, me tiene de los guevos por ese estúpido video.

Debilita ser hombre con mente de mujer.

Durante tres años seré una puta al servicio del dinero, la injustica  y el rencor social.

Nunca entenderé porque no soy un patriota.

No es fácil ser un pelele del imperio y no me arrepiento.

¿Cuál es el lado optimista de esto?

Lo pienso.

Si, si… soy presidente constitucional y puedo actuar sin ataduras legales, mientras no me meta con los intereses políticos y económicos de la oligarquía.

Viajo por el mundo —a nombre de la Patria—, libo toda clase de licores y me doy el lujo de meter en mi cama a actrices o actores bajo nómina de las televisoras públicas y privadas.

Sin embargo, soy un estúpido.

¿Por qué me bronquié con el bastardo de Salmer?

El hijo de la chingada es un títere del Saliere Rojas y yo haciéndome el desmemoriado.

Y ahora aquí estoy: en una cama del hospital militar, desnudo, entubado y sin hablar.

La lección fue clara: no tengo el poder que supuse.

El yanqui de la embajada fue honesto al recordarme el verdadero motivo de mi presencia en La Residencia de Los Magueyales: Servirle a los Estados Unidos…

Omitió agregar aztlanos o latinoamericanos

Pendejo de mi…

Mis hijos nunca me escuchan. Soy su tarjeta de cortesía para no pagar sus ingresos a las discotecas o para cogerse a muchachitas o muchachitos de su edad.

En eso reside el poder y así lo he entendido.

Mi tío, el artífice de mi carrera política, siempre me advirtió que tripulamos el Carro de la Revolución bajo la impronta de quienes invierten, no por los miserables que pululan en Aztlán.

En mi toma de posesión como alcalde de San Rafael, me regaló una novela de Víctor Hugo: Los Miserables.

Me sugirió:

“Haz tu dinero, disfrútalo y conviértete en un ciudadano del mundo. El poder público te da ese derecho. Olvídate de esta miserable colonia yanqui llamada Aztlán. Aquí sembramos miserables para que se maten entre ellos y consuman chatarra e imiten a los personajes inventados por las televisoras y Hollywood”.

Ni siquiera estoy enterado de lo que ocurre en el exterior.

Me han hecho creer que la crítica, enferma.

Lo importante —me repiten—, es trabajar de acuerdo a los compromisos asumidos en campaña.

Y tienen razón.

Meterme en el pellejo de los muertos de hambre, destruye mis principales motivaciones de poder:

Ni siquiera necesité controlar con sobornos a la izquierda burocrática del país. Los yanquis hicieron ese trabajo.

Todo tiene un precio y es pagable.

Mi principal adversario político es quien fortalece mi gobierno.  Sus bravatas moralizadoras las utilizan mis patrocinadores para generarles miedo a los inversionistas extranjeros.

Entre Urbano Ronquillo y los capos, el miedo está garantizado.

Así funciona el sistema.

Malditos comunistas.

Ansío a Martell. Necesito escucharlo, tener su lengua reptando en la mía, mintiéndome.

Estoy seguro que me es infiel, como mi esposa.

Me han perdido el respeto.

Odio esta telenovela inventada por Aspillare y Saliere.

En fin, en dos o tres días estaré de regreso en Los Magueyales, según me han dicho, y seguiré mi vida como Presidente.

El terror de morir es la mayor arma de mis enemigos.

No importa. Hago historia y mi familia, los Pérez-Cerda, trascenderá aunque en mi tumba nadie me lleve un ramo de flores. Es el destino de los estadistas al servicio del Imperio, inteligente y letal.

Soy un soldado del Imperio, como lo fueron mis antecesores y eso me enorgullece.

Alguien ha entrado…

No puedo abrir los ojos…

Escucho pasos y el latido de mis arterias…

Tengo miedo…

VIDEOTECA:

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