EL PARALEGAL

fusilados28

Soy un hombre solitario

que el destino es mi suerte…

Diomedes Díaz

Eduardo recibió los documentos del paralegal, amontonados en el escritorio de su oficina.

En el despacho contiguo hallábase un abogado de sangre tanzania. En el exterior, dentro del recibidor con seis sillas, cuatro nuevos inmigrantes, serios y pensativos, aguardaban ser atendidos.

En 425 Eglinton West estaba el nuevo cuartel general del paralegal.

Cuatro meses atrás concluyó su relación laboral con Hertler. Sus oficinas se encontraban en la avenida Dundas, junto al edificio del Ministerio de Ciudadanía e Inmigración.

 En el estacionamiento, Hertler había colocado una traila donde anunciaba sus servicios con grandes letras negras. Le interesaban las personas de habla hispana.

El periodista le comentó al paralegal su interés de viajar a Leamington y la posibilidad de allegarse de un dinero extra para, en caso de perder el juicio legal, no apelar, sino exiliarse en España, donde radicaban dos familiares cercanos.

El 11 de julio del 2004 su padre había fallecido y dos días después, nació su primer nieto, Fernando.

“¿Estás seguro que quieres irte a Leamington?”, preguntó el paralegal.

El trato cotidiano había desarrollado un tipo de acercamiento afectivo, no falto de admiración mutua.

 “El inglés no se me da  —dijo Eduardo—, difícilmente voy a entrar al periodismo canadiense y mis necesidades son mediatas. La prensa latina ha aprendido a sobrevivir, sin mucha plata, con el esfuerzo ajeno. Aquí nunca falta quien regale su trabajo ante la esperanza de ser tomado en cuenta algún día y eso lo aprovechan muy bien los editores”.

“Tenemos que construir nuestros propios puentes y no culpar a nadie de nuestras deficiencias”, sentenció el paralegal.

“Nadie se queja. Hubo un tiempo que supuse que estaba más salado que un bacalao, pero las calabazas, durante el trayecto, se van acomodando solas, como decía una amiga”, dijo Eduardo.

“No es fácil sostener los gastos de una casa propia, a pagar en treinta años —reflexionó el paralegal—; desprenderte de la tercera parte de tus ingresos por cuestión de impuestos, y cubrir las necesidades diarias de cuatro personas que sólo dependen de tu esfuerzo. Se gana en dólares, pero se gasta en dólares”.

“Me lo imagino”, dijo Eduardo. “Es la vida de la mayoría de hispanos que ya tienen raíces en esta tierra. Por eso creo que a algunos no les importa sentir los problemas del inmigrante recién llegado, sino por el contrario, se convierten en un medio para allegarse de dinero fácil. Uno puede recibir apoyo solidario una o dos semanas y más adelante enfrentar los sinsabores del rechazo. El muerto y el arrimado a los tres días apestan”.

“Canadá no es un país fácil”, dijo el paralegal, “y uno lo va descubriendo con el transcurrir de los días. La gente que está afuera esperando, en la oficina contigua, lo único que busca es resolver su problema personal e invertir lo menos posible. De lograrlo difícilmente vuelves a verlos, ese es su destino. Ganen o pierdan su juicio de refugio, jamás vuelven la cabeza hacia atrás. Ahí empieza la falta de conciencia de cada uno de ellos para ayudar a los otros. En eso están fallando las iglesias y los centros de desarrollo comunitario”.

“La Ley del uso, ni modo”, acotó Eduardo.

“Exactamente la Ley del uso —asentó el paralegal—: yo te uso, tú me usas, él me usa… y todos nos usamos. El asunto es que los más listos, en ese sentimiento de uso hacen negocio con los migrantes. Por ejemplo, un centro de desarrollo comunitario puede obtener hasta un millón 300 mil dólares anuales y gastarse las tres cuartas partes en sostener a su burocracia. Su trabajo sólo es referencial porque casi nunca resuelven, con sus propios medios legales o administrativos, los problemas del migrante recién llegado”.

El paralegal tal vez aludía a dos reportajes que Eduardo había publicado en Primera Plana y que evidenciaban fallas administrativas y de servicio en algunos centros de desarrollo comunitario de Toronto. Recibían millonarias aportaciones de cuatro ministerios federales, Legal AID, la Municipalidad de Toronto, la United Way of Greater Toronto y las asociaciones The Ontario Trillium Foundation y The Brumara Foundation. Los ministerios donantes eran el de Ciudadanía e Inmigración, de Ciudadanía Ontario, de Salud y de Familia, Niños y Servicios Sociales.

“Lo que me sorprende es el funcionamiento de los albergues públicos: hay sesenta en Toronto y diez de ellos son administrados por el gobierno de la ciudad. Los otros cincuenta subsisten con dinero privado. Ahí reciben alimento cinco veces al día, sábanas, almohadas y cobijas nuevas; tickes para el transporte público y hasta asesoría gratuita para obtener welfare”, dijo Eduardo.

“Sólo que son muy pocos los funcionales y seguros”, aclaró el paralegal, “porque en su mayoría acogen a personas de la calle, viciosas e sin hábitos de aseo. Para un inmigrante recién llegado eso puede ser traumante. En varias ocasiones, puedo asegurar que hasta cientos de veces, intervine para sacar a inmigrantes de los albergues y llevarlos a mi casa o la casa de otros amigos. Después, ya con la ayuda asistencial de Ontario Work, lograban obtener una vivienda digna”.

En esas fechas, el paralegal enfrentaba un problema legal por su supuesta intromisión en un asunto migratorio que afectó el ingreso de un aspirante a refugiado.

Eduardo tuvo la precaución de investigar los hechos y concluir que se trataba de un asunto de vendettas entre los mercaderes de inmigrantes. El paralegal llevaba veintidós años construyendo una red de apoyo a personas de recién ingreso a Canadá y algunos de sus colaboradores —contritos y muy leales al principio— terminaban repudiándolo y desprestigiándolo. Sin embargo, jamás cuestionaba su proceder y prefería apartarse de ellos sin rupturas violentas y seguir con su propósito de trabajo.

“Creo que su principal problema es dejar en manos de terceros la confianza que le han depositado los inmigrantes. Si sus recomendados fallan, el único responsable es usted y en dos meses lo culpan de algún abuso que se cometió contra de ellos”, le advirtió el periodista.

Por ejemplo, si el intérprete ante Ontario Work aprovechaba la ignorancia del nuevo inmigrante y le ofrecía gestionar el permiso de trabajo por cien o doscientos dólares, el afectado suponía que el paralegal le había dado esas instrucciones.

El intérprete aseguraba que en menos de un mes le entregaría ese documento y en realidad era enviado cuatro meses después de haber sido aceptado como refugiado político. No por la intervención del intérprete, sino por un trámite normal ya contemplado por las leyes migratorias.

El paralegal era el menos malo de esa jauría de mercaderes y aun así, sus detractores lo atacaban con saña.

En alguna ocasión, Eduardo llegó a convencerse que el paralegal había perdido su mística de servicio al estar alejado de sus obsesiones religiosas. Lo evidenciaban algunos comentarios ríspidos y por el comportamiento cuestionable de algunos colaboradores que lo acompañaban. Lo cierto era que no toleraba la altanería y falta de humildad de algunos nuevos inmigrantes que solicitaban su ayuda.

“Sienten que uno está para servirles, para resolverles todos sus problemas, sin que hagan el menor esfuerzo por ayudarse”, repetía.

Los trasladaba en su camioneta a las oficinas de Ontario Work, albergues públicos o Legal AID y en casi todos los casos nadie le pagaba sus servicios o cooperaba con un poco de gasolina. Por el contrario, ya a sus espaldas, los mismos beneficiados comentaban que esa era su obligación porque le pagaba el gobierno para atenderlos. En realidad su salario provenía del abogado, pero sólo por armar los PIF’s y servir de interprete ante Legal AID y de su propio contratante, en este caso el abogado de sangre tanzania.

Un día que el reportero apoyó a un inmigrante venezolano en la corrección gramatical de su historia, al día siguiente le comentó al paralegal:

“Increíble, ni las gracias me dio su recomendado”.

El paralegal, cuestionó:

“¿Tú le das las gracias a Dios todos los días?”

HEMEROTECA: TVNo 09 Julio 2019

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