EL PADRE DIABLO

goteo portadaLos transportistas apelaron al reclamo.

—No podemos tolerar esta situación —reconoció Gulmaro.

Platón lo secundó:

—Tienes razón. La gente podría hasta quemar las unidades…

En dos meses, catorce asaltos en cuatro rutas de Los Laureles a Toluca. Imposible resistir.

Los asaltantes, pelafustanes de calzado desgastado y olor a mugre, son imparables. Día, tarde y noche recurren al pasaje para abrevar dinero del esfuerzo ajeno y gastar en drogas y pisto.

Borges entrecierra sus ojos de cerdo y golpea la mesa con furia.

—O paramos o paramos, los hijos de la chingada no serán quienes ganen la partida…

Por desgracia, los dos directores de seguridad pública, presentes en el encuentro, en nada se conmovieron. Su mochada estaba asegurada. Cada raterillo, puntual, aportaba su parte y santo remedio.

Ningún cuico en la plaza.

Los seis permisionarios, panzones y de ropas de marca —en su mayoría Armani—, sabían de las malas andanzas de las autoridades. Liborio y Gulmaro pagaron para averiguar lo que ocurría entre las filas de la policía.

El informe concluyó que los sobornos alcanzaban a los alcaldes y gobernadores.

E incluso, algunos choferes le trabajaban a las organizaciones criminales.

No era un asunto fácil.

Los quince millones invertidos en seguridad audiovisual poco aportaban para detener los asaltos y violaciones. Los rateros, con la complicidad de los choferes, desactivaban las cámaras.

Tuco, el primogénito de Borges tuvo la ocurrencia de utilizar teléfonos celulares con geolocalizadores para cazar a los delincuentes.

El vetusto Platón tambien se apoyó en su hija Lucrecia, ingeniera en sistemas, para materializar la idea.

Y es aquí donde hace acto de presencia el verdadero antihéroe de la película: Orlando Calleja, el Diablo.

En el octavo encuentro de permisionarios, dentro de la residencia de Gulmaro Rosas, el Diablo hizo su aparición. Carimarcado, musculoso, pelado a la marine y perfectamente afeitado, apenas habló durante la comparecencia.

Le rehuía a las palabras mundanas, a la verborrea.

Meando y caminando, era su consigna de batalla.

El Diablo se allegó de la lista de choferes, bajo sospecha de delinquir.

Y Platón y Mario Alberto fueron rotundos en la sentencia:

El que la debe la paga, sin contemplaciones…

Por cada cabeza, cinco mil dólares.

Los dos jefes de policía, de ser parte del estiércol social, tendrían que ser sacrificables.

Por lo pronto, el Diablo filtraría a su gente en las unidades. En el instante de ocurrir el asalto, el operativo se activaba.

Los teléfonos móviles, de chapa dorada para seducir a los asaltantes, servirían de carnada.

Y el operativo funcionó.

El domingo 14, la Loba y el Flautas asaltaron la Rutera 9 de San Blas-Independencia.

La Loba se allegó del celular-carnaza: caparazón de oro flameante y estuche de piel de carnero.

 En esta ocasión, obtuvieron seis mil doscientos pesos, joyería barata, cuatro relojes-pulsera y nueve teléfonos móviles.

Tuco le envió al Diablo las imágenes videograbadas de los delincuentes y las coordenadas de origen del móvil-carnaza.

En un par de horas, el matón ubicó a sus presas —en pleno zócalo de la Ciudad de México— y, sin advertencia, los ejecutó. Dos balas expansivas por cabeza.

Las ejecuciones se fueron multiplicando a lo largo del año, hasta alcanzar a doce choferes, nueve policías, dos guardias nacionales y un alcalde. En los operativos se aplicó el levantón nocturno o el ataque en el interior de los domicilios.

Nunca en vía pública.

Trabajo limpio, de profesional.

Y de esta manera, queridos lectores, los seis permisionarios —Gulmaro, Platón, Borges, Liborio, Mario Alberto y Lucas— dejaron un centenar de viudas y otro tanto de huérfanos y padres y madres dolientes. En su mayoría, pobres y asalariados.

Ni el señor Obispo Lovando y el Cardenal Pinchetti fueron informados, en confesión, de la limpia social, aplicada por sus principales patrocinadores.

—0—

Los impíos serán cortados de la tierra y los pérfidos desarraigados de ella —recitó el Diablo durante la homilía.

Su sapiencia en Proverbios, al fin cura de pueblo, lo guiaba en su misión purificadora.

—¡Alabado sea el Señor! —exclamaron los feligreses e incluyo a Lucrecia, su amante.

VIDEOTECA:

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