JUEGO DE MULAS

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“La familia Monroy vive azorada de su propia existencia. Por su origen aventurero arrastra tristezas e intenta acomodarse a su entorno por medio de la astucia y el instinto de la necesidad. Los Monroy descienden de españoles y en su afán de enriquecerse más rápido que sus antiguos acompañantes se arraigaron al pueblo. Arribaron a Huayacocotla en 1736, bajo la protección política del Conde de la Regla, Pedro Romero de Terreros, y sobrino consentido de Juan Vázquez de Terreros, el principal acaparador de tierras, minas y granos en lo que es ahora el estado de Querétaro… “

Siqueiros anotó lo anterior, antes de meterse en la cama, en una pequeña libreta de hojas cuadrangulares y pastas rojas.

De un solo trago bebió los sedimentos del aguardiente.

El malestar de la muñeca derecha, producto de la humedad, lo obligaron a ceñirse una venda remojada con aguardiente y hojas de berro.

Doña Clotilde Caracas, al entregarle el menjurje, le dio indicaciones.

—No se moje las manos, ingeniero. Hágalo mañana… La dolencia de huesos es por el frio. El berro ayuda a palear las reumas y le da alivio a las coyunturas…Ya verá…

Por la noche, a pesar del aguacero, Siqueiros aceptó la invitación de don Elpidio Monroy. El encuentro seria en el billar-bar de su primo, don Salvador Monroy. En compañía de dos amigos, jugarían domino: el carnicero Encarnación Solís y el comerciante, Sóstenes Monroy.

Don Elpidio Monroy era afín al licor de nanche y durazno. Y sus compañeros de mesa, a la cerveza y aguardiente.

El viejo cacique estaba impedido de beber alcohol en demasía, por un problema en la vejiga.

Durante la partida de domino, el muralista obtuvo información sobre el origen de los Monroy-González.

—Los Monroy —abundó don Elpidio— llegamos a la par que los colonizadores de España. No solo trajimos la malaria y el sarampión, sino recuas y herramientas. Los Monroy siempre hemos sido unos andarines del mundo y comerciantes, pero no unos fanáticos cruzados de la Revolución Mexicana…

—¿Por qué lo dice? –cuestionó Siqueiros que aparentaba estar concentrado en el juego.

Un error de cálculo de Sóstenes Monroy, su oponente, podría darles el triunfo.

En la barra, con los codos sobre la plancha de lámina, don Chava Monroy los observaba somnoliento.

La clientela escaseaba y en miércoles.

Su primo, don Elpidio Monroy, llevaba la delantera en la apuesta. Sus cuatro triunfos consecutivos lo habían eximido del zapatazo, símbolo de mofa.

—Aquí no la tuvimos fácil, ingeniero —precisó el viejo comerciante—. Por ejemplo, yo tuve que mercar con los indios de los municipios aledaños. De Zontecomatlán, Texcatepec y Zacualpan… No fue algo fácil. Me vi obligado a aprender otomí. Y le aclaro una cosa: de no haber intervenido los misioneros jesuitas, seguramente no estuviéramos aquí y las tres huastecas serian controladas por los caciques locales…

—¿Y cuál es la diferencia entre ellos y ustedes?

—Nosotros creemos en Dios, en Jesucristo y la Virgen María, y no en hechicerías e ídolos satánicos… Los indios son borrachos, guevones y crueles y su apego al pulque es un asunto que nos preocupa… Son unas bestias y acaban matándose a puñaladas o machetazos… Así están las cosas por acá, ingeniero…

El comentario incomodó a Siqueiros.

Sin embargo, le tenía ley a su benefactor circunstancial.

Don Elpidio Monroy le permitió intimidar en los asuntos domésticos y ganarse la confianza de su esposa María de los Ángeles e hijos: Elpidio —el primogénito—, Luis, Fernando, Ana María, Paz y María de las Nieves.

Le sorprendió comprobar el talento de aquel hombre silvestre, sin estudios académicos, pero conocedor del arte pictórico, la poesía romántica y la política.

Don Elpidio Monroy era abierto opositor del  Partido de la Revolución Mexicana y el socialismo nacionalista del General Cárdenas.

Lo seducían las ideas de la derecha mexicana, alentadas por un ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, chihuahuense y abogado patronal: Manuel Gómez Morín.

Por ejemplo, avalaba el individualismo frente al colectivismo y rechazaba la socialización del capital y sus herramientas multiplicadoras: tierras de bienes comunales, ejidos, cooperativas y sindicatos gremiales.

En julio de 1938, Gómez Morín presidió, en un hotel de Pachuca, una reunión informativa con medio centenar de comerciantes y rancheros veracruzanos.

Don Elpidio Monroy asistió. En esa ocasión firmó el acta constitutiva del Comité Regional del Partido Acción Nacional.

El 15 de septiembre de 1939, el PAN inició oficialmente sus actividades.

—Si usted lo dice, don Elpidio, que así sea. —asentó Siqueiros—. Los indígenas son parte de este folclor y ustedes se benefician de ellos. Hay que tener cuidado con la gallina de los huevos de oro: no dejar que los abusos de un sector a otro, terminen con su negocio…

Siqueiros no se arredró ante la realidad de la oligarquía mestiza. Sin embargo, estaba consciente que podía ser evidenciado por su desmedida solidaridad con los asalariados y miserables.

Su presencia en Huayacocotla tenía un solo propósito: evadir la justicia.

El asunto de Trotsky estaba vigente.

El 18 de junio, el coronel Leandro Sánchez informó, en conferencia de prensa, que sus policías lograron detener a treinta comunistas involucrados en el intento de asesinato de Trotsky y su familia. Y enumeró algunos: Luis Mateo Martínez, David Serrano Andonegui, Néstor Sánchez Hernández, Juan Zúñiga Camacho, Julia Barradas Serrano, Ana María López, Mariano Herrera Vázquez y Antonio Pujol.

—Siguen prófugos David Alfaro Siqueiros, sus cuñados Luis y Leopoldo Arenal Bastar y Frank Jackson —confirmó el jefe de los Servicios Secretos del Distrito Federal.

En la edición del 26 de mayo de 1940 —dos días posteriores al atentado—, el periódico Excélsior publicó:

“Trotsky se salvó del atentado del viernes pasado por su estratagema de deslizarse bajo la cama. Resultó sin un rasguño gracias a una viaja costumbre desconocida incluso por sus secretarios. El líder ruso y su esposa no duermen en la que tienen por alcoba sino en cuartos distintos de la residencia. De ahí que los asaltantes hayan agujerado el colchón sin tocarlos”.

—Por cierto, ingeniero —externó don Elpidio Monroy, sin soltar la ficha blanca-tres que sabotearía la jugada de sus oponentes —, mi hija Ana María me preguntó por el mural que pintará en una de los paredones exteriores de nuestra sala…

—No lo pintaré yo  —aclaró el muralista—, sino un muchacho de Tulancingo… Yo únicamente vigilaré a que haga lo correcto. Eso sí, cuente con la pintura de óleo para que trascienda el mural y no lo destruya la humedad.

—Pues tiene muy emocionada a mi chamaca, ingeniero…

—Retornando de la Cruz del Ataque, nos juntamos para planear el contenido del mural…  —prometió Siqueiros—. Será quizá un paraje serrano o la Virgen de Regla que tanto veneraba el principal benefactor de esta región, don Elpidio…

—Se refiere al Conde de Regla…

—Al mismísimo… —confirmó Siqueiros—. Fue amigo personal del rey Carlos III, al que le regaló un buque de guerra con ochenta cañones y sus camarotes recubiertos de piedras preciosas y barandales de oro…

—¡Chingaron a su madre! –exclamó Sóstenes Monroy, pareja en el juego de su primo Elpidio.

Sóstenes logró coronar con la ficha cuatro-tres.

Siqueiros no pudo deshacerse de la mula de cuatros.

La dupla Sóstenes-Elpidio volvió a salir vencedor.

El carnicero, Encarnación Solís,  compañero de juego del pintor, tuvo que pagar, por cuarta ocasión, la siguiente ronda de cerveza y vino espiritoso.

—Por andar reviviendo muertos, nos la dejaron ir en seco, ingeniero –—se quejó Encarnación.

—Me imagino que fue la estrategia de don Elpidio para zurrarnos —concluyó Siqueiros en tono socarrón.

Y con escandalosas carcajadas festinaron sus palabras.

Don Salvador Monroy era el único aburrido de la noche.

La mesa de billar seguía intacta.

La presencia de sus parientes, Siqueiros y Encarnación impidieron el ingreso de sus clientes de los miércoles, principalmente los jóvenes. Repelaban mezclarse con los Monroy.

—Buenas noches, señores —escucharon un vocerrón que partía de uno de los dos accesos del billar.

Los jugadores y don Salvador Monroy levantaron la cabeza y descubrieron, entre el marco de la puerta, a don Elfego Castrejón. Tras su magra figura, hallábase el subteniente Galindo, en uniforme y fornitura, y Prisciliano Perea, el Cuchillo, un asesino profesional.

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