ADIOS, VELARDE…

la dama15

La casa de citas era un departamento alejado de la mancha urbana, al noroeste de La Piedad, en las orillas del Rancho San Isidro.

Una Van nos recogía y llevaba al trabajo.

Durante la madrugada, en la misma unidad, regresábamos a La Barca, si así lo disponíamos.

Le dije a madame Gala que prefería evitar el traqueteo del trayecto, por las malas condiciones del camino, y dormir, de viernes a martes, en la acogible habitación asignada.

Los clientes del lugar eran selectos.

Normalmente olían rico e iban al departamento a pasar una buena noche sexual.

…o tratar negocios y hablar de política.

El color rojo predominaba en el departamento de diez habitaciones, tres sanitarios con jacuzzi y regadera y una estancia enorme, con barra de herradura.

El servicio de drinks era atendido por una chica de cuerpo de cordillera. Era la pareja sentimental de madame Galia y tenía prohibido dormir con los clientes.

Velarde conoció el putero por invitación mia. Quise que lo hiciera.

—Si saben que alguien se preocupa de mi seguridad, puedo evitar algunos abusos, ¿no lo crees? — dije antes de entrevistarme con la madrota.

El decano maestro aceptó apoyarme con evidente tristeza.

—Lo único que pido, muchacha, es que no escuches y repitas lo que ahí se diga y evita los tragos fuertes o cualquier droga para no convertirte después en su esclava y destruirte.

Besé sus resecos labios, impregnados de nicotina, y desnuda me acurruqué entre sus enflaquecidos brazos.

Me sentía protegida. Era un hombre noble, informado y anarquista.

 Después de mi encuentro con la madrota —ruda, malhablada y con un parecido extraordinario a Sharon Stone—, retornamos a La Barca.

Bebimos cerveza, hablamos del burdel e hicimos el amor casi toda la noche.

El viernes seria mi debut.

Velarde me regaló un fino negligé blanco, transparente, para que nada quedara a la imaginación del cliente.

—Entre más rápido termine el semental —sugirió, animado por la cerveza—, tendrás tiempo para descansar y leer, si es que se lo permiten…

Decirme aquello sobraba.

Un hombre difícilmente lograba complacerme con solo penetrarme. Lo alentaba a eyacular al permitirle materializar sus fantasías de cama, aprendidas en algunos videos tres equis.

Las redondeces de mi cuerpo y el sexo oral y anal, sin reticencias, los transformaba en auténticos toros de lidia.

En pocos minutos se chorreaban.

Luego, ya desfallecientes, intentaban zafarse de mis muslos.

Deonato, el libanés —cliente asiduo y generoso— lograba terminar en sintonía conmigo.

Tenía garbo y una personalidad interesante.

No era pichicatero con el dinero.

Nunca me ofreció casamiento o ser su amante de planta.

Y por dos razones: amaba a su esposa y era padre de cuatro mujeres y tres hombres, mayores de dieciocho años. Adoraba a sus cinco nietos.

Después de coger y empiernados, me mostraba fotografías de su familia. Me recordaba aspectos de su infancia y sus constantes visitas a Trípoli, de donde provenían sus ancestros.

Como podrán darse cuenta, no he mencionado a mis compañeras de oficio e inquilinas temporales de la casa de citas.

Las veinte tenían lo suyo  —belleza y juventud—, pero estaban esclavizadas a la cocaína, el coñac y la marihuana.

Madame Gala lo permitía.

Su adicción las amarraba al negocio y aprovechaba su debilidad, hasta que la enfermedad las consumiera.

Después, las desechaba.

En mis cinco años de permanencia en la casa de citas, un centenar de chicas desfilaron por las habitaciones y el salón principal.

Yo evitaba adentrarme a su mundo para no ser contaminada por sus adicciones y mediocridad.

Mucho de lo que logré —y debo reconocerlo—, fue por el apoyo de Norberto Velarde, generoso Ángel de mi guarda.

—Si todas fueran como tú, Sandrita, el país  sería otro.

Me lo recordaba madame Gala, en el momento de recibir mi paga. Cada dos semanas lo reiteraba.

Jamás intentó pasarse de lista.  La paga era puntual. Recibíamos la cantidad pactada por cliente: quinientos pesos.

Madame Gala no quería tener problemas con nosotras,  menos crearse fama de explotadora o mentirosa.

Ese era el secreto de su éxito.

Tampoco nos alquilaba para fiestas particulares.

El interesado de contratar nuestros servicios —sea político, empresario, policía, narco o militar—, podía intimidar con sus muchachas en el putero.

Nada más.

Alguien muy poderoso protegía a madame Gala. Por lo mismo, ningún cliente intentaba transgredir sus reglas.

Durante el tiempo que laboré en el burdel, considerado de cinco estrellas, jamás tuve problemas.

La prudencia me blindó, gracias a los constantes consejos del líder magisterial.

Todo el dinero recibido lo depositaba en una sucursal bancaria.

En mis tiempos libres, leía novelas históricas y románticas y escribía poemas de amor.

Me gusta el verso libre, después de haber descubierto, por sugerencia de Velarde, a Pablo Neruda y Mario Benedetti.

Por ejemplo, en una ocasión, ebria escribí un soneto al recibir el siglo XXI. Lo armé mentalmente en la cama y en posición del 69.

Y lo realizaba precisamente con uno de mis fieles clientes: Deonato.

El 1 de enero el libanés me regaló cinco mil pesos; un perfume de almendras y dos trajes sastre Louis Vuitton.

En el año 2000 celebré mis treinta años de vida. De ellos, ocho permanecí en La Barca con Velarde y trabajando en el burdel de madame Gala.

Ese año fue de mucha efervescencia política, pesadumbre y añoranza.

El martes 6 de junio, mientras celebrábamos su cumpleaños 67, Velarde fue víctima de un infarto cerebral.

Tuvo que ser hospitalizado de emergencia.

Me vi obligada a ausentarme de la casa de citas para procurarlo.

Velarde no quiso que le avisáramos a su familia, radicada en la ciudad de México.

Madame Gala no cuestionó mi decisión, pero lamentó mi partida.

—Naciste con alma de geisha, debo reconocerlo —expresó al despedirnos y me sorprendió por coincidir con un comentario de Velarde—, y creo que te equivocaste de país y tiempo. Eres una auténtica puta, a la que no le gusta fingir y eso enloquece a los machos…

En reciprocidad a mis servicios, me regaló treinta mil pesos. También recordó que, mientras no engordara o se me cayeran las nalgas y las tetas, las puertas del putero seguirían abiertas y podría recuperar mi habitación.

Jamás regresé.

En febrero del 2001, un domingo oscuro e invernal, mi amante y tutor, Norberto Velarde murió en nuestra cama y en mis brazos.

Lo último que dijo fue que me cuidara y abandonara Jalisco para reinventarme con absoluta libertad.

 No fui al sepelio y permití que el gremio magisterial lo velara e inhumara en el viejo cementerio público de Santa Mónica.

Velarde no dejó bienes inmuebles o dinero. Tampoco tuve interés de indagarlo o conservar sus documentos personales, ropa y aparatos electrodomésticos.

Tomé lo mío y abordé un taxi.

En la Central de Autobuses de la calle Abasolo partí a la ciudad de México.

En el bolso de mano cargaba una tarjeta  de plástico con el nombre  de Leonardo Rico H y un número telefónico.

Velarde  me sugirió:

—Si algo me ocurre, busca a esta persona.  Él se encargara de proporcionarte un lugar donde vivir y un trabajo.

—¡Que se jodan! —dije en voz baja, al iniciar su marcha el autobús foráneo.

HEMEROTECA: 16.07.2019TvNotas

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