ESPÍRITUS AVENTUREROS

chacal portada10 DE MAYO/I

Desperté sin ánimo de salir.

Necesitaba disfrutar mi nueva realidad.

Tendría que hacerlo.

Dormí poco, menos de un par de horas.

Una franja de luz diurna empezó a colorear las cosas.

Mi primera noche en el cuarto de la avenida Grey, a cuatro manzanas de la estación del metro Villa-María.

El grajear de los pájaros carbonero, de plumaje grisáceo y copete negro, confirmaron mi actual espacio geográfico.

El ronroneo tóxico de los automotores escuchábase esporádico, sin intermitencias y molestias como ocurría en el bulevar Pie-IX.

Oscar se retiró a las nueve de la noche, algo ebrio por culpa de la cerveza. En ese estado emocional me narró las peripecias que enfrentó para llegar a Canadá.

Y consigné por escrito sus dichos.

Nunca buscó legalizar su estancia migratoria y aprendió inglés y francés en la cotidianidad laboral.

De Toronto, donde vivió tres años, se trasladó a Montreal. De ahí a Nueva York.

Antes, habitó en una reserva india de Vermont. Los algonquinos lo ayudaron a ingresar a Estados Unidos, a través del lago Champlain. En Cozy Corner trabajó de leñador en un aserradero, donde se atragantó de quesos, carne de alce y chocolates.

El hacerse amigo íntimo de la hija de un jefe algonquino o sachem, le facilitó su estancia, pero, a la vez, lo enfrentó con otros nativos. La mujer bebía alcohol en demasía y socializaba su lecho.

Oscar tuvo que proseguir su marcha para establecerse en Nueva York, precisamente en Hamilton Beach, una ciudad cercana al aeropuerto internacional John F. Kennedy.

—¿Por qué no rentas aquí? Manuel me dijo que tiene otros cuartos en el mismo edificio —le propuse.

—Tengo que buscar algo cerca de mi trabajo, del lado norte, amigo… Mañana checo el periódico y encuentro el cuarto, de eso estoy seguro, amigo…

Nos estrechamos la mano. Nuestra despedida seria definitiva. Ni siquiera demandé el número de su teléfono celular.

Nuestras vidas se cruzaron circunstancialmente, como sucede entre los espíritus aventureros. Cada uno, por su lado, haría lo propio para seguir adelante.

Después de cerrar la puerta y meter el seguro, encendí la laptop. Leí algunos periódicos virtuales y parte de una novela de Gogol Nicolai: Almas Muertas.

Esa noche comí frijoles negros de lata, sin calentarlos, en el mismo recipiente.

La oscuridad atacó a mi subconsciente, sin objetarlo. Al recuperar la cordura, me sentí menos estresado, más relajado y reflexivo.

Varios minutos disfruté, tirado en la cama, el constante trineo de los pájaros que saltaban en los árboles del traspatio.

Bajo esa sinfonía imparable me bañé, ordené la habitación e hice anotaciones en mi diario.

En un Tim Hortons, pegado a la estación del tren subterráneo, desayuné —por cuatro dólares— un café negro sin azúcar y un diminuto sándwich de huevo y tocino.

Tuve que comprar el daypass de ocho dólares, porque cada abordaje al autobús o tren valía tres dólares.

El daypass me permitiría abordar los autobuses y trenes durante veinticuatro horas.

En dos viajes logré transportar todas mis pertenencias.

Por última vez, antes de cerrar a mis espaldas la puerta del departamento de Silvestre, dejé las dos llaves sobre su videocasetera.

Y en un trozo de hoja, arrancada de mi diario, informé de mi salida y pretexté:

“El asunto es que me regreso con mi hija y espero saludarlo personalmente más adelante. Saludos”.

Tras hacerlo, respiré hondo, apreté con fuerza la mochila de excursionista, y proseguí mi marcha.

El olor de la calle fue distinto.

Hasta creí entender mejor el comportamiento de los usuarios del autobús urbano que me transportaba a la estación del metro Pie-IX. Los vi menos indiferentes, menos infelices, menos amargados, menos conscientes.

Pavel Ivanovich Chichikov alquilaría sus almas desterradas, de inmigrantes sin patria, a los capataces de las agroindustrias de Leamington.

Me pregunté:

¿La existencia de un mujik del siglo XIX sería igual de miserable que la de un asalariado montrealés por estar condenados a servirle a un patrón sin entrañas y depender de sus deudas y adicciones?

En alguna ocasión tuve la tentación de tener suficiente dinero para recibir un poco de amable consideración, aunque comprada, como lo intuiría Gogol:

“El millonario posee la ventaja de que puede contemplar la vileza totalmente desinteresada, la vileza pura, que no está basada en el cálculo: son numerosísimos los que saben muy bien que nada recibirán de él y que no tienen derecho alguno a recibirlo, pero forzosamente saldrán a su encuentro, sonreirán, se descubrirán, harán que se les invite a una comida a la que saben que acudirá el millonario”.

Esa imagen gogoliana me llegó en el instante mismo que huía de la prisión de Silvestre.

Cerca de las cuatro de la tarde busqué a Rosalba para intentar indagar sobre el asunto de la ayuda económica del gobierno.

La noticia fue tranquilizadora.

Una trabajadora social le informó telefónicamente que, desde el miércoles 9 de mayo, me habían depositado setecientos quince dólares y podría disponer de ellos el martes 15, por cuestiones internas del banco.

—Lo importante, Pa, es que ya vas a tener dinero la próxima semana, así que ya no te es-treses más y descansa… —dijo Rosalba antes de servirme un plato de garbanzos en salsa verde que preparó en menos de cinco minutos: abrió dos latas de garbanzos hervidos y un frasco de salsa de tomate con chile jalapeño, los vació en una pequeña cacerola de peltre y encendió la parrilla eléctrica de la estufa. Removió la plasta con una cuchara de madera y al entrar en ebullición, la sirvió en dos tazones de plástico.

Bebimos agua del grifo y compartimos una naranja que a mí me toco pelar.

Esa fue nuestra comida principal del día.

Y la disfruté sin dejar de escuchar a los carboneros o mésange à tête noire, como eran llamadas en Montreal. Las aves hacían de las suyas en el traspatio del edificio de tres niveles, donde vivía la hija de Moisés Valdez y Zoraida Cabrera: Rosalba Valdez Cabrera, estudiante de francés e igualmente asistida económicamente por el gobierno provincial…

VIDEOTECA:

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