EL DETERIORO DEL MIEDO

la langosta portadaDionisio Iñago se hizo el reaparecido. Llegó al bar enfundado en un traje marrón sin corbata y unos mocasines negros muy relumbrantes.

—Ya soy ciudadano —dijo antes de demandar su cerveza— y vengo a festejarlo.

El sobado de Falcón estaba ausente. Para fortuna de todos. El paraco le tenía tirria.  Un josiado difícilmente supera sus berridos fascistoides. En contadas ocasiones le confió a Viviana que le propinaría una paliza.

Pech le entregó al venezolano el tarro de cerveza y rechazó su dinero.

—La casa paga, por su mérito, camarada —justificó su proceder.

Así es Pech cuando anda chevere y comprueba que su par actúa de buena manera.

El venezolano era chavista y algo bueno tendrán los chavistas al venerar el legado del comandante Fidel Castro. Pech admiraba a Castro y su revolución.

En esta ocasión no quise interactuar con los clientes. Mi ánimo estaba por los suelos. Me pela el riel, como decimos los chapines.

El calor veraniego me obligaba a salir y beber cerveza.

Por la mañana del sábado, en la rue Saint-Catherine discutí con un tipo pasado en copas y marihuana. Le molestó que hablara en castellano con la cajera del Cinéma Banque Scotia.

Viviana solicitó mi apoyo para adquirir tres boletos de la función de la ocho y media de la noche. Llevaría a los hijos de una paisana y vecina. Un dia antes se había estrenado una película producida por Disney.

—Si vous habitez au Québec, parlez français —gritó el tipo facho, de piel ensabanada y pelo amarillo—. Pour la même raison, vous ne grandissez jamais et vous détruisez notre pays…

De acuerdo a su tesis, el deterioro cultural de un país soberano empieza al traicionar el idioma. Un falso nacionalismo o chauvinismo que alienta la xenofobia y el genocidio.

—Le français n’est pas votre langue, mon ami —reproché ante sus acompañantes, tan blancos como él—, c’est la langue des européens français. Le Québec est multiculturel…

El tipo respondió con más sandeces y preferí pasarlo por alto. El policía de seguridad, un gigante de piel oscura, intervino para pedirme que me retirara. Nunca cuestionó al facho de ojos enrojecidos y aliento carroñero que inició el despelote.

Mi rabia fue apagada con cerveza y lectura.

Iñago era ajeno a mis tribulaciones.

El veneco, como llaman despectivamente los colombianos a los venezolanos de Cúcuta, tuvo el gesto de enviarme una cubeta de cervezas Corona. Desde mi mesa rinconera le agradecí el gesto con una inclinación de cabeza.

Leía un libro que trataba el asunto del miedo.

No en balde el psiquiatra español, Enrique González Duro cita en su largo ensayo Biografía del miedo a dos autores fundamentales que trataron el tema: Daniel Defoe (en la Historia política del diablo) y Sigmund Freud.

El tema me interesó, después de ver una vieja película dirigida y actuada por el alemán Peter Lorre: Der verdolene o El hombre perdido.

La historia está ambientada en la Alemania nazi y Lorre protagoniza a un científico que ahorca a su prometida al enterarse que trabaja como espía para el gobierno inglés.

Karl Rother, nombre del personaje, se refugia en un campamento de inmigrantes e intenta purgar sus culpas. Antes, por simple placer, asesina a otra mujer en un vagón del ferrocarril.

En uno de los diálogos, Rother toca el tema del miedo, como arma de sometimiento.

La misma estrategia aplicada por los gobiernos plutócratas para doblegar a sus futuros verdugos.

González Duro reproduce un fragmento de una carta enviada por Freud a Albert Einstein en 1932.

Escribió:

En un momento dado, al propósito homicida se opone la consideración de que respetando la vida del enemigo, pero manteniéndolo atemorizado, podría empleársele para realizar servicios útiles. Así, la fuerza, en lugar de matarlo, se limita a subyugarlo. Éste es el origen del respeto por la vida del enemigo, pero desde ese momento el vencedor hubo de contar con los deseos latentes de venganza que abrigaban los vencidos, de modo que perdió una parte de su propia seguridad.

Realmente el tratado del psiquiatra español no profundiza en las estratagemas del poder político-financiero de utilizar el terror mediático para imponer su autoridad y permanencia de mando. Es un estudio clínico enfocado a desmenuzar la historia del hombre en sus prejuicios, consumismo y miedo. Sin embargo, analiza el comportamiento de la burguesía, burocracia y el abuso familiar en detrimento de la generación del siglo XXI.

En una de sus conclusiones, apunta:

 No es raro que, en una sociedad «atomizada» como consecuencia del pleno dominio del mercado neoliberal, el individuo se sienta solo ante el peligro y obligado a competir. El hecho de que la competitividad sea el criterio para distinguir entre acciones correctas y equivocadas contribuye a la incertidumbre y al “miedo ambiental”.

Y casi al término del ensayo llega a una deplorable conclusión, respecto a la sociedad más vulnerable:

Los pobres sufren, desde luego, pero no pueden ni intentan hacer de su sufrimiento una cuestión de interés público. Los pobres no unen sus sufrimientos para formar una causa común. Cada consumidor expulsado del mercado hace su vida en soledad. Los consumidores fracasados están solos, y suelen volverse solitarios. (…) Los medios de comunicación colaboran alegremente con la policía para presentar al público ávido de sensaciones las imágenes turbulentas de “elementos criminales” que se relacionan con el delito, la droga y la promiscuidad, algo que no es del todo falso: convertidos en los parias de una sociedad floreciente de consumidores seducidos, transformados en infraclase sin lugar en la sociedad y privados de las vías legalmente reconocidas de acceso a los bienes estimados como creadores supremos de la buena vida, los pobres tienen que recurrir a las drogas, al robo de la propiedad ajena o al desorden público.

Ni Pech e Iñago lo entenderían,  en caso de abordar el tema bajo el sopor de la cerveza.

Lo que ahora importa es festejar la ciudadanización canadiense del venezolano. Lo merece. Es un paria, como yo, alejado de sus raíces familiares por su simple derecho de pensar diferente y buscar un poco de dinero para comer.

HEMEROTECA: Biografia del miedo – Enrique Gonzalez Duro

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