HOJA EN BLANCO

soledadq19

Los canadienses con alzheimer dependen de sus familiares, médicos o enfermeras. Deja de funcionar su condición de seres racionales.

Los mueve el instinto.

 Novecientos mil deambulan en el país del maple y en Quebec, la provincia de los francófonos, 335 mil habitantes, en su mayoría ancianos, enfrentan esa maldición.

En Canadá, cada año, los responsables de atender a los enfermos de alzheimer invierten un millón de horas anuales, según cifras de la Asociación Quebequense de Neuropsicología.

Por lo mismo, en ese lapso, el gobierno deja de obtener ingresos por ocho mil millones de dólares.

En el año 2040, la cifra superará los once mil millones y unos 250 mil empleos, de tiempo completo, atenderán, en su hogar,  a las víctimas con esa enfermedad.

  Renato  conocía al dedillo todo lo relacionado al alzheimer.

Momento a momento, Obdulia perdía su capacidad de recordar hechos ocurridos o los nombres de familiares y amigos.

Por lo mismo, le sorprendió escuchar, por teléfono, su voz y ser informado del siniestro en el asilo de ancianos. Su única demanda era el encontrar con vida a Elisa.

El paralegal así quiso créelo.

En realidad fue Obdulia Cordero, la hija de su amiga, quien lo buscó telefónicamente.

El Pelón Cañedo también había experimentado la misma confusión.

Y Renato culpó de tal embrollo a los antidepresivos.

El tiempo recorrido consumía sus huesos y músculos y lo cotidiano terminaba siendo una parodia del olvido.

Incluso, Lola Canseco se lo advirtió a su amiga:

—No confío en el abogado…

—Es paralegal —rectificó María José.

—Lo que sea —reiteró la salvadoreña—, porque el muy pendejo me dejó en el hotel e insistió en hablar con la policía, porque según él, era su esposa la mujer que murió en el incendio de la residencia de retiro. Me dio miedo, porque empezó a gritar y maldecir y preferí quedarme sola en la habitación…

 —Humberto me dijo de ese asunto y debes entenderlo. La anciana fue quien lo ayudó a conseguir la ciudadanía canadiense y le tenía mucha estima. Ella era peruana y su familia pocas veces la visitaba en el asilo de ancianos.

—Pero si era casado, ¿por qué te dijo otra cosa?

En la cafetería, donde las citaron Renato y el Pelón Cañedo, tres ancianos discutían con el cajero, joven y enclenque.

El menos corpulento aseguraba que le habían cobrado  un dólar de más y señalaba insistente el trozo de papel que, minutos antes, le entregó la mesera.

Sus compañeros secundaban sus airados gritos re reclamo.

—No sé qué decirte, amiga —dijo María José—, tu sabes lo que yo sé. Lo conocí en un vagón del metro y lo creí sincero…

—Espero que los hijo e puta no se hayan burlado de nosotras…

La mexicana prefirió no responder y focalizar su atención en lo que ocurría frente a la caja de cobro.

En el establecimiento predominaban los hombres de la tercera edad, en su mayoría hispanos.

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