EL CASORIO

portsoynorma22

La fecha de mi boda sigue presente, porque simbolizó el amor y la pasión que, en esos momentos, le guardaba a Manuel Ernesto.

Estábamos los siete —e incluyo a Consuelo—, ante el cetrino juez civil. Lo mismo, su auxiliar de grandes lentes de carey, cabello relamido, muy negro, y su estrecho traje gris con un corbatín verde.

Un jueves 19 de julio de 1951.

Todos metidos en el interior de una amplia oficina del Registro Civil, construida en el sector del Almendral, a un costado de la plaza de La Victoria de Valparaíso.

Desde ahí, mientras se desarrollaba la ceremonia, observé por el ventanal, los buques fondeados en el muelle Barón. La mar en calma, de un color plomizo, reflejaba un cielo nuboso.

El reloj de badajo, colocado en uno de los costados del inmueble, no cesaba de repetir el crac… crac… crac…  y marcaba las doce quince horas.

Una de las manecillas avanzaba con lentitud, mientras escuchaba los sonidos guturales que emitía aquel hombre de túnica negra y dientes muy anchos y retorcidos.

Yo estaba desconectada de sus palabras. Solo pensaba en el hombre que estaba a mi lado.

Nuestra hija Consuelo había cumplido los nueve meses y dormía en los brazos de Emma, que no pudo contener sus emociones.

Emma lloró al verme junto a mi esposo, delgado y serio, metido en un traje  oscuro, de lana, y una camisa blanca muy ajustada.

El Gringuito, doña Carmela y el chef de la zona naval tampoco lograron ocultar su satisfacción al recomponer mi honra de madre soltera, muy cuestionada por el clero católico y la sociedad mocha.

La gente de San Francisco de Limache, al saberme desposada, dejaría de satanizarme y lamentar que tuviera una hija sin padre.

—Ahora  pueden darse un beso…—dijo el huesudo juez—. Desde estos momentos ya son marido y mujer ante las leyes y la sociedad chilena…

Manuel Ernesto acató la instrucción y me besó en los labios.

Me ruboricé.

Mi timidez impidió que le respondiera con mayor efusividad.

Por lo mismo, casi destruyo el pequeño ramillete de rosas rococó, claveles y orquídeas guindas que apretaba entre mis manos.

Ya haría mi parte cuando estuviéramos solos.

El Gringuito nos tenía una sorpresa al término de la boda.

—Todos comeremos en un lugar muy especial que se encuentra en Quilpué  —dijo cuando descendíamos por las escalinatas del edificio que resguardaba los juzgados civiles—. Tú y tu marido —agregó tocándome el hombro— pasarán ahí el fin de semana. Emma y yo cuidaremos de la guagua y los recogeremos el lunes por la mañana… Ese será nuestro regalo de bodas…

En dos taxis que abordamos en la avenida Independencia, nos trasladamos al barrio de Paso Hondo, perteneciente a la comuna de Quilpué.

Recorrimos los veinte kilómetros en menos de una hora, por lo cerrado del tráfico en la avenida España, impregnada de olores salinos y diesel, propio de los puertos.

Pescadores y vendedores ambulantes eran los dueños de las principales arterias costeras. La gente demandaba sus pescados, camarones, almejas, ostiones, langostas, frutas y verduras frescas.

Mientras realizábamos el recorrido, recordaba lo que Manuel Ernesto me comentó al salir de mi casa de San Francisco de Limache antes de abordar el ferrocarril.

—Ahorita no tengo el suficiente dinero para que rentemos una casa en Valparaíso. Voy a trabajar duro por un tiempecito corto y entonces vivimos juntos, cerca de mi madre. ¿Estas vos de acuerdo?

—Como vos querás —dije en un susurro.

La emoción de la boda no me permitió dimensionar a plenitud sus palabras.

En el taxi que nos conducía a Paso Hondo, reflexioné sobre su propuesta. Entonces, concluí que hablaría con mi suegra, en caso de que Manuel Ernesto no cumpliera con el compromiso de rentarme una casa amueblada en el cerro Barón.

Estaba consciente de sus debilidades por las prostitutas y las juergas. Dejarlo solo significaba alejarlo de la responsabilidad familiar y los  cuidados de nuestra hija.

El Gringuito permitió que ese viernes fuera de fiesta y parabienes.

La familia Melgarejo nos atendió a lo grande.

El traspatio, sembrado de platanales y palmas cocoteras,  se convirtió en un gran comedor al aire libre, donde comimos empanadas de queso de cabra, chorillana con chorizo, cebolla y huevo frito y un caldillo de congrio repleto de mariscos y verduras.

El vino tinto, el aguardiente, la cerveza y la música jamás faltaron hasta el amanecer del sábado.

Tangos y cuecas alegraron a Paula y Jovial Melgarejo y a sus invitados.

El bailoteo y la bebedera fueron en grande.

Manuel Ernesto, algo cocío, y yo, aun entera, nos retiramos a nuestra habitación cerca de las cuatro de la mañana.

Consuelo quedó bajo la protección de mi suegra, quien continuó en el festejo por petición de su marido.

Era el inicio de una nueva etapa de mi vida.

Un mes antes, yo había celebrado mi cumpleaños numero veinte.

Manuel Ernesto era dos años mayor,  de carácter huraño, nada amoroso.

Su apego al alcohol, a pesar de su juventud, me despertó un poco de pesar.

Sin embargo, creí que bajo mis cuidados dejaría atrás su vida gamberra y trabajaría con mayor ánimo y responsabilidad.

Por el momento, Manuel Ernesto laboraba como electricista en los Astilleros Las Hadas en Playa Ancha y bajo contrato del Ministerio de Guerra y Marina. Sin estar supeditado al reglamento interno de esa dependencia.

Jamás imaginé que lo ocurrido en Paso Hondo no volvería a repetirse en diez meses.

Después de nuestra luna de miel, que concluyó la madrugada del lunes 23 de julio, Manuel Ernesto desapareció de nuestro entorno familiar.

Él continuó viviendo con su madre y padrastro en el cerro Barón. Mi hija y yo quedamos bajo el resguardo de los Shaw, como antaño.

La melancolía volvió a meterse en mi sangre.

El recuerdo de mi madre afloró hasta quitarme el apetito.

Me sentí sola y vacía, como tal vez le ocurrió a María Jelvez al saberse burlada por un marido gorrero y curao.

HEMEROTECA:Como mueren las democracias – Steven Levitsky

 

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