TAL CUAL

EL ESCUPITAJOLA MUERTE DE ERNESTO PÉREZ/II

—¿Puedo tocarlo?

—No…

—Darle un beso…

—No… Él duerme… No hay que molestarlo…

—Es tan guapo…

—Así lo vez porque eres una niña, hermana…

—Es guapo… Y lo dicen mis amigas y las mamás de mis amigas…

Margaret siempre me ha cuidado. Aún no cumple los ocho años. Mi chiquilla hermosa. Escucharla me tranquiliza.

Dice lo que ha escuchado y observa.

Albertina parece no reconocerme, la muy perra. Es la Primera Dama, la que tiene la gracia de ayudar a los enfermos mentales y minusválidos.

Enriquece al desgraciado de Aspillare. El miserable lava el dinero de los sobornos en el Teletón.

Marica de mierda.

Puto, puto…puto de mierda.

¿Por qué no puedo rebelarme?

Necesito abrir los ojos.

Y exigirle apoyo al General Gutiérrez para cambiar el estado de cosas de mi país que se desmorona bajo mi tutelaje.

Mis patrocinadores no tienen llenadero.

Saliere Rojas, en sus tiempos de Gran Tlatoani, les dio todo: bancos, paraestatales, la industria eléctrica, Ferrocarriles Nacionales, los principales mantos acuíferos, ríos y lagos, bosques, nuestro subsuelo mineral…

Y ahora quieren hartarse con nuestro hidrocarburo, principal generador de divisas del país.

Pensar me tranquiliza.

Sigo en esta maldita cama de hospital, sedado, anclado a una maquina, escuchando los murmullos de mis hijas y Albertina, la muy perra.

Tantas cosas aprendí de las conyugues de mis antecesores.

La mujer del populista Echerda Alvaez vestía de indígena, con un delantal de percal, refajo y falda salina o del populista estatizador, Néstor Limón, burda imitadora de clarividente y ninfómana.

Las primeras damas han sido aprendices de monja, unas mochas corruptas con aspiraciones presidenciales.

Claro, su única inversión política fue compartir las corruptelas del marido, un presidente lujurioso o impotente, mariguano y machista o un alcohólico homicida.

Tal para cual.

Y yo, Pelele del Imperio  —así me llaman mis adversarios—, debo actuar como el emperador Claudio, nieto de Nerón.

Tiberio Claudio Druso, según me contó mi tío, para sobrevivir y llegar al trono tuvo que actuar como idiota y tartamudear.

Sin embargo —y debo reconocerlo—, estoy atado de manos y limitado de ideas por los cintarazos de mi padrastro.

Ser un Pelele del Imperio es vergonzante.

No importa, solo debo acatar órdenes.

De contradecir, mi pasado acaba en una vitrina.

Son otros tiempos.

Las cárceles de Latinoamérica tienen de huéspedes a ex presidentes de la república.

 Lo de hoy es una muestra. Soy rehén en cama de hospital.

—Mira, mami, mi papi llora…

—No, no llora… Suda…

—No, llora… y quiere decirnos cosas…

—Hermana, cállate, me molesta que hables así…

—No molestes a tu hermano, tu padre fue operado y duerme… Debe descansar. Recuerden que Diosito lo cuida… Y el Santo Papa reza por él… Lo mismo nuestro señor arzobispo…

—Albertina, pero papi está triste… Míralo, llora…

—No, no… Duerme…

¡Lloro, lloro imbécil, escucha a mi hija!

¿Por qué no soy escuchado?

Nunca me escuchan.

El sí señor presidente es una burla, un apodo.

El General Gutiérrez y doctor Walter me obligaron a aparecer en cadena nacional antes de aislarme.

El muy mierda de Aspillare así lo sugirió.

—Hay que darles confianza a los inversionistas, a nuestros futuros socios de Petróleos Nacionales.

Lo repetía como urraca.

Uno de sus perros hizo el trabajo sucio

—¿Teme ser intervenido quirúrgicamente, Señor presidente?

Manuel López Dávila es un castrado, un vicioso y tuve que someterme a sus mentiras.

Nos sumergimos en un país de mentirosos, miserables y corruptos.

Cómo deseo liberarme de esta cadena de miedo.

Dios, como añoro a Martell, un ser puro, siempre comprometido con sus alumnos. Siempre pidiendo cosas para ellos, desde que era un modesto alcalde.

Ahora es distinto.

Soy el presidente de Aztlán y debo nadar en aguas negras, en la mierda.

Los contrabandistas, banqueros y yanquis me tienen acorralado.

No soy nada.

Mis antecesores, homicidas y viciosos potenciales, dejaron a sus sicarios incrustados en todas las instituciones.

Saliere Rojas es quien realmente manda.

Su hermano, Miguel Rojas, es el único interlocutor confiable de capos, militares y banqueros.

Sin su venia jamás seria lo que soy.

—Señora, tiene que llevarse a los niños… El señor presidente necesita descansar…

Chong Huang sigue aquí, lo huelo. Su tufo es insoportable. Tiene halitosis.

Un Ministro de Economía es presidenciable.

Cuando escucho sus llamadas telefónicas, por cortesía de Gutiérrez, no doy crédito.

Le gusta rodearse de delincuentes.

En el estado donde gobernó, especuló con el hambre. Es un miserable. Una despensa de alimentos básicos, significa poder. Un poder real en un país de hambrientos.

Un sufragio tiene un mínimo costo y un delincuente, como Huang, no duda en convertirlo en una mercancía de cambio.

Antes de ingresar a Los Magueyales, Aspillare fue el de la ocurrencia:

—Chong Huang tiene los contactos en el Banco Mundial, te internacionalizará. Hagamos del sexenio una telenovela romántica, de buenos y malos. Siempre serás el personaje principal: guapo, inteligente y millonario. Tendrás a tu Cenicienta, la hija de Huang. Hazme caso, Ernesto.

Le hice caso y perdí a Martell. Lo enviaron al exilio. Lo humillaron y ultrajaron.

 Me impusieron a Albertina.

La muy puta sigue acostándose con su ex marido, chale como su padre.

 ¡Soy el presidente de México, imbécil!

El mismo Roberto Aspillare me lo advirtió:

—Es una telenovela, no hay que meterse de lleno en el papel.

Y era verdad.

Aspillare es un tiburón de los negocios.

Hay que parecer honesto, sin serlo.

—Papito, papito… ¡Te amo mucho!

Dios, Margaret me ha dado un beso.

No estoy solo… No estoy solo…

Gracias Dios Mío…

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