IRÀN, LA CRUZADA SUICIDA DE TRUMP

Por Temoris Grecko / Apro

iranDonald Trump se muestra tranquilo respecto a la crisis que desató con Irán, que muchos temen que pueda desembocar en una guerra. “Me parece bien si va para un lado o para el otro”, respondió el lunes 22 a pregunta de la prensa.
Pero la región y buena parte del mundo están incómodos. Si en Irán el sector favorable al diálogo, que todavía gobierna, está contra las cuerdas ante la ofensiva de los conservadores, en Europa los aliados de Washington se ven atrapados entre opciones desagradables e incluso confrontados entre sí.
El tráfico mundial de buques petroleros está siendo utilizado como rehén en el juego de vencidas de los rivales, en tanto que Trump no parece reconocer que Irán no es un bocado menor entre otros que puede tragar.
El Millennium Challenge —los “juegos de guerra” realizados en 2002 y que tuvieron un resultado desfavorable para el Pentágono— ha vuelto a los análisis de los observadores como muestra de que las cosas siempre pueden salir mal o peor.
Aunque en el gabinete de Trump no faltan los halcones que piden no parar hasta lograr el cambio de régimen en Teherán, el presidente hizo su campaña electoral con la promesa de sacar a su país de guerras lejanas que no otorgan ganancias, para dejar de ser “policía del mundo” y compartir las tareas de seguridad con otras potencias, y se asume que su objetivo de “máxima presión” es doblarle el brazo al adversario, no irse a la guerra con él.
El problema es que la estrategia no funciona como él pensaba, pues en lugar de eso está llevando a los iraníes a comportarse como fiera acorralada; y estos están dispuestos a resistir hasta las últimas consecuencias.
Al romper el pacto nuclear firmado por su antecesor, la Casa Blanca reactivó las sanciones comerciales y las ha llevado a niveles desusados, al cancelar las “dispensas” por las que permitía que ciertos países y compañías pudieran adquirir petróleo iraní. Se trata de estrangular la economía de su enemigo.
Las tensiones empezaron a expresarse en una escalada de incidentes en el Golfo Pérsico: varios buques tanque sufrieron daños menores por la explosión de minas en sus cascos, lo que Estados Unidos atribuyó a Irán, mientras que éste los denunció como montajes; después los Guardianes de la Revolución derribaron un dron estadounidense, lo que estuvo a punto de ser respondido con un bombardeo que hubiera desatado la guerra, y que Trump aseguró haber detenido 10 minutos antes por consideraciones humanitarias; y últimamente el Pentágono aseguró haber destruido un dron, lo que Irán dice que no ha ocurrido.
Todo eso ya es suficiente para afectar el paso por el Estrecho de Ormuz, por donde pasa todo el tráfico petrolero del Golfo Pérsico, que representa 45% del movimiento marítimo mundial de hidrocarburos.
MANIOBRA EXTRAÑA
De cualquier forma Washington escaló las cosas el jueves 4, cuando le pidió a la Marina británica que detuviera en el Mediterráneo, frente a Gibraltar, al petrolero iraní Grace 1, al que acusó de llevar combustible a Siria, con lo cual estaría tratando de violar sanciones internacionales.
Y Londres tuvo que recurrir a una maniobra extraña. Para enfrentar las denuncias de que había sobrepasado su autoridad, le pidió un estudio a Michelle Linderman, del grupo de comercio internacional Crowell & Moring’s, que concluyó que el acto había sido legal bajo unas regulaciones de Gibraltar… aprobadas 24 horas antes.
Esto, además, sólo era posible si el navío se hallaba en aguas territoriales de Gibraltar.
Gibraltar es un territorio que España reclama como suyo, y según Madrid, esas aguas territoriales no son de Gibraltar sino españolas.
En un reportaje titulado “El día que EEUU ninguneó a España en el Estrecho”, el diario El País revela que el Grace 1 estaba siendo vigilado desde abril, en espera del momento de capturarlo, y que la Armada española supo de su inminente paso del Atlántico al Mediterráneo 48 horas antes. Pero no se le pidió actuar.
Pero si Madrid descubrió de esta forma que no tiene asiento en la mesa, en Londres reclaman que no se sabe qué juego les toca jugar.
Aunque las represalias iraníes, en forma de la captura del petrolero británico Stena Impero el viernes 19, estaban anunciadas, no fueron previstas y neutralizadas por una clase política paralizada: la crisis eterna del Brexit, que provocó la caída del gobierno de Theresa May y una lucha por el puesto de primer ministro, ocupó todas las energías del gobernante Partido Conservador y sus dirigentes estaban distraídos, señaló Alan West, exjefe del Estado Mayor Naval, en un artículo publicado en The Observer.
En sus últimas horas como secretario del Exterior, antes de entregarle el puesto al nuevo gabinete de Boris Johnson, Jeremy Hunt hizo lo que pudo para quitarse el doble fardo del inmovilismo y del sometimiento a Washington: el lunes 22 declinó unirse a una fuerza de seguridad marítima liderada por Estados Unidos (en la llamada Operación Centinela) y les dijo a los miembros del Parlamento que quería formar otra, exclusivamente europea.
ELEMENTOS DE TENSIÓN
Mientras tanto se siguen añadiendo elementos de tensión. Uno que arriesga tener un impacto de largo plazo es que, después de 16 años, tropas estadounidenses volverán a pisar territorio saudita, asentándose de nuevo en la base aérea Príncipe Sultán. Por ahora 500 hombres, se anunció el sábado 20.
Igualmente añadieron elementos de conflicto con China, que rechaza toda injerencia de Washington sobre sus operaciones comerciales y es una gran importadora de petróleo iraní.
Y en Siria, Israel apresura los ataques contra posiciones iraníes y de la milicia libanesa Hezbolá cerca de su frontera. El líder de esta última, Hasan Nasralá, declaró en junio que el Estado judío sufrirá las consecuencias si Estados Unidos ataca Irán.
Aprovechar las lecciones no es algo que distinga a Trump. En junio, cuando dijo haber detenido el ataque aéreo contra Irán “10 minutos antes”, aseguró que lo había hecho porque no quería que murieran 150 personas.
Aunque recibió críticas por su falso humanitarismo, y sin dejar de agitar el reloj de la guerra contra Teherán, volvió a utilizar la fórmula, radicalizada: el gobierno de Afganistán —limítrofe con territorio iraní— reclamó el martes 22 por las declaraciones hechas un día antes por el presidente estadounidense:
“Si quisiéramos tener una guerra en Afganistán, yo la podría ganar en una semana”, pues “sería borrado de la faz de la tierra”, dijo Trump, sentado al lado del primer ministro pakistaní, Imran Khan. “Sólo que no quiero matar a 10 millones de personas”.

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