TUMBOS PERDIDOS

sommus portada-SUEÑO 13

Hey, amigo, no dejes de recordar en tiempos muertos. No estás tan lejos de lo que crees.

De hacerlo, sería como autoaislarte de algún recuerdo infeliz.

Tu paso por el Remolcador 4 agita tu respiración y tiemblan tus párpados cerrados.

Tu estancia no fue corta.

Crees percibir el choque de la mar picada en el casco.

Cubeta en mano, recoges el diesel quemado de las sentinas.

Nadie observa.

Es un turno de veinticuatro horas.

Manómetros, termómetros, arrancadores, temporizadores, sensores…

Un tablero de ojos cristalizados, atentos a tu movilidad y parálisis.

Recitas, cantas, murmuras…

En una hora serás relevado.

 La vida diaria de un fogonero enclenque, poco divertido y agarrado del ronroneo de las maquinas, principal y auxiliar.

Te encuentras en el corazón del Remolcador. De ti depende el alumbrado eléctrico y la movilidad de las propelas.

Todo cruje, apesta a diesel y aceite quemado.

Estás hecho un asco. De la cachucha a los calcetines, escurre tizne líquido.

Ni animo tienes de ducharte.

Desde las ocho de la mañana, del día anterior, quedaste atrapado en las entrañas de la ballena de acero.

Prohibido leer, oír música, dormitar…

Ojo alerta.

El domingo partieron del puerto de Veracruz y aguardan su arribo en Orange, Texas, un antiguo cementerio de barcos de la armada estadounidense.

1973.

¿Marzo? ¿Abril? ¿Mayo?

El Buitre quedó en tierra, por ser hijo del almirante Videgaray. Pasaría las ocho horas laborales, de lunes a viernes, en una oficina de la Secretaria de Marina.

Lola y Vero te despidieron en el muelle.

—Mi hermano no pudo venir —se exculpó Vero, la mayorcita y madre soltera.

Su imagen, presente durante la navegación.

No mientes, es un cuerpo imborrable, dulce, abrasador…

Dos mil  kilómetros o mil trescientas millas en mar abierto, por el Atlántico, sin abandonar el Golfo de México.

Tiempo suficiente para recordarla.

La Vero-sirena en el Malecón. Huyendo de las miradas.

Toda una golosa en los pormenores de piel masculina sobre una  cama alquilada.

Y Lola, ausente. Es tu novia oficial y atiende el Salón de belleza, el del callejón Barriozabal, regalo del almirante.

Un lio de hermanas. Tan parecidas y rejegas.

Y te encabrona ser el protagonista.

—Lo entiendo —respondes, en uniforme de paño y birrete y aun con el talegón de  lona a la espalda.

Tu cuñado está al tanto de tus correrías amorosas. Le reclamó a Vero. No debía lastimar los sentimientos de Lola.

—No lo quiero para mí, Buitre —se sinceró Vero—. Es un caprichito que me merezco…

El Buitre te lo confió en la Ruleta Negra, dentro de la zona portuaria.

—Aléjate de mis carnalas, Jacinto —demandó sin ánimo de pelea.

Desde vuestras andanzas de grumete, en el Centro de Capacitación o Cencap, poco se despegaron. Farras y moquetes a la par. Y tocara con quien tocara.

Una amistad de las buenas.

—Tu sabes que no es bronca mia —respondiste envalentonado por los alipuses. En mucho ayudaba una mesa de bar—. Le tengo cariño a Lola, pero tú sabes bien como es Vero… No quiero problemas… Y claro que me abro de las dos…

En tres días partiría el Remolcador a Orange. La lejanía cicatriza heridas.

Y cumpliste.

Fuiste ajeno en lo ocurrido en el muelle.

Lola y Vero lo hablaron y acordaron darte el adiós con un beso en la boca

Desconocías que el Buitre convenció a su padre para que a tu regreso te trasladaran a otra base.

Tal vez a las de Icacos o Islas Mujeres.

Tal vez…

HEMEROTECA: 23 Julio 2019TVNotas

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