GROULEX

polvos ajenosLos neumáticos cavan en la arena blanca y las cucarachas soportan el peso.

Un terranova negro, olvidado por la propietaria, ladra y araña la ventanilla trasera de la camioneta.

 En el supermercado, Harry Groulex sigue aprensivo, meditando. Mete en la carriola las latas de yogurt y los frascos de agua purificada.

No habrá salida eficiente si el dinero desaparece o su esposa recupera la memoria antes de su regreso al hotel.

Ha tragado un par de somníferos para mitigar el insomnio y la migraña.

—Benditos los ojos que te ven, Groulex…

La mujer del chaquetón térmico detiene su marcha. Deposita  en el piso el canastón con chuletas de cerdo e hígado de res.

Harry la reconoce y se esfuerza en responderle.

—¿Cómo estás? Un gusto encontrarte y en lunes…

—Mentiroso, Cyprian me dijo que no lo saludaste al salir de la oficina…

—Es posible que no lo escuchara, discúlpame con él, por favor…

Lo dijo sin dimensionar sus palabras.

Pensaba en su esposa.

Eurora Vimont no tardaría en despertar y podría alarmarse al no encontrarlo en la habitación. Su salud mental no era óptima. De ahí el plan para salir durante la noche a la isla Barro Colorado.

El dinero peligraba.

—Se lo diré cuando retorne de Táchira, desde el viernes se encuentra en Venezuela…

Madeleine Hodgen no tenía la intención de retirarse y continuar con su faena consumista.

Su ruda figura destilaba un aroma molesto por su obsesivo gusto por el ajo.

Ni su perro le preocupaba. Su mayor placer era zambullirse en los supermercados y allegarse de ofertas, de paté de hígado de pato, carne de cerdo y quesos franceses.

—Madeleine, disculpa que me retire —suelta Harry y esboza una mueca aprensiva—, Eurora sigue con sus problemas de salud… El cuatro será nuestra convivencia en la oficina y ahí nos reencontraremos. Les deseamos un feliz día y excelente salud…

Y empieza a empujar la carriola en dirección a la hilera de cajas registradoras poco concurridas.

Madeleine lo alcanza y exclama:

—No deberías apurarte, tu mujer ya se largó de Montreal y me habló por teléfono para que te lo dijera. Lo lamento…

En el estacionamiento, Tabagie cesa de ladrar y, agotado por el esfuerzo, decide echarse en el asiento del copiloto.

En esta ocasión, su propietaria retornará en compañía de Harry  y no dormirá sola.

HEMEROTECA: pro230

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