LOS CHAFAROTES

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Durante mi adolescencia fracasé en el intento de suicidarme.

Lo hice con hongos matamoscas.

Mi temor de ser asesinado a machetazos hizo que abandonara la aldea.

Después de una loca carrera por los manglares, me detuve en las márgenes del rio Pacaya.

Todos los habitantes de Chiquirines conocíamos los secretos de los árboles chichipates. En sus raíces proliferaban las letales amanitas rojas.

No lo dudé.

Decidido arranqué una seta de gran tamaño, parecida a un gorro frigio con pecas blancuzcas, y la engullí de tres o cuatro tarascadas, hasta casi atragantarme.

Los soldados kaibiles traían la consigna de desaparecer a las personas que testificarían en su contra ante un Tribunal de Sentencia Penal.

Una semana antes, los kaibiles torturaron y ejecutaron a dos ricos ganaderos en el Puesto de Salud de Chiquirines. Sus familiares, cercanos al presidente de la república, denunciaron lo ocurrido y exigieron justicia.

El alcalde auxiliar, hermano de mi madre, hizo el reporte. Después de entregarlo en el Consejo Municipal de Ocós, jamás regresó a Chiquirines.

Mi tío José Antonio fue asesinado de un balazo en la cabeza y decapitado.

En la cartulina que le enterraron en el pecho, nos advirtieron:

“Seguimos con los bochincheros cerotes care vergas.”

Mi madre fue a recoger los pedazos de su hermano. Yo tuve que aguardarla en la finca.

Sin embargo, uno de los vaqueros de Las Morenas llegó a la aldea en una yegua. Sin desmontar empezó un zaperoco, como enloquecido:

—¡Los chafarotes por’allí les vienen! ¡Los chafarotes por’allí les vienen! ¡Échenle canilla..!

No lo pensé dos veces.

De un solo brinco salí de la chante y no paré hasta llegar al Pacayá y tragarme el letal champiñón rojo.

Recuerdo que por momentos me vi flotando entre nubes moradas y precipicios de plata y oro, rodeado de micos con alas negras, loros de cabeza azul y quetzales.

Desperté en Quezaltenango, en una cama de hospital, y con una gruesa sonda de la boca al estómago para inundarme de suero salado e intentar diluir los químicos tóxicos.

Mi madre dijo que sobreviví milagrosamente al envenenamiento.

Hasta el día de su muerte fue una gran devota del Cristo Negro de Esquipulas.

Cada 15 de enero, visitaba el templo de Esquipulas Palo Gordo para rendirle pleitesía al ensangrentado icono de yeso.

De paso, le entregaba al sacerdote un canastón de bananos, yuca, café de grano y mangos; un arreglo floral con claveles, argentinas, chulas y buganvilias y un paquete de parafinas de cera vegetal.

—Nunca dejes de agradecerle al bendito Cristo Negro lo que hizo por ti, m’hijo… —me pidió en una de mis visitas a Chiquirines.

El fallido suicidio tuvo su lado positivo: recibi una beca de estudios, de manos de un burócrata del Ministerio de Desarrollo Social.

Viviría en un albergue católico y asistiría a colegios de Quezaltenango.

Los kaibiles, responsables de las ejecuciones, fueron comisionados en distintos consulados guatemaltecos del extranjero y nunca enfrentaron cargos criminales.

Sus víctimas, según contó la prensa internacional, eran “traficantes de drogas y tratantes de blancas”.

La familia decidió desistirse de las acusaciones y conservar la vida.

También mi madre y sus siete hermanos enterraron en silencio al tío José Antonio. Dejaron “en manos de Dios” la posible aplicación de la justicia.

—Si nos llenamos de rencor, Venancio, vamos a morirnos en vida y aún tenemos niños que cuidar y alimentar…

El tío Genaro llegó a esa conclusión y mi madre lo avaló.

Ya en la universidad Rural de Quezaltenango, donde cursaba el cuarto semestre de Ciencias de la Educación, me enteré que el tío Vicente, el menor de los hermanos, vengó la muerte de José Antonio.

Por separado, los tres soldados kaibiles fueron ejecutados por elementos del Ejército Guerrillero de los Pobres.

Melania Cordero fue quien me reveló lo ocurrido.

Le creí.

Su padre era el alcalde auxiliar de Chiquirines y empleado de confianza del corporativo español que suministraba la energía eléctrica en todo el departamento de San Marcos.

Ella y yo crecimos a la par en nuestra amada pampa. Precisamente ahí, bajo la fronda de uno de los chichipates del río Pacaya, rasgué su virginal himen y obtuve el juramento de fidelidad y amor eterno.

Ya en Montreal, los recuerdos eran tan táctiles que me provocaron nostalgia e insomnio.

Los efectos etílicos llegaron a diluirse sin darme cuenta e intenté descorchar otra botella de cerveza.

Imposible.

Había consumido el contenido de las seis del paquete.

Lo mismo le sucedió a la botella de Vodka que compré en una vinatería de la avenida Somerled.

Pronto amanecería. El hecho fue anunciado por los martinetes, cornejos y carboneros, desde el traspatio del edificio.

Tendría que acostumbrarme a ellos.

Narguiles buscó a Lisandra por teléfono para decirle que el domingo me buscaría en mi nueva dirección.

Eso ocurrió mientras fui de compras al supermercado.

Lisandra no me acompañó para ordenar mi habitación y guardar los trastos de cocina en la alacena.

De regreso, Lisandra me informó:

—Tu amigo Richard me dijo que te va a ofrecer un trabajo de dos días en una granja lechera y donde ganarás trescientos dólares. No necesitas permiso de trabajo, porque es una granja familiar y vas a cubrir a uno de los propietarios que fue hospitalizado de emergencia por una peritonitis.

Mientras Lisandra hablaba, me puse a cocinar un omelette de jamón y queso.

El olor a grasa quemada y el chasquido del aceite caliente, me hicieron evocar los ayes de sufrimiento de aquellos hombres torturados y ejecutados por los militares guatemaltecos de élite.

En Quezaltenango, Narguiles —en sus tiempos de estudiante universitario— había sido uno de los kaibiles infiltrados en las organizaciones políticas de izquierda.

En ese rol de asesino embozado fue como lo conocí…

VIDEOTECA:

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