MANDAR OBEDECIENDO

quintaaII

La marcha tendría lugar el martes 21 de marzo. Del tramo carretero Zitlaloalpa-Distrito Federal.

El plan no era impedir el tráfico vehicular.  Dejarían libre una vía.

Su exigencia se reducía a una sola demanda: diálogo.

La escuela normal de Zitlaloalpa estaba por desaparecer. El presupuesto escaseaba. Desde su fundación —en 1939—, alumnos y maestros confrontaban con el gobierno, los terratenientes, paramilitares y talamontes.

La miseria predominaba en la región alta y baja del estado.

La protesta magisterial era continua y violenta. Era su forma peculiar de llamar la atención.

  En setenta años nada había cambiado.

Ni la guerrilla o las movilizaciones públicas alteraron el orden político de Ayutla.

La oligarquía tenía el control absoluto del gobierno, pulpitos, cuarteles, juzgados y los principales partidos políticos.

El gobernador Angelino Pico Ruiz, hechura plena de la casta económica regional, actuaba bajo consigna.

Las corporaciones mineras y madereras contaban con su propio ejército privado para proteger sus intereses.

Los maestros y alumnos de la normal de Zitlaloalpa no estaban dispuestos a ceder. De no presionar, el plantel seria cerrado.

El decano líder magisterial, Genaro Fragoso propuso radicalizar las acciones.

—Hagamos un plantón en el zócalo del Distrito Federal —insistió—. Alguien tiene que escucharnos…

Los doscientos diez alumnos y los delegados de las ochenta escuelas normalistas del país, reunidos en el patio del plantel, avalaron la sugerencia.

—Necesitamos autobuses… —recordó Liborio Licona, el presidente de la Sociedad de Alumnos.

—Los tomamos y ya, como siempre lo hemos hecho —concluyó Rosa Méndez, alumna del tercer nivel.

No hubo necesidad de consensarlo. Los autobuses serian confiscados al término de la concentración frente al Palacio Nacional.

La información llegó ipso facto a oídos del principal accionista de la constructora Wilrsa, Wilfrido Robles. Su artritis no impidió convocar a sus aliados para atender el problema.

El bloqueo de carreteras y el secuestro de autobuses minaban su poder y bolsillos.

Urgía mandar un mensaje positivo a los inversionistas internacionales, sus socios.

Pico Ruiz apergolló la regañina telefónica del empresario, su amigo y patrocinador de su carrera política.

—O paras este desmadre o lo paras…  Nuestros socios de Washington y Nueva York no comen gelatinas… Hierro y oro, amigo Pico, hierro y oro… y muchos guevos

—Tengamos la reunión, don Willy —propuso el gobernador—. Que sea en Casa Ticuan

—Hagámosla…

—E incluso —dijo Pico Ruiz—, debo hablarlo con el presidente, soy el gobernador.

—Hazlo —acotó displicente su interlocutor—, pero ya lo hablé con Caldera y le vale madres lo que hagas o dejes de hacer… Eres tú o ellos….

Y dos días después, media docena de limosinas blindadas invadieron el estacionamiento de Casa Ticuan. Militares, policías y guaruras cortaron el tránsito de ambas vías del boulevard de Los Héroes de las Indias.

El primero que arribó a la residencia oficial del gobierno de Ayutla, en un Mercedes Benz blanco, fue Wilfrido Robles. Su prognatismo y pesado caminar lo singularizaban. La tejana, guayabera y pantalones bombachos, azul íñigo, apenas disimulaban su gordura. Parecía un ganadero texano, de piel oscura.

Enseguida hicieron acto de presencia sus cercanos, igual de ricos y conservadores: Benjamín Figueres, tan flaco como un cadáver por la diabetes; Melitón Noriega, fuerte y rejuvenecido con tintes y cirugías; Laura Olivares, frágil y achacosa por la edad y el carácter irascible; Vicente Díaz, chaparro, pelón y elegante y Prisciliano Villalba, un sesentón culto, caritativo y religioso.

Los seis controlaban la mayor parte de los recursos naturales, el comercio, la industria, el negocio mediático, el agio y la producción de amapola y marihuana del estado.

La constructora Wilrsa les permitía blanquear dinero y enviarlo a paraísos fiscales del Caribe y Europa.

Su palabra era ley para generales, magistrados, legisladores, alcaldes, gobernadores, editores, dirigentes sindicales y gremiales, caciques, obispos y arzobispos.

En el encuentro no podía faltar el general Pancho Torres. Su presencia garantizaba materializar los operativos acordados.

Cruz asumió el papel de guarura y chofer de la Hammer.

Desde el estacionamiento, era posible vislumbrar el horizonte.

Los colores naranjas, violetas y amarillos, entreverados con los azules y blancos, anunciaban los últimos estertores de la tarde.

La mar de la bahía estaba en calma.

La temporada invernal llegaba casi a su fin, sin obligar a los turistas a cubrirse durante sus paseos playeros.

El prieto gobernador, barbado y en guayabera gris con grecas guindas y rojas en la pechera, recibió a los recién llegados.

En su papel de anfitrión los condujo al Salón Miguel Hidalgo y Costilla, donde yacían una tosca mesa circular de caoba y sin barnizar y ocho sillas de alto respaldo, de la misma madera.

La barra del fondo estaba cargada de licores, copas y ceniceros.

Durante su etapa de hombre de derecha, jamás abandonaba el traje y los mocasines Armani.

Tres años después, como candidato a gobernador —y por sugerencia de sus asesores de imagen— se dijo admirador del Che Guevara y el comandante Fidel Castro.

La mezclilla y la guayabera se convirtieron en sus nuevos distintivos. Lo mismo que la barba y la melena entrecana.

Pico Ruiz asumió el papel de un marxista sesentero.

Sus patrocinadores entendieron su nueva apariencia. En nada afectaba sus inversiones o decisiones.

Durante su toma de posesión, en el Centro de Convenciones del puerto Morelos, reafirmó lo que pregonaba en campaña:

No es fácil ser socialista y saber que aún cabalga la miseria en el estado. Me indigna comprobar que el analfabetismo, el desempleo o el enfrentar el hambre y la falta de atención médica, difícilmente está en mis manos resolver. No hay dinero suficiente y tampoco la solidaridad de quienes pueden ayudarlos…. Bueno, pero lo importante es saber que ustedes están aquí, ante su humilde servidor, que aprendió algo fundamental en los barrios y rancherías pobres: es mejor mandar obedeciendo. Nuestro origen político es lo de menos, lo importante es saber hacia dónde queremos ir…

El General, presente en la ceremonia, le murmuró al reportero de la silla contigua:

—Si usted asusta a la gente y la encuera sin matarla, le agradece al verdugo por perdonarle la vida. Eso pasa en Ayutla. Hay tanto cadáver destazado que la gente pendeja tiembla y ve en su gobernador al Jesucristo de sus miserias…

HEMEROTECA: contrainsurgencia

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s