LA INCÓGNITA

la langosta portadaKundera en la barra.

Los seis tabiques de papel, uno sobre otro.

El tipo hace muecas y bebe como un pescador nórdico. El palillo sigue intacto entre los labios.

Apesta.

Kundera es checo, tiene noventa años y vive en Paris.

Lo asegura Wikipedia.

Se llama Milan y en Guatemala me allegué de su La insoportable levedad del ser. La leí por recomendación de un amigo, estudiante de medicina.

En los noventas algo contaminó nuestras creencias.

Fornico, luego existo.

—Buena elección —le digo al tipo.

—Veremos… —responde—. Es lo que encontré… pero no me importa…

Encoge los hombros y relame sus pálidos labios.

Por el momento, los títulos nada dicen:

L’identité, La vie est ailleurs, La plaisanterie, La valse aux adieux, L’immortalité y Le livre du rire et de l’oubli.

—Ni nombre es Venancio —intento generar confianza.

—André —responde.

No hay efusividad, ni contacto físico.

Lo entiendo.

La Langosta es un bar y en este bar hay bolos y viejos depresivos.

La cerveza es el mejor estimulante para aflojar la lengua. Pech así lo canta.

Uno casaquea con los alipuses.

En su larga experiencia como cantinero, frente a su barra revolotean sus pacientes como moscas. No necesitan un diván para aligerar sus emociones.

André N liba y liba. No alude o toca los volúmenes que reposan a su lado. Parecen estorbarle.

Mi curiosidad se acrecienta.

¿Por qué Kundera?

La respuesta tardó en llegar, gracias al milagroso elíxir amarillento contenido en seis latas.

El tipo no parece ser muy vivaracho.

Lo delatan sus manos calludas y pellejudas, el pantalón descolorido y arrugado como su cara salpicada de pelos hirsutos, y su mirada de ahuevado.

La incógnita quedaría revelada a la media noche.

—Si le gustan, son de usted —ofrece André N. Su mirada de bolo despertaba lastima—. Solo págueme otras tres rondas…

No negocié.  Tampoco Pech cuestionó mi proceder. Lo entendía.

—¿Y dónde los compró, camarada? —cuestiona Pech.

—Hay una librería en la rue Fleury…

—¿De libros usados? —escarbo.

—No —contesta André, lata en mano—. En el exterior permanece una caja con puerta, donde gente desconocida regala los libros. Cualquiera puede agarrarlos.

—¿Y usted los lee? —pregunta Pech.

—No —responde—. Los vendo en las tiendas de libros usados… Lo de leer no es lo mío, prefiero la cerveza…

HEMEROTECA: La insoportable levedad del ser – Milan Kundera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s