DESTINO

el infierno de gaalia16

La rutina era la misma.

Abrir los ojos, ver hacia la ventana, encender la lámpara y confirmar la hora.

Después, en el lecho, aguardar que el reloj despertador empezara a hipear antes de ser silenciado de un manotazo.

En calzoncillos iba a la cocina. Medio lavaba la taza sumergida en una grasosa cacerola cubierta de un líquido grisáceo y espumoso.

Calentaba el agua del grifo en el microondas.

El café soluble y la azúcar aguardaban en la habitación.

En hora y media tendría que bañarse, desayunar y vestirse antes de abordar el autobús que lo conduciría al Centro de Educación para Adultos.

El calendario de la cocina tenía seis taches rojos y por primera vez pasó desapercibido.

Un lunes de nieve parda, sumergido en una luz plomiza, triste, propia de un gran funeral: el ánimo de los arrepentidos y lúcidos.

Tampoco tuvo deseos de bajar el interruptor. Dejar a oscuras al pasillo de salida.

La pesada mochila de excursionista quedó bajo la cama. Únicamente metió en la bolsa de plástico los dos cuadernos de pasta roja, el pequeño diccionario francés-español y los tres lápices de goma azul, en forma de flor de lis.

El autobús fue puntual: 7:15 de la mañana, del 7 de enero.

Le extrañó no observar a la mujer rubia de los senos semiexpuestos. Siempre viajaba dormida en el último asiento e inclinada en la ventanilla.

Moisés Estrada jamás se enteró de su destino final.

En una ocasión, estuvo tentado en no asistir a la escuela y desentrañar el misterio. Se trataba de una mujer cuarentona, tal vez rusa, de rostro agradable y piel tersa, sin mácula, delgada y apetecible.

Nunca conoció el color de sus ojos. Su respiración denotaba tranquilidad, indiferencia a su entorno.

Se trataba de la verdadera Bella durmiente, supuso.

Moisés jamás descifraría los simbolismos complejos de la vida.

El hecho de existir mundos paralelos, donde cada movimiento se interconectaba al de otro y en su caso, al de su posible víctima.

Miedos pasados o excesos de poder impregnaban al lenguaje sanguíneo de la venganza.

Seguir la cadena alimenticia o la cadena trófica —de acuerdo al criterio de los estudiosos—, lo arrinconaría a un tiempo impreciso, real.

Uno podía preguntarse, ¿en qué momento el otro o la otra coincidían y cambiaban el curso de la vida de los protagonistas?

Difícil descífralo.

Lo cierto era que, Moisés Estrada, iba en el autobús urbano, de pie, agarrado al tubo cromado, sintiendo en el costado la dureza del revólver de seis tiros.

La misma Colt que fue utilizada por el padre de Nadir Abdony para suicidarse.

El hecho fatídico lo desconocía.

     El ex militar y refugiado político, también desconocía que, Catherine Pearcen, la ministra de Inmigración y Comunidades Culturales, anunciaría, durante la mañana, su renuncia al cargo.

Era inminente su salida del gobierno provincial.

Una añosa carta, escrita por su puño y letra, confirmaba su anuencia para la ejecución del Ministro del Trabajo, Pierre Laporte, ocurrida siete días después de su secuestro.

Marc Morf, miembro del Frente de Liberación de Quebec había sido asesinado en una supuesta rencilla de cantina. Entre sus pertenencias encontraron varios comunicados de la organización y algunas cartas personales.

De la misma manera, documentos y fotografías fueron hallados en una pequeña bóveda protegida por  un falso ladrillo.

El descubrimiento se hizo en el sótano de su casa, donde su madre, asidua visitante, intimidaba con sus amantes.

Catherine, a las 7:15 horas del lunes 7 de enero, desconocía el desenlace de su paso por el ministerio.

Por su parte, Moisés tampoco tenía claro el por qué portaba una arma de fuego, de origen sirio. Ni tampoco dilucidó su uso en un lunes de frio y nieve.

Los dos, Catherine y Moisés, en su entorno natural, enfrentaban el mismo dilema del tiempo-espacio.

El destino los encaminaba a un punto coincidente.

     Un tercer protagonista modificó la agenda de trabajo de Catherine.

El Primer Ministro quiso estar presente en el instante que la ministra abriera el sobre, tomara la tarjeta y se enterara del acuerdo negociado con Geogetto y el arzobispo.

Sin duda, Geogetto cobraría la afrenta.

Por su parte,  Tremblay pagaría sus errores con el exilio. Tampoco podría sentirse a salvo.

La mafia siciliana lo había condenado a muerte.

En Los Ángeles se puso en marcha la operación para ejecutarlo. El atentado ocurriría en las Islas Bahamas.

Un marine en activo, de origen hispano, se encargaría del trabajo.

Todo a su tiempo.

Moisés descendió del autobús.

Lo hizo sin meditar y sus pies terminaron sumergidos en un turrón de nieve.

El conductor sonrió y cerró bruscamente la puerta del autobús.

 Moisés comprendió la maniobra.

 Chinga tu madre, pensó.

No lo dijo.

 Y siguió su marcha.

No tuvo ánimos de levantar la vista para observar el rápido desplazamiento del autobús.

Los hechos de su vida no tendrían retorno, como sus pisadas.

     —Tiene que ser así… ¿Est-ce que tu vas acheter une chamise rouge? La respuesta, la respuesta… —Moisés empezó a murmurar, sin aminorar el paso–. Oui, je vais la acheter… El pronombre es La que sustituye a La Camisa… seguro, seguro…

En el Centro de Educación para Adultos observó que una treintena de camionetas Van, oscuras y blancas, estaban estacionadas en el costado de la banqueta.

No dio importancia al hecho.

Sus prioridades eran otras: memorizar los misterios de la gramática francesa: entender cómo debían usarse los pronombres EN e Ygriega en las oraciones con complemento indirecto.

     Tuvo deseos de fumar un cigarrillo de mariguana antes de ingresar al edificio y buscar el nuevo salón de clases asignado.

Lo del suicidio aguardaría.

Y soltó un largo suspiro, cargado de nostalgia y desasosiego.

Lluvia Amor le encendía la sangre… era un volcán en erupción…

Un sentimiento enfermizo…

—Que chingue a su puta madre la francesación y estos putos políticos corruptos —escupió y aceleró su marcha.

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