EL REENCUENTRO

portsoynorma23

Molesta tomé una decisión. El fin de semana viajaría a Valparaíso.

El sábado 24 de mayo de 1952 abordaría el ferrocarril para enfrentar a mi marido en su propio territorio. Lo haría tres meses antes de celebrarse las elecciones presidenciales.

—¿Estás segura, hija?

—Segurita, mamá Emma… Ese desgraciado no va a burlarse de mí… Quiero que me lo diga en la cara y nos divorciamos…

—Pero él ya te escribió que está trabajando en los astilleros para que tengan su propia casa…

—Es mentira, ya no le creo… es un amarrete güevón…

Dos días después, muy temprano, materialicé mis deseos. Lo hice sin mi pequeñita. Emma la cuidaría el tiempo que yo permaneciera fuera de San Francisco de Limache.

Durante el trayecto, escuché pláticas relacionadas a los comicios federales.

En esta ocasión, uno de los cuatro candidatos que contendería el 4 de septiembre había polarizado a los chilenos. Nuevamente intentaría obtener la presidencia de la república: Carlos Ibáñez del Campo, El Caballo.

Su pasado represor del movimiento obrero, provocó que los sindicatos mineros y de la industria unieran fuerzas. Apoyarían al senador liberal, Arturo Matte Larrain.

Los seguidores del proscrito Partido Comunista optaron por darle su espaldarazo al médico cirujano y también senador, Salvador Allende Gossens.

La ultraderecha falangista, después de una acalorada convención, registró la candidatura del ex diputado conservador, Pedro Enrique Alfonso Barrios, en su afán de contener las aspiraciones políticas de El Caballo, su archirecontra adversario político.

Desde la ventanilla pude comprobar que la contienda preelectoral podía desencadenar en violencia. Lo evidenciaban infinidad de pintas tachonadas de rojo que aparecían en las bardas y muros de casas humildes o lotes abandonados.

La propaganda destruida era del Frente Nacional del Pueblo. En grandes letras color sangre se leía ¡Mueran los comunistas! o ¡Abajo el comunista de Allende!

Y el mismo problema enfrentaba Ibáñez del Campo, al que calificaban de ¡Asesino, Amermelao, Mula y ladrón!

Hasta el taxista que me trasladó a la casa de mi suegra, en Cerro Barón, preguntó si yo sufragaría.

No le contesté.

Llevaba demasiada pesadumbre como para meterme en asuntos políticos de los que yo era ajena.

Tras internarnos en varias callejuelas sin pavimentar, en una de ellas, la Donatello, descendí del destartalado vehículo amarillo.

Me acerqué a una construcción blanca, de tejas rojas y dos ventanales de vidrios opacos.

 Por la altitud del terreno, el viento frio me lastimaba la piel. Aun así me sobrepuse y azoté la puerta con fuerza.

Doña Carmen me recibió algo azorada. De inmediato me hizo pasar.

Su rechoncha figura y el semblante adusto me hicieron sobrecogerme.

—Manuel está en el trabajo —dijo antes de ofrecerme una silla—, pero seguramente llega entre las cinco y seis de la tarde… —y lo primero que preguntó fue por la salud de su nieta—. ¿No tiene problemas la guagua, verdad?

—No, todo está bien, suegra… —dije nerviosa y plantada en medio del salón que olía a humedad y comida—. Vine porque quiero hablar con Manuel Ernesto y saber si se va a responsabilizar de nosotras o empezamos el trámite del divorcio…

—Qué cosas dices, muchacha… —replicó mi suegra—, claro que mi hijo va a responder… Me ha dicho que cada mes te envía dinero…

—Eso es mentira —aclaré molesta—, no he recibido ningún peso desde que nos casamos… Todos nuestros gastos los cubren mis padres, porque yo ya no trabajo…

Doña Carmen me ofreció un platón de frutas y una habitación. Preferí apoyarla en los quehaceres de la cocina e impaciente aguardar el arribo de mi marido.

Hecho que ocurrió casi al anochecer.

Lo primero que exclamó Manuel Ernesto fue una interjección de sorpresa. Yo permanecía en la cocina. Removía con una cuchara el contenido de una olla de peltre.

Su madre, en la mesa, pelaba papas y zanahorias y escuchaba la radio.

—¿La niña está bien? —preguntó tras sobreponerse.

No contesté.

—Está bien, hijo… —intervino doña Carmen—. Ella está aquí porque necesita hablar contigo y poner las cosas en orden…

Un pesado silencio siguió después de lo expresado por mi suegra. Lo rompimos en la mesa, mientras cenábamos.

La carbonada y los porotos con mote me supieron a cobre.

Tenía deseos de gritar y decirle a Manuel Ernesto que era un desobligado y engrupido. Me contuve.

Nuevamente fue doña Carmen quien logró tranquilizarme.

—Creo que Normita y mi nieta tienen que venirse a vivir a Valparaíso, Manuel… ¿Tú que dices?

—Estoy de acuerdo, mamá… pero no quiero ser un mamón… Tu sabes que…

—No te preocupes —lo interrumpió doña Carmen—, lo de la pasta puede resolverse. Yo les presto lo necesario para que renten una bonita casa y la amueblen… ¿Eso querés vos, hija?

Por fin logré hablar, sin dar muestras de enojo.

—Si Manuel Ernesto está de acuerdo, claro que yo y nuestra hija viviríamos en Valparaíso…

Manuel Ernesto, ya dueño de la situación, apuró su plato de porotos. Luego me observó detenidamente. Yo estaba en la silla de frente y a mi derecha, mi suegra, tranquila y risueña.

Ya solos, en la recámara, Manuel Ernesto y yo concretamos el compromiso de vivir juntos y tener nuestro propio espacio.

En esta ocasión, dentro del sacrosanto momento de la intimidad, no percibí su socorrida animadversión hacia mí, sino, por el contrario, calidez, comprensión y solidaridad.

—La próxima semana te buscaré para que vos veas tu nueva casa —murmuró al oído y sentí su tibia respiración en la mejilla—. De verdad me hace feliz saber que estarán a mi lado vos y mi guagua

Su voz varonil, apasionada, me provocó escalofríos. Tuve impulsos de llorar.

Por fin estaría al lado del hombre que amaba. Además, de materializarse ese sueño, la principal beneficiada sería nuestra pequeña hija Consuelo, de apenas año y siete meses de edad.

HEMEROTECA: La Tepiteada – Armando Ramirez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s