KILIMANJARO

goteo portada—¿Qué leía?

—Unos cuentos de Hemingway…

—Ah, qué bien… pero trate de no moverse…En cualquier momento llega la ambulancia…

—Gracias, señorita…

—Me llamo Layka… ¿y el suyo?

—Israel, Israel Iñiturriza…—tartamudeó—. Espero no afectarla en su trabajo.

—No se preocupes, iba a la biblioteca a dejar unos libros —mintió.

—¿A esta hora? —preguntó el hombre—. Me imagino que son más de las doce…

—Hay servicio de buzón y es que mañana salgo de Montreal, visitaré a mi madre en Quebec.

La calle estaba desierta. El reflejo de los televisores encendidos se apreciaba en los ventanales de algunos departamentos.

Israel yacía sobre la banqueta con las piernas inmóviles y sangrantes.

 Descansaba su cabeza sobre una mochila negra. Y en su interior, un juego de ganzúas, una colt 38, un silenciador tubular y medio millón de dólares.

—¿Puedo pedirle un favor, señorita?

—Claro… y sobre todo en estas condiciones —asintió Layka en un impulso conmiserativo.

—En mi mochila traigo un dinero que iba a utilizar mañana para pagar dos hipotecas, la de mi casa y la de mi padre que se encuentra enfermo. ¿Podría guardarlo mientras salgo del hospital?

Tras sus lentes de miope, Layka observó al hombre con detenimiento.

—¿Por qué no se la deja en resguardo a la policía?

—No confío en ella, porque tuve problemas con la ley hace diez años…

Ella desconocía cómo Israel se había lesionado las piernas. Era un hombre fornido, cejudo, lampiño y escaso de cabello.

Moverlo de la calle no fue algo fácil. Lo hizo para evitar que algún automóvil lo atropellara.

—Tenga, por favor, lléveselo —dijo Israel y estiró el brazo con un libro en la mano—. Aquí están anotados mis datos personales y tres números telefónicos… ¿Trae usted alguna  identificación?

—Claro, claro… —Layka extrajo del bolso de mano su credencial de salud (Carte maladie) y la mostró.

El hombre leyó lo que le interesaba. Después, entrecerró los ojos. Se desangraba en abundancia. En cualquier momento perdería el conocimiento.

—Es un buen libro de relatos el que leía —dijo la mujer al cerciorarse del título y el nombre del autor.

—Ironía de la vida, señorita Berezutski —acotó Israel, sobreponiéndose al dolor y repitió—: Kilimanjaro… Kilimanjaro… Kilimanjaro…

—¿Por qué lo dice?

—Aquí estamos, usted y yo —dijo casi silbando—: en la calle de Kilimanjaro, a medianoche y en estas condiciones —y agregó—: Por favor, tome mi mochila y retírese antes que llegue la ambulancia, se lo ruego….

La mujer obedeció.

Israel dejó caer la cabeza sobre la nieve. Indiferente al sonido de las pisadas que se alejaban.

Y continuó con los ojos entrecerrados, repitiendo en su mente el nombre y la dirección de la mujer.

En la casa número 1278, de la avenida Ernest Hemingway, dos cadáveres permanecían en el salón de estar. Uno, el de barba gris y cráneo tatuado, no soltó el revólver que accionó media hora antes…

HEMEROTECA: pro331

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