LA TICA

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La puerta de la habitación vibró como si un ferrocarril pasara cerca.

—Señor… Señor… —percibí una voz aflautada, casi imperceptible.

—Un momento, por favor…

Me enfundé el pantalón y abrí.

Una jovencita delgada y carilarga sonreía. Usaba gafas oscuras.

—Soy Romelia —dijo y me ofreció su mano.

—No me he limpiado las legañas, estaba acostado —me exculpé para evitar el contacto físico.

—Le aviso que dentro de cinco días, mi novio y yo vamos a compartir el departamento con usted. Ya pagamos el mes y Guito nos entregó una copia de las llaves y me pidió que le entregara esta que es la de la caja de correos —y al decirlo, puso ante mis ojos un trozo de metal plateado, que agarré—. Soy de Nicaragua, pero habito en Quebec desde niña. Mi novio es ruso, se llama Igor Radenko.

“Como el jorobado”, quise decirle, pero únicamente lo pensé.

No me interesó intimidar, menos con la mocosa que tenía enfrente.

—Bien, pues bienvenidos. Espero nos acoplemos como buenos vecinos…

—En nuestro cuarto va a estar el modem del Internet, porque Guido no pudo conseguir el contrato con Bell y Videotron. Tiene un adeudo y le negaron el crédito. Igor contrató el servicio a su nombre. Espero no le moleste…

—No, no te preocupes… En estos momentos soy ajeno a las redes sociales…

La tica era muy joven, tal vez veinteañera, y sus atributos físicos escaseaban: ni tetas, ni nalgas, menos caderas o piernas apetecibles.

Un personaje extraído de alguna historieta gringa, como la de  Archie y sus amigos. Hasta el rostro afilado, bobalicón, era ajeno al prototipo de mujer centroamericana.

—Nos comunicó Guido que vamos a compartir el refrigerador y el microondas —dijo y peló la dentadura  para confirmar si estaba de acuerdo con esa decisión.

—No te preocupes —respondí—, es un departamento que vamos a compartir con otros tres inquilinos, según me aclaró el italiano… Tuve la fortuna de estrenarlo, aunque el baño aún tiene unos plafones del techo rotos, le falta un vidrio a la ventana y el lavabo está asqueroso…

—Sí, lo vi, pero Guido nos prometió que en esta misma semana arregla todos esos destalles…

—Espero lo haga el hueco… ¿algo más?

—No, no, señor…

—Venancio…

—Señor Venancio, gracias por su atención… Buenas tardes… —y volvió a estirar un brazo. En esta ocasión, por simple cortesía le estreché la mano, fría como un bacalao de supermercado.

La observé alejarse y salir del departamento.

Entonces percibí un penetrante olor a paja quemada y comprendí que la jovencita le mamaba la cola al diablo.

La esencia de marihuana se había impregnado en mi diestra.

HEMEROTECA: 8agos2019 tvnotas

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