PIEZA DE AJEDREZ

la dama16

¿Irresponsabilidad? ¿Ganas? ¿Rebeldía? Todos los calificativos encuadran si eres casada y no una puta que deba juzgar.

Lo hicimos en el baño del bar Moose’s Down Under, sobre un retrete. Le regalé cien dólares al encargado de dar las toallitas, un negro bembón, para evitar que otros clientes ingresaran y armaran un escándalo.

Eduardo Melgarejo me hizo gemir como posesa. Poseía un poderoso y singular mandoble, por su curvatura y cabeza.

El roce en el clítoris fue brutal. Tan efectivo por la cantidad de orgasmos que me provocó. Pude considerarme una mujer afortunada.

Nada dejamos a la imaginación, en esos cuarenta y cinco minutos que permanecimos encerrados en el sanitario de hombres.

El negro, con su filipina blanca, canalizaba al baño contiguo —el de las damas—, a los demandantes del servicio.

Los Payette dejaron de ser mi prioridad, durante parte de la noche. Centré mis encantos —como tal vez los hicieron Dalila o Salomé— para llenar de pasión a Melgarejo y apaciguar mi calor uterino.

Nathan despertaría hasta el amanecer. Seguramente temía abrir sus legañosos ojos y encontrarme en la misma cama. De hacerlo, tendría que lavarse los dientes y lamerme la figa,  como llamaba a la vagina en sus momentos de calentura.

—En casa se coge todos los días, estés tu o no estés—le advertí al oído cuando acepté ser su esposa.

Y, al parecer, tomó muy en serio mi broma.

Muy cerca del bar, en la calle Howe, alquilé una habitación en el hotel Metropolitan. Pagué con la tarjeta de crédito de Nathan.

En la cama le solicité  al recepcionista que nos subieran una botella de ron Havana 9 años.

Melgarejo estaba sorprendido.

—Son demasiadas atenciones de una mujer voluptuosa, una hembra en toda la extensión de la palabra.

Fueron sus epítetos.

Sabía halagar a la dama y era sincero.

Yo admiraba al hombre inteligente y respetuoso del género que lo parió.

—Temo que después de separarnos me muera, Sandra, porque es mucha suerte lo que me está ocurriendo —se sinceró después de poseerme por tercera ocasión y materializar una fantasía sexual: correrse sobre mis senos y cara.

—Me recordaste a una persona muy cercana y al que le debo mucho de lo que soy ahora —dije.

Y no mentía.

 Velarde siempre fue mi mentor, un guía inteligente.

Por él aprendí a valorar mejor cada paso que daba en la búsqueda de mi libertad. Lo más preciado.

—Muchacha  —sentenciaba cuando me daba clases de ajedrez—, la vida es como este tablero de sesenta y cuatro cuadrados: cada uno tiene el destino de las piezas y hay que conocerlo y disfrutarlo, porque en ese cuadro también puedes morir a lo pendejo.

Ceder tampoco era sinónimo de flaqueza. Se trataba de un paso necesario para alcanzar nuestro objetivo final.

—Soy un afortunado, entonces —concedió Melgarejo—. Y te confieso que a mis cincuenta y cinco años, lo de hoy jamás pasará por alto. Me has marcado…

La prudencia hace milagros. En esta ocasión, lo comprobé.

El periodista desconocía detalles de mi pasado que, como era lógico, no le revelaría.

Y centré mi sapiencia —y lo que representaba mi cuerpo ante sus ojos—, en sacarle provecho a sus bolas de Minotauro hasta casi desfallecer.

El ron pasó a segundo término.

Dejé que Melgarejo lo consumiera y así, antes del alba, dejarlo noqueado para no tener que despedirme.

En una servilleta anotaría mi correo electrónico para seguir en contacto.

Y le revelaría que era casada de un octogenario, que enfrentaba el mal de Parkinson. 

Nunca hay que cerrar las puertas de una habitación pulcra y ventilada.

Y menos a un escritor de buen talante y labia, que logró provocarme incontables orgasmos.

Melgarejo olía a libertad…

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