LA CUOTA

la langosta portadaPech me despertó a las cinco de la mañana. El bar estuvo a punto de incendiarse. Una falla eléctrica, de acuerdo al comentario no oficial de un bombero.

Tuve que desempolvar la modorra y llamar un taxi.

Por fortuna, Pech se percató del flamazo. Aun se hallaba en su privado, sentado y haciendo cuentas.

Viviana dejó el changarro al cierre. Pech asegura que olvidó desconectar la cafetera y hubo un calentamiento.

Lo dudo.

Me sorprendió encontrar a Mendoza, Rudy Mendoza. En bata y pantuflas hablaba con Pech, ahumado hasta el cogote.

El extinguidor pudo ahogar las llamas que dejaron a oscuras a los vecinos de media manzana.

Rudy es bloguero y colabora en dos periódicos latinos. Tenía fama de chalamirero. Seguramente informaría a sus lectores de lo ocurrido. Registró el estropicio con la cámara de su celular.

Pech no se opuso. Es posible que pensara en la aseguranza.

No da paso sin huarache, como dice un refrán mexicano.

El humo atrajo la curiosidad de medio centenar de peatones.

Cuando arribé al bar, los bomberos se habían retirado.

—No te preocupes, Venancio —me consoló el peruano—, no cerraré. El fuego no llegó a la zona de los clientes. Todo ocurrió en la cocineta, pero la alarma se activó y alertó a los vecinos…

—¿Puedo ayudar en algo? —me ofrecí.

Hasta ese momento, comprendí que mi presencia sobraba. Pech me sacó de la duda.

—Necesito que firmes una constancia de hechos, me lo pidió el abogado. Entre más testigos den fe de lo ocurrido, podré cobrar el seguro y reconstruir lo dañado…

Rudy se nos acercó. Los lentes de carey sin montura, apenas podían sostenerse en su nariz chata. El vapor alcoholizado brotaba por sus poros y respiración.

Pech le ofreció un vaso de pisco con jugo de limón, miel y aguardiente. Rudy lo consumió de un solo trago.

En la cocineta pude dar certidumbre de los alcances del siniestro: dos sillas semichamuscadas, la cafetera ennegrecida con los cables pelones y media pared negra y empapada. La estufa, la alacena y la mesa salieron ilesas.

Los curiosos dejaron sus lugares y la calle quedó desierta.

Pech decidió aguardar despierto el arribo del sol. La Langosta abriría sus puertas después del mediodía. Rudy se unió a la charada y valió la pena.

—Te leo y eres muy prolífico —dije. Rudy me miró  fijamente. Los tres nos encontrábamos en la barra—. Me llama la atención que no tienes seguidores…

—No escribo para que me lean —asentó con voz trémula, de alcohólico—. Es mi oficio y siempre lo he respetado. Mínimo escribo cinco mil caracteres diarios. Esa es la cuota.

Pech, pensativo, dejó que la conversación fluyera sin intervenir. Ni siquiera hizo el intento de lavarse. Los machones de tizne aparecían en diferentes partes del rostro, brazos y cuerpo.

El pisco ayudó mucho para sobrellevar las preocupaciones.

—¿De qué parte de Paraguay viven tus padres? —cuestioné después de chocar mi vaso de pisco con el de Rudy.

—Del distrito capital, exactamente de Asunción…

Evité ahondar en su pasado.

En Montreal, los migrantes evitamos involucrar a espíritus ajenos con nuestros cuenteretes. La isla está poblada de aventureros y perseguidos. Que cada quien cargue su cruz y esculpa su lápida.

Rudy era un blog y labia. El día que pelara rata obtendría el reconocimiento merecido. Hoy solo era un asiduo bebedor de chiricuta y un bolo infeliz.

Su condición de inmigrante lo invisibilizaba. No era el único. Me incluyo.

Pech abrió una nueva botella de pisco.

HEMEROTECA: Xavi Ayen – Aquellos Años Del Boom

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