JE SUIS SOUVENIR

el infierno de gaalia17

Verlo en el estrado, lo confundió. A la par de la ministra, de pie y aguardando a que Steffane Carvere terminara de presentarlos.

Maestros, personal administrativo y alumnos del quinto y sexto nivel ocupaban la butaquería, atentos a las palabras de su directora.

No era para menos.

El Centro de Educación para Adultos María Curie era un importante set de televisión. Los fotógrafos y camarógrafos se posesionaron del estrado.

La ceremonia era diferida, sin cortes, en los noticieros matutinos. Algo trascendente tendría lugar.

 Lo filtró el jefe de prensa del gobierno provincial y los editores acordaron darle gran cobertura al asunto.

     Moisés Estrada respondió al saludo de sus compañeros de aula. No fue retenido por los policías uniformados, apostados en los accesos de entrada. La identidad plástica que colgaba al cuello sembró confianza.

Pudo introducirse al auditorio y desplazarse por el pasillo central y detenerse a tres metros de la ministra y sus invitados.

Destacaba el hombre de traje gris perla, zapatos relucientes Salvatore Ferragamo, y una corbata de lino, azul íñigo.

El bronceado permitía lucir sus dientes de una blancura intensa, de modelo de poster, y resaltar el verde esmeralda de sus ojos vivarachos, de cóndor.

     Catherine le murmuró al oído.

El hombre de cabello corto y trigal hizo una mueca de asentamiento. Movió la cabeza levemente hacia atrás.

La gordura de Carvere era inocultable bajo el saco marrón. Los cuatro botones negros amenazaban desprenderse.

     —La abogada Pearcen, nuestra ministra de Inmigración y Comunidades Culturales no mintió y aquí está, en nuestra modesta escuela y ante unos alumnos que aman a Quebec y buscan insertarse a su economía y cultura…

     La perorata alcanzó a escucharla  Moisés, pero fue incomprensible, no hilaba su propósito.

Las intensas luces de las lámparas y los flashazos de las cámaras fotográficas embotaron su razonamiento. Es posible que alteraran los propósitos de origen.

La presencia del hombre de traje gris lo perturbaba.

Moisés intentó reconocerlo.

Durante varias semanas, su rostro rosáceo, lampiño y sonriente no dejó de reproducirse en la pantalla del televisor, afiches  y periódicos.

Je suis souvenir.

El lema trascendía al repetirse tambien en las placas metálicas de los automóviles, camionetas, autobuses y tráileres que circulaban en Montreal.

Los patriotas alentaban al pasado con una simple leyenda.

El ex militar imaginó las expresiones de miedo de los burócratas, aposentados en el presídium, a espaldas del gran cuadro de Samuel de Champlain y la bandera de Quebec. Sangre y sesos se esparcirían al accionar su arma.

Gozo el instante.

En cincuenta años, el Centro de Educación para Adultos era un observatorio clínico de inmigrantes de recién arribo.

Un asunto de alta seguridad.

Cada alumno era estudiado como un mono o ratón de laboratorio.

Las cámaras de video, sembradas en los rincones del inmueble, grababan el comportamiento de esa masa humana, monolingüe y estresada.

La información era clasificada y analizada por un ejército de sicólogos y siquiatras, bajo la nómina del Ministerio de Defensa.

Su vigilancia permitía descubrir a posibles terroristas potenciales.

Y así proteger los valores e intereses de una sociedad vulnerada por la fe religiosa, el libre comercio y la democracia selectiva. De paso, era posible allegarse de futuros combatientes anticomunistas y antiislamitas radicales.

Moisés Estrada dejó de creer en la bonhomía del sistema que lo guareció en lengua inglesa o francesa. Su tiempo de vida había llegado al límite.

Sin Lluvia Amor y sus añoranzas latinas, la extensa patria descubierta, en 1534, por el francés Jacques Cartier se diluyó de su consciencia.

Y afloró el instinto de la bestia.

Todo apestaba.

Llegó a creer que la gente vivía encadenada al lucro y el miedo.

En realidad, los pueblos del tercer mundo, como se lo restregó Nadir Abdony, eran territorios del saqueo imperial.

Y recordó con satisfacción aquel día que quemó la bandera estadounidense frente a su embajada. Sucedió en la Ciudad de México al unirse a una protesta estudiantil.

Después, todo volvió a ser salvaje, insulso, sin propósitos claros de lucha doctrinaria.

Las apologías del marxismo terminaron en los retretes de los cuarteles. Por falta de dinero no pudo continuar su licenciatura en filosofía y letras.

Y dentro del uniforme verde-olivo descubrió que las fuerzas armadas atenuaban su rabia.

La mariguana hizo su parte. Lo mismo que el fusil metralleta, como instrumento represivo y absurdo.

 Los cadáveres de inocentes y pobres se acumularon en sus pesadillas diarias.

Lluvia Amor ofreció un poco de esperanza, aceleró su pulso y convirtió en un refugiado político de sueños libertarios e ideología de progreso.

Llegó a tocar los límites del Jardín del Edén. No tener más espacio vital que un mullido lecho donde lograba desfogar sus testículos y remordimientos.

     —Dejemos que nuestra Ministra nos dirija un mensaje de aliento —demandó la directora del plantel en tono emocionado—. La licenciada Catherine Pearcen ha hecho mucho por nuestros inmigrantes y no debemos olvidarlo… Recibámosla como se merece, por favor…

     Durante unos segundos, Catherine dudó en tomar el micrófono. El contenido de la tarjeta la paralizó. Le parecía algo sin sentido, una acción perversa, brutal.

Tienes que anunciar tu renuncia por motivos de salud o terminas en el exilio. Hay pruebas de tu participación en el asesinato de Laporte.

El hombre del traje gris observaba y gozaba, sin alterar un músculo de la cara

En esos instantes, se escuchó una detonación.

El hombre de los zapatos de carnero y corbata azul íñigo, atrapó su garganta en un vano intento de contener la sangre que brotaba a borbollones.

Y aun alcanzó a dilucidar a una azorada audiencia que lo observaba, sin entender lo que ocurría.

Catherine soltó la tarjeta y abrazó al Primer Ministro de Quebec. De rodillas y alarmada, gritó:

     —¡Geogetto..! ¡Geogetto..! ¡Geogetto..!

HEMEROTECA: PRO232

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