IMAGINE

polvos ajenosImagine.

El edificio es de tres niveles y tres departamentos. Es un cubo de ladrillo colorado con seis ventanas sin balcón y una puerta de acceso.

Radico en la planta baja, al ras de la calle. En el piso siguiente, una familia haitiana y en el ultimo, una gorda uruguaya.

Los haitianos son santeros. Y se han comprometido a revivir  muertos para la felicidad de sus deudos.

La uruguaya padece el pecado de gula. Temo que debilite el cielorraso y terminemos aplastados.

Olodumare existe y ayuda, insiste Mara, la negra de bemba y dientes anchos y calizos.

Su mayor fervor es odiar a los vivos. Sus ritos incomodan. Hay escándalo y olores fétidos. Les temo a los santeros.

La uruguaya, de Montevideo, es prostituta y católica. Se llama Carina. Nunca se despega del rosario que guarda en su bolso  de marca.

Se santigua antes de montar al cliente.

Y no hay queja de mi parte. Soy agnóstico. Dios no es mi prioridad, mientras cumpla con mi diezmo. Los sans-abri lo saben.

Si revelo estos detalles, es por un simple prurito literario.

No tengo cabida en el club de jugadores de bacará, por tener sangre quechua y acento latino.

 El Walter Higgins de La Boule Noire de George Simenon. Es mi nuevo papel, después del retiro.

Montreal no es Williamson. Sin embargo, la segregación hace de las suyas. No hay diferencia.

—Bonjour, voisin… —saluda Carina al cruzarse en mi camino.

La escalera es estrecha. Reculo al descanso para cederle el paso.

 Su gordo trasero se embarra en mi barriga y hago un esfuerzo para controlar mis esfínteres. Carina me conoce.

—Buenos días, vecina —respondo en castellano.

Mara abre la puerta y atisba. No saluda. Aprieta su bemba y nos lanza fuego por los ojos, de un negro abismal.

Ignoraba que su amante seguía en su cama, jugando Play Station.

Es quince años menor a la santera.

Un repentino recuerdo me impide continuar la marcha.

—¿Te sientes mal, vecino? —pregunta Carina.

Su cara regordeta, de madona italiana, evidencia curiosidad.

—Debo regresar a mi departamento… —acoto.

Había olvidado apagar la parrilla, donde descansaba una olla de zinc cargada de elotes. Tenía el propósito de acudir al supermarché y comprar un frasco de mayonesa y queso en polvo.

Un viejo no debe confiar en su memoria o el buen funcionamiento del corazón y la próstata.

Mi abuelo acudió a una partida de bacará y un infarto lo alejó de la familia  de por vida. La abuela lo había enviado por un kilo de garbanzos que, seis horas más tarde recibió de manos de mi tío Calixto.

—Lo siento, cuñada, se nos fue Boni…

Carina me tomó la mano y sin liberarla, exclamó:

—No necesitas guisar, Servando. Yo puedo hacerlo por ti. Me encanta la cocina.

Imagine usted cual fue mi respuesta.

HEMEROTECA: 13agostotvnotas

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