EL RUMOR DE LA LLUVIA

soledadq22

Relato II:

Yamachiche es un lodazal. No me rajo. Cruzo el bulevar Duchesne e ignoro el rumiar de los bueyes y las imprecaciones que lanza el granjero de pelo amarillo y cuero colorado.

Es un granate activo con overol y botas de minero.

Ocurrió durante el arribo.

Los quebequés de cepa son dueños de este típico poblado de casas de madera, estilo campirano.

La lluvia no los arredra. Por el contrario, los impulsa a fisgonear en los aparadores y charlar en alguna plazuela techada.

De Montreal a Yamachiche, por carretera invertimos hora y media. Lo hicimos en un descarapelado autobús foráneo ocupado de menonitas y negros de gruesa buchaca que no paraban de reír durante el trayecto.

No quisimos viajar por yate, ante el reflujo de los truenos y relámpagos.

Frambuesas y fresas cubren grandes extensiones de tierra.

El poblado, animado para ser viernes, altera el orden con sus sucias trocas y motonetas. De plácemes los chamacos, corren por las calles menos comerciales: la rue Carufel y Sainte Anne.

Los enormes arces y fresnos, arraigados en esta región, resguardan a los muertos del cementerio de Saint Georges.

Las lápidas semejan dientes careados, de mármol y cinc, desperdigados sobre unas encías terregosas, oscurecidas por la lluvia.

Jessica quiso que la acompañara.

Durante la segunda guerra mundial, su abuelo paterno murió en Alemania. Su padre quedó tullido al recibir metralla en una de las tantas batallas ocurridas en Saigón, allá por la década de los setenta.

Otra tragedia familiar la marcó, al desplomarse su marido de un noveno piso. Estaba ebrio. En agreste discusión con su amante, menor de edad, decidió saltar por la ventana del departamento y abollar el capacete de un automóvil compacto.

Davinson terminó en un cementerio de Montreal y pocos le lloraron.

Al poeta Charles-Nérée Beauchemin tuve la oportunidad de conocerlo por un polvoso libro que compré  en una tienda de Salvation Army. Pagué un dólar. Beauchemin nació en Yamachiche. Lo hizo en 1850. Fue médico, como su padre.

En uno de sus poemas, Crépuscule rustique, escribió:

La profondeur du ciel occidental s’est teinte/D’un jaune paille mûre et feuillage rouillé,/Et, tant que la lueur claire n’est pas éteinte,/Le regard qui se lève est tout émerveillé.

La profundidad del cielo occidental se tiñe/de un maduro amarillo pajizo y de follaje oxidado,/y como la luz clara no se extingue,/la mirada se levanta y es toda maravillosa.

Mi vecina no conocía la obra poética de su paisano. Recordaba su nombre por una calle de Yamachiche. La población apenas cuenta con tres mil  habitantes.

El rio San Lorenzo humedece sus tierras.

El nombre del poblado significa Riviera fangosa, de acuerdo a lo dicho por los lugareños.

Es posible.

Durante la noche bebimos aguardiente, la escuché cantar, guitarra en mano, y antes de dormir, embelesados por  el chipichipi de la lluvia, descubrimos un chimpancé de cola blanca que nos observaba desde el ramaje de un viejo nogal de hojas doradas.

Y no alucinamos.

—*—

El círculo se cierra con algunos datos vertidos por la doctora Deslanreau.

Renato prefiere ignorarla.

En veinte minutos debe recoger a su amigo frente a la plaza comercial de Jean-Talon y reunirse con María José y Lola Canseco en la cafetería de Saint-Zotique Oest.

En esta ocasión, le fue negado el acceso a la habitación de Obdulia. Prefirió aislarse y tragarse un par de somníferos, en su vano intento de evadir su contacto con el mundo.

Renato comprendió su proceder.

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