UN SOLO SER

portsoynorma24

La casa tenia de una recámara, un baño con azulejos floreados y un amplio salón de estar con dos largos ventanales que daban a una calle estrecha y pedregosa.

El hogar ideal para una mujer marcada por la orfandad, la soledad y el desamor.

Todo sería distinto para Norma Luisa. Lo quiso creer. Hasta acudió a la iglesia de la virgen de Nuestra Señora de Lourdes para agradecer el hecho que le alegraba el alma.

Al despedirse, Emma le recordó un breve texto del Nuevo Testamento: el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo ser.

—Lo mismo ocurre con la mujer, hija —dijo su madre de crianza y recomendó—: Si realmente quieres encontrar la felicidad de un hogar, no pelees con tu marido, ni lo celes con demasía porque el hombre se cansa de una esposa posesiva, irascible y celosa… Debes respetarlo y escucharlo.

Lo mismo dijo doña Carmen al recibirla como nueva  integrante de su clan. Se comprometió a darle apoyo económico para que rentar una casa con traspatio. Todos los muebles serian nuevos y ella los pagaría.

—No quiero que sufra mi Consuelito Ernestina del Carmen… —repetía  y agregaba con voz melosa—: Porque Consuelito es la única hija de mi único hijo y merece todo.

Y por ellos, doña Carmen se dio a la tarea de buscar un inmueble cercano a su casa.

En la página de clasificados del periódico El Mercurio, logró obtener una dirección, a escasas seis manzanas de su casa.

Habló personalmente con el propietario de una casa construida en la calle Fuentecilla y la avenida Almirante Wilkilson. Ocurrió a finales de octubre de 1952, tres días después de que Consuelo celebrara su segundo año de vida.

Doña Carmen le pidió a Norma Luisa que preparara una cena y ella pondría la torta y los regalos.

—Muchas gracias suegra, por ayudarnos a estar juntos… —Norma Luisa abrazó a la mujer y el llanto fue abundante.

—¡Ay muchacha!, cuánto quisiera que Manuel Ernesto ya sentara cabeza y sea un hombre de bien… —los ojos de la mujer se anegaron de lágrimas.

Consuelo las observaba desde el sillón recién comprado sin dejar de comer sus galletas de chocolate. Su padre continuaba en el baño, duchándose.

Doña Carmen se sobrepuso y cariñosamente sugirió:

—Vamos, vamos Normita, nada de chilladeras, vamos a preparar la mesa, porque no tarda en venir mi marido…

Aguardaban en la cocina las churrascas y el pavo relleno de tocino, patatas, espinacas y jamón serrano. La estufa de cuatro quemadores  —llamada por los chilenos cocina— funcionaba con gas. Un día antes había sido instalada por personal de la mueblería La Chilquinta, de la avenida Francia.

Manuel Ernesto salió del baño en calzoncillos, con una toalla cubriéndole la espalda.

Norma Luisa había colocado una muda de ropa en la cama.

El orden y la limpieza resaltaban en la recámara.

Después de vestirse y calzarse, Manuel Ernesto encendió la radio y aún continuaba el noticiero de las siete.

El tema de la tuberculosis era abordado por el conductor. Por ignorancia y falta de vacunas, en la década de los cuarenta habían fallecido más de doscientos mil chilenos. Un alto porcentaje fueron niños y ancianos.

Norma Luisa recordó la noticia, ante la insistencia de Emma y Guillermo de hacerla comer hígado de res para prevenir cualquier contagio de tuberculosis.

Según los Shaw, el hígado de res contenía grandes cantidades de hierro y proteína.

Norma Luisa siempre  vivió con temor de que ella o uno de sus hijos muriera de tuberculosis.

En los años veinte, Emma vivió de cerca la tragedia en el hospital donde laboraba, al atender en Valparaíso a personas pobres que, ante la inexistencia de una vacuna, murieron por el bacilo de Koch.

Norma Luisa impidió que su suegra sirviera los alimentos. Le pidió que acompañara a su hijo y nieta en la mesa, mientras ella los atendía.

Era una modesta manera de pagarle aquel hecho que le inyectaba gratitud y felicidad.

Desde la estufa pudo escuchar la plática y los gritos de alegría de Consuelo.

El tema del momento eran las constantes movilizaciones obreras, principalmente del sindicato minero, controlado por el Partido Comunista, y el triunfo electoral de Carlos Ibáñez, El Caballo.

La derrota política de Arturo Matte provocó protestas callejeras.

El candidato del Frente Nacional del Pueblo, senador Salvador Allende, diariamente denunciaba por la radio el robo de urnas en Valparaíso y la intimidación que enfrentaron miles de sus seguidores.

Por primera vez, el 4 de septiembre, Norma Luisa sufragó en San Francisco de Limache. Lo hizo por el médico cirujano.

El Gringuito le comentó que Allende era el más indicado para sacar del atraso económico a los chilenos, castigados por el desempleo y el hambre.

Uno de cada tres niños iban a la escuela y el sistema de salud pública no llegaba a las comunidades rurales.

Por tal razón, miles de campesinos abandonaban su lugar de origen y se establecían en pocilgas miserables de Santiago y Valparaíso.

Durante la cena, Manuel Ernesto informó que dejaría el trabajo en los astilleros del Ministerio de Guerra y Marina. El sindicato ferrocarrilero lo había aceptado como electricista.

Durante la noche tendría que presentarse en las oficinas del comité ejecutivo. Era posible que retornara después de las dos de la mañana.

—Si veo que la asamblea se alarga, mejor me quedo a dormir con Paco Leyva o en la casa de Frida, mamá.

—A mí ya no me digas lo que vos vas a hacer, hijo  —aclaró su madre—. Recuerda que ahora tienes una esposa y es a ella a quien tienes que informarle…

Norma Luisa inclinó la cabeza y le dio un beso en la frente a Consuelo que dormía en sus brazos.

Los cuatro continuaban en la mesa. Eran casi las nueve de la noche.

—¿Y vos qué opinas? —preguntó Manuel Ernesto al tiempo de acariciarle el mentón a su esposa.

Norma Luisa no respondió. Doña Carmen lo hizo por ella,  en tono severo.

—Vete, vete, hijo. Son cosas del trabajo… Normita ya se irá acostumbrando de tus constantes ausencias… Solo cuídate y aléjate de las guarras y la chupilca del diablo

El padrastro de Manuel Ernesto estuvo ausente en la cena. Seria hasta la mañana siguiente que Norma Luisa se enteraría, por boca de su suegra, que fueron acuartelados todos los chef del Ministerio de Guerra y Marina.

La causa: preparar los alimentos para una gran comilona que el presidente González Videla le organizó a los ochenta y dos embajadores asentados en Santiago.

En la cena agradecería el apoyo recibido de los diplomáticos y sus gobiernos.

El 3 de noviembre entregaría la banda presidencial y la recibiría su tenaz adversario político: el general Carlos Ibáñez, El Caballo.

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