LA FERME

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Durante el trayecto, Narguiles me advirtió sobre lo que encontraría en la granja o ferme, como en lo sucesivo la llamó:

—El hijo del patrón es un quebequés patriota y entiende y habla español.

—Castellano, cuque —precisé.

—¡Qué cholero! ¿Desde cuando te importa el amansa burros? Veeeenadshio…

Callé.

El hacer sorna con mi nombre no era algo novedoso. Dejó de molestarme o preocuparme.

En Guatemala y México enfrenté la misma puya. En algunas ocasiones cobré a puñetazos la afrenta.

Venancio era sinónimo de gachupín iletrado, un personaje de cuentos de cantina.

Narguiles continuó hablando:

—Los Poirier son muy patriotas y rechazan a los ingleses… Es interesante lo que en la ferme vas a encontrar. Según ellos, Quebec es un país y no una provincia y así debe ser tratada. Por eso aquí todo mundo habla francés y muy pocos utilizan el inglés para comunicarse…

La autopista de cuatro carriles era aluzada repetitivamente por las farolas de los automotores.

Recién habíamos abandonado la isla y cruzado el río San Lorenzo, por el puente Champlain.

El alba estaba próxima. En cualquier momento un ramalazo áureo encendería los valles y construcciones.

Una hora antes, Narguiles me recogió en su Van, frente a mi departamento. Desayunamos café y un par de huevos revueltos en un restaurante de paso, a la salida de Montreal. Tuve que meterme al sanitario para beber aguardiente y contrarrestar la resaca.

El ánfora, regalo de Susana, seria de mucha ayuda durante las duras jornadas de trabajo que me aguardaban.

—Es tu pequeña cava —me dijo—, utilízala para tus salidas emergentes y prolongadas.

—Ellos te van a pagar y en tres días te regresan a Montreal, hasta tu maison…—me informó Narguiles.

Su barba era muy parecida a la mía, por la falta de rastra.

Lo mismo la melena, grisácea y ulótrica, de hippy sesentero.

–Me dijiste que solo trabajaría dos días…

—Si, dos días… pero tu regreso será al tercero, en la madrugada. Los miércoles, recogen a un especialista de infertilidad que revisa los animales que pueden ser fecundados por inseminación artificial…

Nuestro arribo a la granja, cercana a la ciudad de Pierreville, ocurrió a las siete de la mañana, bajo una descarada luz matinal.

Habíamos recorrido, sin contratiempos, los ciento cuarenta kilómetros de la autoruta del acero, la número 30. Solo una escala en el comedero de traileros.

El lugar era plano, con parcelas rectangulares en torno a una docena de galpones y casas de tabicón y madera con techos de laja roja. Al fondo, sobresalían cinco gigantescos silos cilíndricos, de acero inoxidable. En ellos almacenaban los granos y la paja triturada para alimentar a las vacas.

Dos hombretones rubios, en overol, cachucha de beisbolista y botas negras de hule, salieron de un galpón. Por teléfono, Narguiles les notificó de nuestra presencia.

El conocido bonjour y la expresión francesa ¿ça va bien? resonaron al estrecharnos las manos.

—¿Est-ce que vous parlez français? —me preguntó el menos lonjudo y con barba insípida y dorada.

Narguiles salió al quite.

—Mon ami tout juste d’arriver au Québec, mais apprendra bientôt…

—Es un hombre fuerte, es lo que importa —contestó, en perfecto castellano, Jean-Michel, hijo del propietario. Era un símil de ogro irlandés, enorme y pesado—. Aquí no se habla mucho, pero se trabaja mucho. Cada dólar tenemos que ganarlo con sudor, amigo mexicano.

—Soy guatemalteco…

—Bien, amigo guatemalteco —rectificó el junior treintañero—. Por lo pronto, vamos a almorzar y si ya lo hicieron, nos acompañan con un café para explicarle al amigo guatemalteco cuál será su tarea. Éponge es mi cuñado, es su sobrenombre  —señaló a su acompañante— y el chingado no quiere aprender español, así que tendrás que aprender algunas cosas con solo observarlo. ¿Ça va, amigo?

—Ça va —respondí en automático.

Lisandra fue quien me enseñó a usar ambas expresiones, muy útiles durante el saludo: la pregunta, ¿Ça va, bien? (¿Estás bien?) y la respuesta, Ça va (Estoy bien o está bien).

Importante precisarlo, porque en Quebec era obligatorio ir asimilando el lenguaje de su gente para no terminar en el limbo de los sordomudos esquizofrénicos.

A partir de ese momento, sin la presencia del hijo e puta de Narguiles y quien recibió cincuenta dólares por llevarme, fui rehén de trescientas vacas Holstein de seiscientos kilos de peso por cabeza.

Durante el día, de las nueve de la mañana a las once de la noche, palié bosta, cepillé una treintena de vacas, fumigué sus pezuñas, lavé los pasillos de cemento de las corraletas a manguerazos y escobetazos y engrasé los engranajes de una máquina trituradora y alimentadora de paja y maíz.

Tuve dos cortos respiros: uno para comer y otro para cenar.

Después de la joda, me metieron en una covacha despintada, sin ventana, y con un sucio camastro, aluzado por una lámpara de buró.

Éponge me llevó una media botella de vino de ciruela, elaborado por su hermana. Señaló el reloj despertador para recordarme que, al repicar, tendría que levantarme y repetir la faena.

En esta ocasión también ordeñaría.

Durante la noche, el agotamiento impidió que soñara y evocara el peregrinaje de un hombre mascado de la vida: el auténtico pirujo y bolo forjado a cachimbazos; siempre sumergido en los bochinches de la sobrevivencia, sin encontrar jamás el puerto de atraque y la felicidad plena de existir.

Un ahorcado de la fatalidad con el corazón blanco y la sangre negra, como los antiguos náufragos europeos enfermos de escorbuto.

HEMEROTECA: PRO233

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