HERALDO DEL PECADO

portada en la entrana del castorUna bella mariposa entró a mi habitación. Tiene las piernas largas y los pies desnudos.

Huele a Chanel 5.

Bajo el camisón oscuro, de seda calada, hay piel rosácea, táctil y besable.

Camille cobra por hora y no es la misma, sufre.

—¿Algún problema? —escarbo por complacerla.

—Muchos y estúpidos…

—¿Por órdenes de la agencia?

—No… Tuve una discusión con el padre de mis hijos…

Camille ha aceptado una copa de vino tinto y prefiere quedar en cueros. Me lo dice:

—En tu departamento me siento libre… Espero no te molestes…

—Qué bah, por el contrario…

Me facilita las cosas, deduzco.

Y secundo su iniciativa.

Quedó en cueros.

—o—

El día es caliente. La ciudad tiene movimiento. Y hay verdor hasta en las banquetas. Me sorprende.

Es viernes.

La fiesta finsemanera toma el control de la rutina.

Montreal repta en medio de sus ríos y gatos maulladores.

Lo de siempre.

Camille es mi preferida. Tiene un gusto sorprendente por la poesía.

Paul Marie Lapontie es de los suyos.

El poeta dejó de respirar en agosto de 2011. Y tuvo suerte. Lo hizo en el hospital Mont Sinaí, de capital judío.

Camille asistió a sus exequias.

—Llegué a conocerlo —me dice.

Y al repetirlo, no dejo de mirar el grosor de sus labios y la tesitura de esa piel fresca, tibia, que despierta urgencias confundidas.

Y declama en voz rítmica, cadenciosa, atrayente…

—Un bosque más frondoso en el linde de mi boca/y que tu cuerpo no lo atraviesa/y cazo/a la mitad del otoño donde las codornices/más húmedas que el rocío baten las alas/y me ensombrecen…

¡En la madre!, me escandalizo sin abrir la boca.

Hermosa manera de sentir con los diecisiete músculos de la lengua la salinidad del mar uterino.

Y el muy cabrón tuvo la desfachatez de llamar al portento discursivo Travesía de las hojas. Viaje lingual, único.

Camille me permite recrear en imágenes poéticas la rutina del solitario.

Lapointe era periodista. Ahí halló la cantera del lenguaje, su vocación por la literatura.

Lo aprendí de ella.

—o—

—Quiere reiniciar la lucha legal por la custodia de mi hijo pequeño… No tiene perdón de Dios, este desgraciado…

—¿Por qué no me lo habías comentado?

—Eres un cliente… o eras…

—¿Que soy entonces ahora?

—Alguien de confianza… A quien puedo hablar sin que me pida nada a cambio, ni las nalgas…

Sus palabras me halagan.

Y nos catapultan a una realidad tangible. La soledad se vuelve aliada del silencio compartido.

En el exilio la marcha es una mercancía. Todo se vende y compra.

Hasta los centros comunitarios terminan siendo cabezas de playa de la traición y el engaño.

Profesionistas del destierro e ignorancia se disfrazan de sicarios de su propio origen.

Los imagino en el país de sus padres intentando complacerlos con dinero podrido.

Leo:

Chaque jour une terre assassinée ensevelit ses hommes soleil tonitruant/jaloux des espèces différentes/ et du tournoiement des veuves faibles/chaque jour une planète quelconque/en février surtout mois de longue année/pousse jusqu’à moi ses cendres/ma ville est alarmée/et l’oasis toujours/d’une dure intransigeance/ sème la calamité de ses pierres aux tendres feuilles /contre le miel/contre la douceur de chavirer dans l’heure/ l’ange du désespoir le plus rude…

No intento darle sentido público. Ahí está, bajo el yugo de una lengua lejana, la de Camille.

Huele a sexo.

Y me ausento quince minutos.

Dejó encendido el televisor.

Las noticias están por iniciarse. Camille lo agradece. Ama compartir cualquier espacio de libertad.

Y repito en castellano:

Cada día, una tierra asesinada y entierra a sus hombres, de sol tronante /celosos de las diferentes especies /y el torbellino de las viudas débiles. / Cada día un planeta cualquiera/en febrero, especialmente un mes de año largo,/me arroja sus cenizas./Mi ciudad está alarmada/y el oasis siempre/de una intransigencia dura/siembra la calamidad de sus piedras con las hojas tiernas/contra la miel/contra la dulzura de zozobrar en la hora:/el ángel de la desesperación es más brutal…

—o—

—¿Algo en especial?

—No, lo de siempre… Tu elige, por favor…

—No cambias…

—No cambiamos…

—Contigo el vino español tiene sentido…

—Siempre supuse que la cerveza…

Camille esboza una sonrisa.

Nunca ha tenido gusto por la cerveza, menos la alemana.

En cinco años hemos aprendido a construir nuestro propio idioma. Nos ausentamos dieciocho meses por su embarazo.

No fue fácil.

Durante el verano, cuando ella tenía la respuesta a sus dudas, evitó convertir su cuerpo en el mapamundi de mis perversiones.

Hizo de su retaguardia su mejor reducto de guerra y de la boca, un heraldo del pecado.

—o—

Mientras me desplazaba hacia el depanneur del chino Chang Ming pensaba en el trabajo.

No es fácil descargar camiones y evadir mis dolencias de espalda.

El Caterpillar se accionaba después de colocar las cajas de calzado sobre las tarimas.

Camille es un aliciente: el analgésico perfecto.

Burda tontería. Bajo el azote de la rutina desgastante, tiene un significado especial.

Lapointe lo sabría mejor que yo.

—Imposible vivir en paz y con un hombre tan obsesionado con lo que ahora soy… Antes jamás se fijaba en mi cuerpo… —Camille rellena su copa por cuarta vez–. El volverme una puta despertó sus ansias de vida… Y no de esposo y padre… Te juro que no lo entiendo…

Sus palabras me navajean.

El tiempo es pagable, una propia verdad y no mutua.

Tenemos los espacios alquilables.

Y como ocurre con el chino, siempre tan hosco, la paga es puntual y exacta.

Ni un centavo menos o más.

Camille piensa diferente al estar a mi lado.

—Hoy pasaré la noche contigo —dice en el preciso momento que arrojo las llaves del auto al cesto de mimbre.

Y recita un fragmento de algún poema de su poeta predilecto. Lo hace en castellano:

Los cráteres estallan/ gritos de huevo/ madre del polvo/ el ganso viene de los Andes a pesar del radar…

Y sus piernas empiezan a reptar por mis costados: es el vuelo de la mariposa monarca…

HEMEROTECA: revista sobre cine comercial

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