COSETTE

portsoynorma25

Mi paso por Valparaíso fue gratificante. Ahí parí tres hijos, después de Consuelo.

Puedo asegurar que saqué adelante mi matrimonio. Manuel Ernesto hizo su parte como un marido responsable y tolerante.

Los siete años de permanencia en el puerto, impregnado de yodo y eucalipto, me enseñaron a construir una familia y olvidar mi pasado de orfandad.

Mi suegra Carmen y mi madre de crianza, Emma, estuvieron pendientes de nuestras necesidades.

Consuelo, como cabeza de una nueva generación de descendientes de los Avilés-González, fue protegida y amada por sus abuelas y abuelos.

Su padre no se sustrajo a ese sentimiento.

Después de retornar del trabajo, cuidaba y paseaba a Consuelo, antes de llevarla a su cama.

Valparaíso continuaba bajo el amago de los sindicatos obreros, agremiados en la Central Única de Trabajadores, la CUT.  Encabezó grandes movilizaciones populares en las principales avenidas y plazas.

Su dirigente, Clotario Blest —de origen irlandés—, conocía la vocación represiva del presidente  Carlos Ibáñez. Por ese propósito, impulsó su creación y propuso la toma de lugares públicos, como único medio pacifico para obligar al gobierno del Caballo y al Congreso a legislar a favor de la clase trabajadora y echar abajo la Ley Maldita que había convertido en proscritos a los comunistas o adversarios de la oligarquía chilena.

Mi marido, como parte del sindicato ferrocarrilero, se entusiasmó con el surgimiento de la CUT. Participaba los fines de semana en las protestas y el reparto de propaganda.

De 1952 a 1958, durante nuestra estancia en el cerro Barón, desfilaron  —en las tres casas que habitamos— algunos dirigentes obreros. En sus encuentros discutían acaloradamente los asuntos gremiales y políticos. La mayoría simpatizaba con el Partido Socialista y el senador por Antofagasta y Tarapacá, Salvador Allende.

Yo los escuchaba sin abrir la boca. Los veía consumir las botellas de vino, pisco y coñac, y picotear las botanas de queso manchego y jamón que les proporcionaba.

Los delegados sindicales llevaban el alcohol y los alimentos.

Manuel Ernesto les ofrecía nuestra casa. Las discusiones eran acaloradas.

Mi suegra se molestaba. Temía que los vecinos nos denunciaran e hicieran acto de presencia los carabineros. Podrían acusarnos de sedición.

El Caballo Ibáñez tenía fama de intolerante ante la protesta obrera antigobiernista.

—No pasa nada, mamá  —la tranquilizaba mi marido—, si nosotros no estamos en contra el gobierno, sino solo buscamos reformar las leyes para obtener mejores beneficios salariales como clase trabajadora.

Mi simpatía por Salvador Allende se hizo mayor al conocerlo. Ocurrió, en noviembre de 1954, durante el embarazo de mi segundo hijo.

Me dirigía a la casa de mi suegra, establecida en la Donatello.  Antes de cruzar la calle Almirante Wilkilson observé una muchedumbre rodeando a un hombre delgado, de lentes y bigote plateado. Vestía de manera elegante: traje oscuro, camisa alba impecable y corbata roja, retenida con un alfiler de cabeza dorada. Era Salvador Allende.

Frisaba los cuarenta y cuatro años de edad. Lo invitó el representante del Partido Socialista en el cerro Barón. Allende demandaba nuestro apoyo para impulsar el registro del senador como futuro precandidato a la presidencia de la república.

Me detuve a escuchar el discurso del senador. Sin levantar la voz denunció el calvario en que vivían miles de niños huérfanos que deambulaban descalzos y hambrientos por las calles de Valparaíso y Santiago. Y culpaba de esa tragedia social a las políticas anti obreristas y pro oligarcas del gobierno de Ibáñez del Campo.

—Hay desempleo y miseria —exclamó— y los jornaleros del campo abandonan sus tierras para intentar sobrevivir en las grandes ciudades. Esto ha creado hacinamientos en los cerros y en los lechos del rio Mapocho, porque nada se hace para mejorar las condiciones de vida de los agricultores. Sobreviven en miserables chabolas sin ningún servicio. La mayoría de esa gente fue despojada de sus tierras por los banqueros y terratenientes y entregadas al capital extranjero.

Después de hablar sin ser interrumpido, se despidió de mano. Fui una de las agraciadas de sentir su fraterno y cálido afecto. En ese instante se había ganado mi simpatía y lealtad.

Por la noche se lo comenté a mi marido. Recuerdo que su respuesta fue alentadora: tarde o temprano, Salvador Allende seria presidente de la república de Chile.

Mi hijo Víctor Hugo nació el 16 de abril de 1955, un sábado cálido.

El parto tuvo lugar en el hospital Carlos Van Buren de la avenida Argentina, a veinte minutos en microbús de mi domicilio.

Su presencia trajo la alegría de sus abuelas, el Gringuito y el chef de la zona naval.  Estuvieron atentos de mi recuperación. Había sufrido desgarres vaginales y tuve que ser suturada.

Sin dudar un momento, el nombre del recién nacido lo decidí al recordar una novela que, una semana antes había releído: Los Miserables de Víctor Hugo.

La magistral obra de cinco tomos me había conmovido y la recuperé por medio del Gringuito.

 En una de sus visitas me dijo:

—Ten hija, hija, encontré esta novela que te regalé hace cinco años y que tanto te entusiasmó.

En realidad, la novela hizo que me identificara a una de las protagonistas, hija de una prostituta en desgracia: Cosette.

La niña, en la orfandad fue protegida y educada por Jean Valjean, un ex presidiario que huyó de prisión al ser condenado a cinco años de cárcel por robarse una pieza de pan para alimentar a su hermana y sobrinos.

Por tres intentos de fuga su condena se alargó a diecinueve años. En libertad, cambió de nombre e hizo fortuna. Su nobleza y honradez le permitieron ser electo alcalde de la ciudad de Montreuil-sur-Mer.

Sin embargo, es perseguido con ferocidad por un incorruptible inspector de policía: Javert.

Manuel Ernesto no cuestionó mi decisión de llamar Víctor Hugo a nuestro hijo. Por el contrario, lo motivé a leer la novela.  Lo hizo durante varias noches.

Cuando en 1959 se estrenó la película en Valparaíso, fuimos a verla. Lloré mucho al revivir, a través del actor Jean Gabin, la trágica experiencia del ex presidiario Valjean.

Cosette fue interpretada, en edad adulta, por  la actriz Béatrice Altariba.

Cosette era símbolo de la redención y la esperanza.

VIDEOTECA:

HEMEROTECA: Los Miserables – Victor Hugo

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