EL DILEMA

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¿Y?

Un dilema.

Ni  amigos, familia o amores de paso. Huérfano de pe a pa.

Por el contrario, metido en tierra hostil.

¡Ay Chihuahua, cuanto apache!

Desde el momento de abandonar la cama —bajo el ronroneo molesto del refrigerador—, hasta la media noche, mi mente trabajaba sin descanso.

Por turno, redactaba cuatro o cinco notas y una crónica.

Y de paso, reporteaba para trabajar algún tema de mayor calado: el reportaje.

Dormía cuatro horas diarias.

El alcohol me ayudaba a mitigar mis aprensiones.

V dejaba en manos de L el control de mi trabajo.

—No nos interesan las crónicas —me aclaró el jefe de Información—, Concéntrate en la información diaria, en la nota dura.

Yo me rebelaba.

Insistía en explotar la crónica, como simple ejercicio literario.

En el Cereso era posible encontrar hechos que era imposible quemar en una simple nota informativa.

Por ejemplo, uno de los internos, apodado El Perro, enfrentaba su condena apandado. No le permitían mezclarse con los reos. Su ferocidad era letal.  Había matado a tres internos con sus puños.

—¿Quiere una historia de las buenas, señor Monroy? —me ofreció el subdirector del penal.

—¿De qué se trata, profesor?

—Tenemos un interno que en la administración pasada fue utilizado en una apuesta millonaria. ¿Le interesa conocerlo?

—Desde luego, profesor…

—Déjeme preguntarle si quiere tener un encuentro con usted.

La entrevista se materializó.

—Hecho, señor Monroy —me confirmó por teléfono el funcionario—. Lo espera el sábado (27 de julio). En el momento que usted se presente, ya le giré órdenes al jefe de celadores para que lo traslade al cubículo de los abogados…

El mismo día, el Arre Machos captó en su radio-escáner un reporte policiaco. En una acequia, ubicada en la parte sur de la ciudad, fue hallado un cadáver dentro de un tambo de doscientos litros.

En cuarenta minutos arribamos al lugar.

Nos saludaron tres elementos de la policía judicial, dos peritos forenses y varios reporteros. Del tambo sobresalía un pie femenino, pálido y con las uñas cubiertas de esmalte rojo.

El tambo fue vaciado con antelación.

Únicamente seguían intactos un pie, parte del tobillo y dos implantes mamarios de plástico. Por estos, la policía obtuvo el nombre y la dirección de la víctima: una bella bailarina y administradora de un centro nocturno.

El hecho me impactó.

Escribí la nota informativa y una crónica. En la segunda, reconstruí a detalle el comportamiento asumido por el personal forense y la policía judicial; el cómo cinco niños descubrieron el tambo y miraron en su interior y los datos personales de la stripper.

En los implantes, el médico cirujano grabó el nombre, apellidos y dirección de su cliente.

La mujer, de 28 años, fue levantada por un comando de sicarios en su departamento. Su hija de seis años, sobrevivió al esconderse bajo el fregadero. La Procuraduría General de Justicia tenía el reporte de su secuestro, ocurrido dos días antes.

En el Cereso, el jefe de celadores me hizo una confidencia:

—Era la morra de un cabecilla de una banda de robacoches. El bato está aquí… Ya se enteró de lo que le hicieron a su esposa y se dobló: lloró toda la noche…

El reo no quiso ser entrevistado.

Por ser fin de semana, L descansó y su sustituto no arrojó mi crónica al cesto de la basura. La sección policiaca necesitaba material de relleno. Mi trabajo cumplió su cometido.

El propietario del periódico, Rodríguez Borunda leyó la crónica. Y desde ese momento ordenó que se permitiera publicar mis crónicas.

L tuvo que morderse un guevo.

Durante dos semanas, L destruyó mis crónicas, pensando que cedería.

Pero porfié en mi cometido y logré incursionar en un género periodístico ajeno a la nota dura y la rutina laboral.

El asunto de los robacoches llamó mi atención. De enero a julio, tres mil 733 automóviles fueron robados, según reporte policiaco. La mayoría terminaba en algunos de los 251 yonkes o deshuesaderos de Ciudad Juárez.

Otros, principalmente los deportivos o europeos, de importación, eran vendidos en Centro y Sudamérica.

El coordinador de policías del estado, Jorge Ostos Castillo, aseguró que el ilegal negocio generaba ingresos mensuales de un millón a millón y medio de dólares.

En un yonke de la colonia Altavista —llamado Carolinas—, encontraron accesorios de una camioneta robada el 9 de julio. Y los agentes asignados al caso protegían a los ladrones, de acuerdo a una denuncia presentada por el afectado.

Mi contacto en la policía judicial me contactó con un ladrón de  automóviles. Le apodaban El Neto. Lo entrevisté. El Arre Machos le tomó la gráfica de espaldas.

El  viernes 1 de agosto, el Diario publicó la entrevista. Lo intituló:

DESARMAR UN CARRO EN 3 HORAS

El Neto, especialista en deshuesar vehículos de todas marcas, modelos y colores, tiene remordimientos y los expone:

—Hay trocas del año, muy bonitas, que uno quisiera lucir, pero tengo que pasarles soplete y eso me duele.

Y es que El Neto, de 24 años de edad, es un especialista en desarmar autos y camionetas para alimentar a refaccionarias, yonkes o a particulares que lo conocen y solicitan autopartes para sus vehículos.

El Neto es vecino de la colonia Fronteriza Alta. Hace cinco años aprendió mecánica automotriz y descubrió que el verdadero negocio estaba en deshuesar autos robados.

—En tres horas me puedo llevar entre cien a doscientos dólares, mientras que a mi ayudante le consigo unos 50 dólares, sin necesidad de dar la cara —explica.

El Neto asegura que los robacoches son quienes solicitan sus servicios. Previo pago de 100 dólares hace su chamba.

Trabaja en diferentes colonias y en un local resguardado por los ladrones.  Y lo hacen con la complicidad de sus vecinos.

—El dinero del local rentado lo pagan quienes contratan mis servicios  —abunda—. Yo empiezo el jale a la medianoche y a más tardar a las tres o cuatro de la mañana van a recoger las partes en una o dos trocas.

Desmantela dos autos por semana.

En el negocio se involucran entre veinte a treinta personas.

En tres ocasiones ha sido detenido por la  policía preventiva. No por robo de automóviles, sino por escandalizar borracho en vía pública. Es afín a la marihuana.

El Neto está casado y tiene dos hijos, menores de cuatro años.

Un integrante de la banda Los Timbiriches, amigo de El Neto, interviene en la entrevista.

—Para un especialista el robo debe realizarse en menos de una orinada. Es el mismo tiempo que invierte una anciana en abrir la portezuela…

Y agrega:

—En los instantes que el dueño se den cuenta del robo, su troca ya debe haber recorrido una cuadra…

Los delincuentes radican en la colonia Puerto La Paz. El Timbiriche ha estado en dos ocasiones en el Cereso.

Sin embargo, aclara:

—Cada banda tiene su forma de operar. El secreto del robo está en conocer  a fondo los sistemas de alarma y de arranque.

Y da ejemplos:

—Los muebles de la Chevrolet y GMC son los más cabrones de hurtar. Aun así, al no girar el switch de arranque, le damos en la madre a la funda del volante y ponemos en directo la marcha. Esta maniobra la realizamos en menos de diez segundos.

El Neto afirma que existen tres tipos de sistemas de alarma.

—Los sistemas de alarma son tres hasta el momento —detalla—: por sensor, de llave directa y el que controlan las agencias especializadas y que tienen un cerebro electrónico.

Y abunda:

—El sensor, activado desde el exterior por un interruptor de mano que, comúnmente se trae en los bolsillos junto a las llaves, lo inmovilizamos con un simple corto circuito provocado en la parte baja del auto con ayuda de un desarmador largo.

En el caso de la alarma de llave, rompemos el vidrio lateral o lo bajamos con una herramienta especial. Por ahí nos metemos sin tocar la puerta lateral, sobre todo del lado del piloto.

Y por lo que corresponde a la alarma con cerebro electrónico, sólo cortamos los cables de las torretas que sirven de bocinas y aunque suene ese artefacto, nadie podrá escucharlo.

El Timbiriche asegura que los bastones de acero, muy de moda entre los juarenses por ser lo más barato, se destruyen fácilmente con un baño de helio.

—Al congelarse los pulverizamos con la ayuda de un martillo.

Y en tono socarrón cuenta que sus compañeros de oficio rivalizan para cometer el robo.

—Medimos el tiempo al orinar y ver si nuestro rival, en ese tiempo, logra robarse el mueble sin dañarlo.

Y existe otra medición:

El hurto debe realizarse en menos tiempo del que utiliza una persona mayor de 60 años en abrir la portezuela de su auto.

El Neto suelta otro dato revelador:

El trasfondo de todo, no nos hagamos bueyes, es la corrupción que impera en las corporaciones policiacas.

Nosotros jalamos, si la autoridad se hace de la vista gorda.

Los policías nos controlan.

Nunca molestan a los compradores que se mueven en yonkes o en las agencias de ventas de vehículos del país.

La gente poderosa se hace de ellos, sin necesidad de pagar su verdadero costo.

Usted dice que un promedio de 17 a 20 muebles se pierden en un día en Ciudad Juárez. De ser así, diez deben ser de marcas comerciales para introducirse sin sospecha en el mercado nacional; tres terminan en la mansión de algún policía o político y los restantes entran a los yonkes.

Son investigados por la policía judicial, parte de los 251 yonkes registrados en la Dirección de Ingresos de la Tesorería Municipal. Principalmente los establecimientos de la carretera a Casas Grandes; las avenidas 16 de Septiembre, Matamoros, Carlos Amaya, en la curva de la cementera y en las colonias Chaveña, México 68, Tierra y Libertad y Altavista.

—o—

El reportaje fue enriquecido con un recuadro de mi autoría. Se trataba de la relación existente entre yonkeros, policías y ladrones.

Escribí:

Un caso reciente evidenció la complicidad existente entre policías judiciales, ladrones y propietarios de algunos yonkes. Ocurrió el martes 9 de julio de este año.

Ese día, a las 12: 30 horas, Claudia Ivonne Romero Espino fue víctima del robo su camioneta Pick up Chevrolet, placas ZTT 9793 de color azul marino.

El vehículo estaba estacionado frente a la escuela Cultural, en la calle Saltillo de la Raza.

Su padre, don Candelario Romero Ramos presentó la denuncia ante la Procuraduría General de Justicia y fue canalizada al grupo de vehículos robados.

Los agentes Francisco Javier Ruiz Guillén y Rosalío Rodríguez Dorado,  de la unidad 416, fueron comisionados para realizar las investigaciones.

La afectada tiene su domicilio en la calle Francisco Zarco 4370 de la colonia Nogales,

Romero Ramos, con ayuda de parientes y amigos, distribuyó volantes con la fotografía de su camioneta, dirección y dos números de teléfonos.

En 1989, pagó por el vehículo 20 mil dólares a través de un financiamiento bancario.

El martes 16 de julio, una llamada telefónica anónima, despertó al afectado. Una voz de hombre le informó que partes de su camioneta se encontraban en un yonke llamado Carolinas, ubicado en la calle Matamoros 5100 de la colonia Altavista.

El propietario del negocio se llamaba David Jáuregui y su número telefónico era el 14 42 86.

El mismo día, Romero Ramos acudió al lugar e identificó el cofre, dos defensas y dos fenders de su vehículo.

De inmediato pidió auxilio de la policía judicial. Los agentes Ruiz Guillén y Rodríguez Dorado hicieron acto de presencia en el yonke.

El dueño del yonke,  David Jáuregui informó que los accesorios los tomó a cambio de un motor que le adeudaban dos jóvenes vecinos de la Estación Delicias.

El yonkero, entrevistado por el Diario, afirmó que los agentes tuvieron conocimiento del hecho.

Sin embargo, jamás fue molestado.

Ruiz Guillén y Rodríguez Dorado visten costosas botas de avestruz y pantalones Levis. Cuestionados por el reportero, aseguraron molestos que enfrentan un problema de sobrecarga de trabajo.

—Cada mes recibimos un promedio de 75 investigaciones por robo de autos —acota Rodríguez Dorado.

Sin embargo, lo desmiente su superior, Luis Alonso Cárdenas.

—En estos momentos les asignamos los casos que están al alcance de su tiempo y capacidad de trabajo…

Y otra perla:

En administraciones pasadas, Los Timbiriches —integrada por seis jóvenes— eran citados en hoteles de Ciudad Juárez por policías judiciales federales.

Bajo amenazas, les ordenaban robar vehículos Pick up y Van Ranger.

—Por cada unidad robada en El Paso, Texas, nos pagaban una onza de cocaína (26 gramos) y 300 dólares —denuncia uno de los delincuentes—. Todos nos volvimos adictos y hasta la fecha no nos hemos zafado.

Las unidades robadas eran conducidas por agentes de la PJF a Villa Ahumada, Casas Grandes y Chihuahua. En los parabrisas les colocaban adhesivos con letras de la PGR.

VIDEOTECA:

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