LEAMINGTON

fusilados31

Nos fuimos caminando por las calles, nos alejamos y nos perdimos en la oscuridad, en un mundo distinto para nosotros.

Armando Ramírez/ Chin Chin el Teporocho

El dolor de espalda era lacerante.  No le permitía respirar con libertad. Durante diez horas trabajó en la pizca de pepino. A la par de otro jornalero mexicano arrancó más de siete mil plantas de la fruta y las transportó en una carretilla de plástico.

Los domingos descansaba. La familia menonita, dueña de la granja, jamás faltaba a su iglesia.

En Leamington laboraban más de quince mil jornaleros, latinos y caribeños en su mayoría.

La paga no era mayor a los ocho dólares la hora. En Leamington radicaban 27 mil habitantes y mil 554 empacadoras y granjas productoras de verduras y frutas.

De Toronto a Leamington era necesario recorrer 320 kilómetros de carretera.

La mitad de los jornaleros permanecían diez meses en la ciudad: de febrero a noviembre. De acuerdo a un contrato de trabajo suscrito entre los gobiernos de México y Canadá.

Otro tanto, carecía de estatus legal. Su empleo dependía de la media docena de contratistas avalados por los granjeros y propietarios de las empacadoras.

Eduardo, anotó en su bitácora de viaje parte de su experiencia en Leamington.

Después reproduciría sus observaciones en el periódico quincenal Primera Plana.

Escribió:

La contratista, Daniela Oceguedo jamás solicitó alguna identificación. Simplemente preguntó el primer nombre e informó que el salario sería de siete dólares con cincuenta centavos la hora y que exactamente a las seis de la mañana me recogería frente a mi domicilio, en la avenida Coronation y Erie.

“Si en cinco minutos no llega, me voy y pierde su oportunidad de que lo vuelva a contratar”, advirtió.

El trabajar de jornalero no sería algo fácil, más si durante casi tres décadas se ha vivido del periodismo y la máquina de escribir. Sin embargo, era necesario experimentar para entender un poco el asunto de los inmigrantes latinos y su relación con las greenhouse o empacadoras de verduras y frutas.

En esta ocasión, trabajaría en una granja de pepino. El lugar, con seis enormes naves de metal y vidrio, pertenecía a una familia de menonitas y estaba ubicado a diez minutos del centro de Leamington, en auto.

Daniela llegó puntual y aún a oscuras fui trasladado a la granja. Diez bloques adelante de mi departamento, recogió a Manuel, un campechano de carcajada estruendosa y muy recio en el trabajo.

El patriarca del clan menonita, Mister Kroguer, cuatro meses atrás sembró 21 mil matas que generarían 630 mil pepinos, no menores de medio metro cada uno. Todo por el milagro de la hidroponía.

El propósito de mi contratación era que con Manuel y tres menonitas, entre ellos una mujer, pizcaríamos y arrancaríamos siete mil plantas que ya habían cumplido con su ciclo de vida. El calor era deshidratante, no menor a los 110 grados Fahrenheit, y trabajaríamos diez horas continuas, con dos breves recesos de quince minutos cada uno y otro de treinta.

Por ignorancia, en el primer día de trabajo no llevé una camisa de manga larga y fui metido a una de las naves para cosechar los pepinos. Ahí le llaman pizcar. Peter, el capataz y menonita, me entregó una especie de navaja para los espolones de gallos de pelea. Tenía que ensartarla en el índice de la mano derecha y con ese artefacto cortar el fruto y colocarlo en cajas plásticas, color verde.

“Deben caber 21 pepinos por caja y tienen que tener el grosor de lo que apriete los dedos índice y pulgar”, me dijo y enseñó.

Exactamente a las 6:30 horas empecé la jornada, al lado de los menonitas y Manuel. Me interné a uno de los carriles con largas matas de pepino por ambos lados, de enormes hojas triangulares. En un carrito con neumáticos y cuatro cajas encimadas empecé a colocar el producto.

Mister Kroguer, al dejar sobre una tarima mi primer caja con 21 pepinos, se acercó y dijo que estaban demasiado delgados y que su comprador los desecharía. Tuve que separarlos y aguardar a que me entregara una herradura plástica para obtener el grosor deseado.

“Después de dos o tres días de pizca ya se irá acostumbrando”, dijo en un mal castellano.

Uno de los menonitas activó su reproductora de “cidis” y la nave se llenó de narcocorridos. Después me enteraría que él y su esposa vivían en Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua y que trabajaban temporalmente en Leamington. De ahí su afición por la música ranchera.

Los antebrazos empezaron a arderme ante el roce de las hojas y los químicos. En menos de dos horas una extraña y molesta comezón hizo detenerme y preguntar si esa sensación era normal en los primerizos. Pedro me tranquilizó al revelarme que la planta contaba con microscópicas espinas y que por la falta de costumbre me causarían picazón durante dos o tres días. Luego, mi piel se acostumbraría al producto.

“Pero te recomiendo que siempre traigas una playera o camisa de manga larga, es lo mejor”, dijo sin dejar de sonreír.

Bajo el tormentoso cosquilleo en la mitad del cuerpo logré llegar al primer receso, el de las nueve de la mañana. El calor nos hacía sudar en demasía y no pararíamos, después de los quince minutos de alimentos, hasta las doce horas, Las cajas con pepinos fueron acumulándose a lo largo del corredor que llevaba a la puerta de salida y por donde transitaba un pequeño montacargas. Mister Kruguer era el responsable de sacar las tarimas cargadas de pepinos.

En cuatro ocasiones tuve que lavarme los brazos y la cara y noté que la piel tenía un color escarlata. Los ojos me ardían y los tormentos de la sed no cesaban. Manuel me dijo que eran los efectos naturales del primer día. “Es la falta de costumbre, no hay que quejarse. Así es el trabajo”, indicó.

Después del descanso de media hora, el capataz dio nuevas instrucciones. Manuel y yo seríamos llevados a tres naves vidriadas, con siete mil matas semisecas, que arrancaríamos y acarrearíamos en carretillas. Primero, el propio Peter, les cortaría las bases con una navaja amarrada a un palo del tamaño de una escoba. Nosotros desataríamos los hilos que le permitían a la mata estar de pie, montada sobre un alambre de acero inoxidable que corría en forma horizontal.

Manuel me enseñó a maniobrar: simplemente agarraba las matas que cupieran en ambos brazos y con un fuerte jalón se desprenderían. Luego, tendría que arrojarlas a la carretilla y ya llena esta, empujarla a lo largo del pasillo hasta el patio. En un tractor sería vaciada en la parte trasera de la finca.

Peter colocó cerca del acceso al vivero, un barril plástico con agua, hielo y vasos desechables. La temperatura ya estaba a 110 grados Fahrenheit y bajo ese calor sofocante, no paramos de trabajar hasta las tres de la tarde. El receso fue de quince minutos y mis piernas estaban acalambradas, la ropa mojada por el sudor y la comezón de piel era incesante.

Manuel me comentó que en esa greenhouse no se trabajaba los domingos. “Los patrones” eran muy religiosos y acudían a su iglesia.

Después me hablaría de Campeche, su familia y los oficios que allá desempeñaba: albañil y carnicero. Semanalmente enviaba 300 dólares a su casa. En noviembre regresaría a México y abriría una taquería.

“Aquí en Leamington vivo con otros tres compañeros, todos mexicanos y pagamos quinientos dólares mensuales de renta. Nos sale como a 125 por persona, pero sólo llegamos ahí a dormir, después de la madriza”, dijo.

El campechano llevaba seis meses trabajando con los menonitas. Jamás tenía diferencias con el capataz y, por el contrario, le enseñó todos los secretos sobre la siembra del pepino: la mata llegaba en una diminuta caja de plástico y era colocada a la vera de cada pasillo, en fila. Después, la punta de esa mata quedaba atada del cáñamo al alambre horizontal.

En dos meses la enredadera se montaba al alambre y retoñaba una treintena de flores naranjas, similares a la de las calabacitas. Más tarde se convertirían en pepinos y a las nueve semanas empezaría la cosecha. En realidad duraba cuatro meses el ciclo reproductor de la herbácea, alimentada por químicos y agua.

“Lo más difícil es la limpieza de las naves, porque hay que sacar la planta, lavar los pasillos y desinfectar. Lo otro es más fácil”, dijo Manuel.

Durante la jornada, jamás fuimos molestados por el capataz y mister Kruguer. Simplemente observaban nuestro trabajo y supervisaban el barril para que no nos faltara agua fría. La jornada terminó a las cinco de la tarde. Daniela llegó a esa hora y habló en inglés con el patrón.

La contratista me comentó de regreso:

“Le gustó su trabajo al patrón, quiere que regrese mañana y no se preocupe por la comezón que se le va a quitar después de darse un buen baño. Ya pasó la primera prueba”.

La sabia de las matas me había pintado de verde y el cansancio y comezón, por esa única vez, no permitieron que observara a mis anchas el bello atardecer de Leamington. Únicamente pensaba en bañarme, hacer algunas anotaciones en la bitácora de viaje y dormir. Daniela, mi contratista, escuchaba en su radioreproductor de «cidis» una vieja melodía de los Guns N’ Roses: Appetite for detruction.

—o—

Eduardo bajó el interruptor de luz. La habitación quedó en penumbras.

En menos de un año su vida había dado un vuelco radical. Fue inminente su proletarización.

El apoyo económico del gobierno canadiense permitió enfrentar los rigores del invierno y la ausencia del inglés.

Cada tres meses tenía que reportar su estado financiero a su trabajadora social y enviarle copia del trabajo desarrollado como voluntario en el Centro de Desarrollo Comunitario San Lorenzo y su avance en el aprendizaje de una de las dos lenguas oficiales de Canadá.

Aún no tenía fecha para asistir ante el Tribunal de Determinación de Refugiado. Su expediente estaba en manos del abogado y el juez migratorio.

Su futuro era incierto.

En esos instantes, el dolor de espalda no cesaba.

Tenía cincuenta años de edad —medio siglo de vida— y estaba reinventándose.

De existir el karma, según la filosofía hindú, renacía en vida para pagar sus malas acciones pasadas y no heredar esa deuda negativa a sus futuros descendientes.

Como recién nacido, tendría que aprender a hablar en otra lengua para comunicarse y sobrevivir.

Diría «water» por agua, «milk» por leche, «beer» por cerveza, «love» por amor y «hope» por esperanza.

Si no hacía un mayor esfuerzo por aprender el nuevo lenguaje quedaría marginado de su entorno. Estaría condenado a esclavizarse en trabajos rudos, mal pagados y de esfuerzo obligado.

En Toronto llegó a compartir casa con un geólogo, un arquitecto, un abogado, un diseñador gráfico, un actor de televisión y un matemático  panameño.

Ninguno trabajaba en asuntos relacionados a su profesión, solo limpiaban pisos, cargaban madera, pintaban casas, empacaban productos de belleza, lavaban charolas con residuos de pan podrido o doblaban periódicos en un diario canadiense.

Día y noche, sábados y domingos, ocho, diez o hasta doce horas diarias, en una sobrecogedora faena que los consumía, enflacaba y deprimía.

Hombres y mujeres, por igual, de todos los países del mundo, esperanzados en alcanzar un confort económico diferente al de sus ancestros.

Por esa poderosa razón, quienes aplicaban por refugio o razones humanitarias, no escatimaban dinero e imaginación para intentar convencer al juez migratorio de su necesidad de permanecer en Canadá de por vida.

Su última esperanza.

Después de bregar dos años con abogados e invertir de cinco a diez mil dólares en apelaciones y alegatos judiciales, les daban la oportunidad de recurrir a una última instancia legal: la Revisión de Riesgo o PRRA.

En ella acudían ante el Tribunal de Determinación de Refugiado y presentaban nuevos elementos probatorios de su probable persecución política o policíaca en el país de donde provenían.

Eduardo aprendió a escuchar que los colombianos eran los más afortunados en obtener la residencia, mientras que los mexicanos, costarricenses, salvadoreños, guatemaltecos, chilenos y argentinos únicamente tenían un treinta y cinco por ciento de probabilidades de ganar su juicio de permanencia.

Sin embargo, la última palabra la tenía el juez migratorio.

Incontables testimonios demostraban que el juez —personaje omnímodo e inquisidor—, no basaba su decisión final en la contundencia de las pruebas presentadas, sino en el comportamiento demostrado por el solicitante de refugio.

Protagonistas de historias inventadas, deambulaban en el país con su nuevo estatus de refugiado.

A partir de ese momento, tendrían todo el sistema asistencial a su disposición. Jamás padecerían los sinsabores del hambre, la falta de empleo o un techo en donde vivir.

Una vejez con dignidad estaba garantizada.

 El cansancio venció al periodista. En esta ocasión, el hijo de Somnus decidió no molestarlo y dejarlo en completo estado de indefensión.

Tampoco tuvo ánimos de hacer las anotaciones en su bitácora de viaje.

La aventura del espíritu trascendería al iniciar la redacción de un nuevo libro.

La granja de los pepinos lo aguardaba…

VIDEOTECA:

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