ECOLE CUÁ

EL ESCUPITAJO

La libertad se multiplica como un antiguo espejo roto con luz propia…

—Si fuera tu adversario, antes de darte un tiro en la cabeza te cortaría las manos…

Willy Peña, su mejor amigo, lo soltó en la mesa, frente a Rita Salas, Fidel Santos, Doris Aquino y Pedro Bustos.

—¿Y por qué escribes? —preguntó Rita, campeona en ventas de publicidad política de Santo Domingo.

—Es una necesidad… ¿Me copiaste? —dijo Santos, pisando parejo a pesar de zumbarse litro y medio de cerveza.

—Un buen negocio, dirás… Qué cool —complementó Bustos.

Suave. No, una necesidad. Es mi oficio y no es un asunto de dinero o reconocimientos.

Lámeme los bolones, Santos —alegó Willy Peña—, a ti te gusta ser un chivato, estar oliéndole los pedos a la chusma y meterte whisky hasta sacarlo por las orejas…

Willy Peña era el jefe de prensa de la ex alcaldesa de Santo Domingo, Fabiola Quirola. Intentaba utilizar la pluma de Santos para ventilar el asunto de la avenida George Washington y lo del sistema de drenaje de la base naval 27 de septiembre.

El director de desarrollo comunitario, hermano de la ex alcaldesa, estaba metido en los contratos de las remodelaciones y la constructora Brega’s.

—¿Y por qué te gustaría cortarle las manos, Willy?

Bustos iba por su quinta mamajuana. Lo evidenciaban sus ojos achispados, de sapo.

Rita Salas, Bustos y Santos trabajaban en El Diario de hoy, un periódico vespertino.

—Aquí mi compadre no ha entendido que los capitaleños nos cocemos aparte…

Doris Aquino inclinó su cabeza pasuda, de cocola caribeña, hasta tocar la nariz ñata de Willy Peña y susurró:

—Ya está, jumo cabrón, deja de decir pendejadas… Fidel Santos es un escritor y punto…

Y Willy Peña se levantó de la silla de bejuco y empezó a barbotar:

—Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce…

Santos abrazó a Doris Aquino, su amante y esposa del fotógrafo Bustos, y secundó a Willy Peña en su perorata extraída de algún texto de Ray Bradbury:

Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas; Dios sabe que viviría más sano…

Su bulla había trascendido desde el Dao al Pecao —un modesto bar de fachada amarilla y terraza solar— hasta el viejo bunker de la policía turística.

La resaca salina dejó de imprimir su sello de pertenencia al heredarla, desde el parto. Tampoco  alteraron el sueño de la mar y sus ventiscas.

Prisioneros del cuadrante de La Fortaleza, el río Osama y la ruinosa iglesia colonial de Santa Clara.

Los cinco lo sabían.

Y para distraer al destino tan fútil y allantoso, prefirieron festejar a su manera, sin perder su amistad y desvergüenza: meterse ron y cerveza con hartazgo; tragar sancocho y tostones de banana, declamar poemas patrioteros de Pedro Mir y bailar merengue hasta el amanecer, bajo los acordes de Juan Luis Guerra o Chichi Peralta…

Pero Willy Peña, como buen bacano de la Alfau y Las Damas, insistiría:

—Oye cocolo, mi brother, tendrés que poner una pizzería o un bar de tapas como este y entonces escribes lo tuyo. Hazme caso cocolo y cubramos de manto a los Quirola… Tendrás tu platica, de eso me encargo yo… No es bueno andar de murciélago por el barrio… Tú eliges…

—Como diría Bradbury —hipeó Santos. De su bocaza de zambo salió una exhalación pastosa, quemante—: Uno tiene que mantenerse juquiao de escritura para que la realidad no nos destruya —y mostrándole los brazos a su amigo, espetó—. Ten mi brother, échale candela y córtamelas… Prefiero ser murciélago que rata

El asunto de las dictaduras de Lilis, Trujillo y Balaguer o la invasión de los marines, en 1965, dejó de ser pretexto de rencillas de cantina.

Tenían entretenidos a los dominicanos con la diáspora haitiana, como la calificaba Santos, y con los chuchazos entre la fanaticada de los partidos de Liberación y el Revolucionario.

Los juquiaos tundemáquinas o tragaletras dejaron de escribir durante la noche…

HEMEROTECA: proc234

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