LE BURRITO VILLE

chacal portada10 DE MAYO/II

En la calle Bishop existe un restaurante que vende burritos con tortilla de harina. Las mesas y los muros de colores chillantes no logran disimular la vieja construcción de tres niveles con piso de madera crujiente.

Le Burrito Ville.

El encargado de la caja, en playera roja y pantalones oscuros, también funge de mesero o cocinero. Un enorme autorretrato de Frida Kahlo resalta tras cruzar el umbral e internarnos, Rosalba y yo, en ese espacio luminoso, impresionista y casi solitario.

La estación del Metro Guy-Concordia nos arroja a esa calle bordeada de edificios abigarrados y negocios de aparadores relucientes.

Por ahí se llega a la Universidad McGuill. En ella asisten los adinerados que avalan la privatización de la educación. Sus hijos añoran ser banqueros, abogados o militantes del Partido Conservador.

En sentido contrario, es posible llegar a la universidad de Concordia, la de los pobres y clasemedieros. Se yergue por la estación Guy-Concordia y enlaza al otro centro de estudio superior a través de la calle Sherbrooke. Ahí, la reina Victoria de Inglaterra, apoltronada y con el cetro de mando a la diestra, observa el paso frecuente de los montrealenses que han poblado esa parte populosa de la ciudad.

La escultura de bronce, castigada por un oxido verde brillante, es el símbolo imperial de un poder sacrosanto que aún mueve a la clase pudiente quebequés.

—El rostro de Wall Street en el corazón de Montreal… Corporativos y bancos se yerguen impunemente y respiran dinero.

—La igualdad social se obtiene al introducirnos a cualquier restaurante o al Metro… Hay igualdad en gustos callejeros y aprensiones laborales.

—En la universidad de Concordia se tiene acceso gratuito a Internet y existe una amplia área circular con sillones distribuidos sin orden… Jóvenes y viejos, con sus respectivas laptop sobre sus piernas, teclean, leen o ven algún video… Beben café y agua y jamás intercambian palabra. Es un recinto sagrado del silencio…

—En la universidad McGuill no hay acceso del público ajeno a las aulas u oficinas. Es una fortaleza verde, de piedra maciza, y enormes portones de madera. Maestros y alumnos aprenden a convivir con las ideas del poder económico. Los negocios globalizadores son su prioridad y jamás se sustraen al colonialismo anglosajón. Sus ministros de iglesia se encargan de impedir que leviten y se alejen de los suyos, aquellos que acuden a las mismas mesas de los bares, restaurantes o centros nocturnos.

El Metro es el medio eficaz y rápido para llegar a las aulas universitarias.

La burguesía montrealense no está peleada con su ciudad. La saborea, como cualquier ciudadano de a pie.

Rosalba ordena dos cervezas oscuras y un burrito de verduras que en nada se asemeja a los preparados en Villa Ahumada, Chihuahua. Su sabor es insípido, llenadero, pero sin sustancia evocativa.

La cerveza es amarga, refrescante. Tampoco me permite reconocer lugares recurrentes en mi pasado trasnochador.

Los vientos son distintos, como los escenarios geográficos.

El frio sigue en el exterior y convierte a los transeúntes en máquinas humeantes.

Le Burrito Ville intenta recordarnos las andanzas de Gauguin, Van Gogh, Matisse, Renoir, Monet o Toulouse Lautrec en el Molino Rojo. Reproducciones de algunas de sus obras han sido pegoteadas en los muros, sin un orden estético. Son una simple recurrencia interrelacionada al negocio.

Son recortes de revistas, ni siquiera litografías enmarcadas.

Fue ahí donde me enteré que Ernest Hemingway tuvo un encuentro con el pintor quebequés, Jean-Paul Riopelle. Discutieron bajo los efectos del whisky y la cerveza berlinesa, sobre entender el verdadero rostro del arte visual, a través de manchas. Sin necesidad de darles nombre.

Terminaron borrachos, de buen talante. Bajo la sombra de los arces y álamos del parque Rutherford.

En la década de los cuarenta, había un bar, de barra dorada, donde el parroquiano escuchaba las noticias en francés y discutía en lengua anglosajona.

El cuadro de Frida Kahlo y su mundo, como lo intituló la propia autora, seguía bajo nuestras cabezas.

Un cuervo colgaba a su cuello, ceñido por una asfixiante enredadera de púas que en nada le angustiaba.

El dolor del silicio era parte de su cotidianidad.

Montreal, su refugio obligado.

Los comensales de Le Burrito Ville estábamos imbuidos en otra realidad, menos cargada al eterno sufrimiento de Frida Kahlo.

HEMEROTECA:Patria 3 – Paco Ignacio Taibo II

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