LEONARDO

la dama17

—Norberto hablaba tanto de usted y mire, ya se me hizo conocerla…

Leonardo arrojaba un vaho de lavanda. Me recibió enfundado en un saco deportivo azul marino, camisa con vistos amarillos, pantalón y calcetines blancos.

Sus mocasines eran negros y sin agujetas.

Me pareció muy varonil, labioso y simpático.

El típico chilango.

Su semblante cuadrado, de vaquero montaperros, no daba evidencias de tener cincuenta y dos años.

—Pues ya ve usted, ahora estoy aquí y gracias por ser tan gentil…

Permití que besara mis mejillas sin soltarme la mano.

La fragancia de amaranto haría su trabajo de parachiles.

En su camioneta Van abandonamos la Central del Norte. Nos dirigimos a un hotel de la colonia Doctores.

—Si necesita dinero para rentar un departamento, dígamelo por favor —ofrecí.

—Norberto fue como mi hermano mayor, no debe preocuparse…

—Sandra es mi nombre y creo que es lo mejor que así me llame para que perdamos la formalidad…

—Los chilangos tenemos mala fama —dijo sin apartar  la mirada del parabrisas—, y como ve, la ciudad es muy grande, pero cabemos todos…

—¿Usted nació aquí?

—No, soy jalisciense y tengo familia en Michoacán…  —y tras aclararlo, preguntó—: ¿Quiere comer algo?

—No –dije con voz trémula, de fastidio—, prefiero descansar, dormir mucho, porque estos últimos días fueron pesados, de mucho ajetreo… Y el viaje fue pesado, siete horas en la misma posición…

Leonardo era casado y padre de dos adolescentes y una señorita. Radicaban en Michoacán con su madre. Precisamente en el Fraccionamiento Carmelitas de La Piedad.

La esposa administraba una boutique familiar en la calle Hidalgo, frente a la Parroquia del Señor de la Piedad.

El tráfico del Eje Central y la avenida Insurgentes postergó el avance de la Van.

Me sobrecogí al imaginar que aquel infierno de cemento seria mi nuevo hábitat.

El hotel hallábase en la calle doctor Olvera, junto a un crematorio.

—¿Quieres salir esta noche? —preguntó Leonardo tras dejarme en la puerta de la habitación.

—Como te dije, estoy muy, pero muy cansada… Ahorita lo único que quiero es dormir…

—Te busco mañana —Leonardo no insistió—. Buenas tardes…

El apretón de manos fue cálido, sin presión. Mientras se alejaba sin volver la cabeza, pensé en ducharme y tenderme en la cama.

—0—

La ausencia de Velarde estaba presente. Su inteligencia y bonhomía le dieron sentido a mi existencia, a pesar de ser una puta y estar estigmatizada por una sociedad amoral.

—Somos seres sexuales, chamaca —filosofaba Velarde cuando retornaba de la casa de citas y no ocultaba mi tristeza—  y nadie puede mirarla mal porque cobre como sexoservidora. Ese es el trabajo que quiso tener y ahora aguante, sin lloriqueos. Mientras sea usted quien domine al cliente, la librará y podrá separarse del trabajo cuando así lo disponga…  A rajarse a su casa…

Y reía.

Esa noche cenábamos en un restaurante de la calle Morelos. Me tranquilizaba escucharlo y el verlo animoso, comiendo birria y tacos al pastor con pedazos de piña.

En la cama, destapaba un par de cervezas y contaba anécdotas del trabajo.

También era muy paciente al escucharme.

Nunca tomaba la iniciativa en los asuntos de la carne. Era yo quien lo excitaba y dirigía al penetrarme sexualmente. Me encantaba liberar sus tensiones.

El verlo feliz, me hacía feliz y vital.

—o—

El repicar del teléfono me despertó.

Durante unos segundos perdí el sentido de la ubicuidad. Eran las once de la mañana.

Leonardo dijo que  me esperaría en el restaurante para que almorzáramos. Después, iríamos a visitar un departamento de la colonia Roma.

—Intenta no traer ropa muy ajustada para no asustar al conserje  —sugirió—. Es casado y posiblemente lo acompañe su esposa al enseñarnos el departamento…

No tuve ánimos de replicar.

La recomendación tenía sentido. No le sería grato a la esposa del conserje ver a una hembra nalgona y enemiga del sostén.

Desayunamos  café y huevos estrellados con tocino y puré de papa.

Leonardo tocó el tema del empleo. En la colonia Roma, cerca del departamento que rentaría, quedaba la Zona Rosa. En ese lugar, muy concurrido por turistas y bohemios, era posible obtener una plaza de mesera.

De ser aceptaba tendría que usar minifalda y toples.

—Norberto nada me dijo de tu vida privada —por el tono de su voz intuí que sabía más de lo que decía—, pero quise hurgar un poco para evitar sorpresas. Un primo hermano me puso al tanto de tu trabajo en La Piedad. Y pensé que Norberto estaba muy enculado de una mujer que buscaba aprovecharse de su buen corazón. Y si tengo que apoyarte, es mejor que te hable al chile, como decimos por acá…

—Prefiero resolver el asunto del departamento —contuve su chorcha — y después vemos lo del trabajo. ¿Te parece?

No deseaba bucear en asuntos banales.

—Me parece…

Terminamos en silencio el desayuno.

Y en silencio salimos del hotel y abordamos la Van.

En menos de una hora nos detuvimos frente a un edificio de departamentos de la calle Colima, próxima a la avenida Insurgentes.

En la fechada aparecía el número 290.

Después de timbrar por largo rato, un hombre amarillento, enclenque y semicalvo apareció en el portón. Como diría Velarde, era algo fellinesco.

—Puntual, como nos lo pidió señor Medrano. Gracias por recibirnos…

—Ay Leonardito, si eres de la familia…

Los tres ascendimos por las escaleras.

El edificio no contaba con elevador. Sin embargo, se observaba limpieza y quietud.

El viejo nos informó que el transporte público funcionaba día y noche.  La Zona Rosa estaba a quince minutos del edificio. De ser contratada en algún restaurante-bar  o centro nocturno no necesitaba abordar el autobús o taxi. Podría hacerlo a pie, por la avenida Insurgentes.

En ese espacio urbano, entraría a una nueva etapa de relajamiento y rutina.

 Y algo más: Leonardo Rico H. terminaría en mi cama, como amante y protector.

Tuve que cederle la otra parte de mí y que tanto me llenaba de orgullo: una sexualidad sin condicionamientos.

Lo nuestro duraría ocho años. Los mismos que compartí con Velarde.

Desgraciadamente, la relación llegaría a su fin después de nuestro arribo a Montreal.

En solo ocho meses, Leonardo fue derrotado por su cobardía y añoranza.

Sin duda, él encontró la felicidad en México, al lado de sus hijos. No en Canadá.

En Montreal, me vi obligada a reinventarme.

Tengo cuarenta y seis años, un vientre seco y he sobrevivido con el apoyo económico de una sarta de ancianos decrépitos.

Recuerdo con claridad la propuesta de Leonardo. Me acababa de recoger en el centro nocturno.

—En Montreal podemos pasarla bien y juntar un buen dinero para poner algún negocito.

—¿Y por qué Canada?

—Porque ahí vive una prima que me debe dinero… y además no necesitamos visa para entrar… ¿Te animas?

—Te lo digo más tarde…—prometí.

En febrero de 2008 celebramos nuestro octavo aniversario como pareja.

Le pedí que lo festejáramos en la plaza de Garibaldi. En El Tenampa cenamos birria y frijoles rancheros. Nos hartamos de tequila y boleros. Yo pagué los mariachis y Leonardo la cena.

Nos amanecimos y terminamos en un hotel cercano al Eje Vial, cerca del antiguo teatro Burlesque.

El alcohol fue nuestro mejor afrodisiaco.

Por la tarde, después del tomar la ducha y empezar a vestirnos para cenar, le dije:

Okay, iremos a Montreal y lo hago solo por una razón de peso…

—¿Cuál?

Leonardo me abrazó e impidió que metiera mis senos al chichero.

—Te amo, cabrón  —respondí y al sentir su aliento en el cuello, tuve urgencias de sexo—. No sé qué chingaos me diste, porque me tienes toda pendeja…

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