EL MUY MATRACA

la langosta portadaFalcón anda mal de la choya. El viernes volvió a tener un ataque de ira. Pech y yo le sugerimos que le baje a las rayas.

—Te vas a quedar frio si continúas inhalando esa porquería —le advirtió Pech.

Viviana optó por hacerse la desentendida.

Olivares, el plomero, le agarró la mano y depositó un billete de veinte dólares. El muy matraca anda por las mismas y se hizo como el tío Lolo.

El alcohol y los narcóticos tapan los hoyos de la despolitización y añoranza.

Montreal enfrenta la peste de la depresión y las adicciones.

Falcón forma parte del ejercito de esquizofrénicos importados de países cálidos, saqueados por las trasnacionales. Han perdido su identidad cultural. Se evaden con alcohol y drogas duras.

—Esta chimba nadie me la zafa, man —corta el paraco y no suelta el guaro.

En el bar pasa desapercibido el incidente. La poca concurrencia nos identifica al dedillo. Somos una especie de Rat pack y el colombiano seguramente es el Lawford del grupo, por coco y amoral.

Viviana se cuece aparte. La flauta brinca de camas como una pulga.

Su nueva adquisición, Sergio Olivares, es quien repara su drenaje nasal y cubre los gastos. El paraco tolera el desliz por la nieve que recibe sin soltar plata.  Hasta lo llama parsero. No se mide. Es un cornudo feliz.

Pech, como siempre, en su papel de jornalero de farma. La cosecha finsemanera está garantizada. Su caja registradora no cesa de tintinar.

El incidente del incendio quedó superado.

El peruano fue prudente y no castigó a Viviana por el olvido de la cafetera. La necesita. No solo atrae clientela, sino es derecha con el manejo del dinero.

El cerote de Falcón la trae de un ala. Por lo mismo, tolera sus mascadas, como le decimos los chapines a los enojos.

Tal vez el clima ponga su parte en el comportamiento de los bolos de La Langosta. Actúan como chuchos rabiosos por todo lo que se meten.

 He aprendido a conocerlos. No entiendo el por qué no tengo un fichero sobre su personalidad, origen y comportamiento.

Olivares es argentino y dealer.

Disfraza su chamba con un overol apestoso a miasmas de toilette. Nunca suelta la llave inglesa y una cinta blanca de teflón.

El sencillito, le dice el paraco. Es su manera de cuestionar los aires de grandeza del che con chapa de mapuche.

En la década de los ochenta, miles de argentinos llegaron a Canada por culpa de la guerra sucia. Una parte se allegó de dinero fácil y quemó los créditos bancarios.

Malos pagadores y unos perfectos garcas.

Los latinos fuimos estigmatizados como shucos o zompopos, gracias a los hijos de Perón.

Pech aprendió a tratarlos. Nunca les niega el pisto cuando demandan el crédito. Simplemente les sirve un pisto corrosivo, sin importarle las consecuencias del día siguiente. La goma los pone sobados.

—Ando medio pancho, vos… —aúllan ante la barra en el siguiente encuentro, sin sospechar el origen.

Olivares, por muy bacán que se crea, es un pelagatos que merca coca y se atasca de marihuana. Viviana y Falcón lo saben y poco se le despegan.

No me ha interesado rascarle a su pasado. Por el momento, enfoco mis ideas en un asunto doméstico.

En Guatemala, mi primo Gulmaro fue echado de su trabajo. Su esposa, Irma, me escribió para demandarme apoyo. Tiene un hijo mío. Nadie de los cercanos lo sabe, menos Gulmaro.

—¡El parsero no quiere soltarla, Lalo! —suelta el paraco a mis espaldas.

Pech intenta controlarlo.

—Viviana no tiene interés en él, camarada.

—¿Y por qué tiene una semana que no sale de su departamento y no deja de joderme?

—Ya se le pasará  —dice Pech—, tal vez necesita plata

Falcón olvida que Viviana no es su pareja oficial. Lo sabe, pero se hace pendejo. Viviana jode con todos y no pierde la sonrisa.

—Si me sigue sacando la piedra el man, lo entieso y no me importa que sea mi parsero —sentencia el paraco.

Temo que Irma me presione.

En su carta la sentí desesperada por la falta de dinero. Pide en tono imperativo (al escribirlo con letras mayúsculas) que convenza a mi primo para que me envíe a Noviembre.

Es posible. Nuestro hijo tiene dieciséis años y me llama tío. Tengo que pensarlo.

Por lo pronto, el jueves le enviaré doscientos dólares.

HEMEROTECA: El gran delirio – Norman Ohler

 

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