GUARRO

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 Brenda Osorio hablaba, hablaba… hablaba…

Y yo, clavaba,  clavaba… clavaba…

Cada uno en lo suyo, en la misma cama.

Los eructos por la lasaña eran molestos, pero soportables.

Y no me veía involucrado en una vendetta de cochinillas y pulgones, dispuesto a exterminar los árboles de Montreal.

La jamona madrileña no llegó a mi departamento con las manos vacías.

Quiso pasarla en grande: cargó los ingredientes necesarios para preparar una cremosa lasaña con berenjenas y calabacines.

Por delante, la botella de vodka.

Mi aportación fue más modesta: tres paquetes de cerveza y dos kilos de fritangas con salsa picante.

Brenda no tuvo el ánimo de deshacerse del maldito uniforme fosforescente. Hedía a cebolla sazonada. Sus peludas axilas resumían toda la esencia del tubérculo.

Después de libar y tragar, nada es imposible.

En plena faena culinaria, pude descargar mi savia por su trasero; sentirme un desaforado pulgón en una lonja española, mórbida y cojible.

Y en pleno jaleo, me lanzó una plasta de verborrea.

—Ni te lo atragantas, Venancio…—dijo de frente y restregando las ubres en mis pectorales—: setenta o cien parques en toda la ciudad y les damos mantenimiento… Imaginate macho, en los diecinueve barrios hay seiscientos setenta y cinco mil árboles  y todos bajo el cuidado del gobierno municipal…

 Parte de su monologo logré captarlo, después de vaciar los coyotes por segunda ocasión.

Era la cotidiana realidad de una desheredada del mundo.

Tendría que entenderla. Un poco de comprensión a nadie lastima.

Mi paso por  la granja lechera fue extenuante, de un mutismo absoluto.

El silencio era mi mayor aliado, desde mi salida de Guatemala.

La prudencia evitaba burucas.

Lo aprendí de mis maestros de Quezaltenango:

—Es mejor mantener la buchaca cerrada y parecer pendejo que abrirla y aclarar dudas.

Brenda deseaba ser escuchada, sentirse viva, útil.

—Deberías tener plantas de sombra en tu cuarto…  Tú no eres muy majo de carácter y te vas a sentir mejor acompañado…

—Prefiero tus pantaletas y el chichero…—dije acariciándole el coño, tan peludo como un conejo de angora.

—¡Qué morro tienes, macho!… —clamó ante mis estímulos—. Me gustas… Sabes darme mi lado, sos una ostia, de verdad…

Menos tenso, quise preguntarle sobre su pasado en Madrid, alejarla de su convivencia mañanera con los fresnos, arces, almecinos, olmos y tilos montrealenses.

Me contuve.

Tenía demasiadas broncas existenciales como para pepenar ajenas.

Brenda era una aventura más, producto del momento. Ella estaba consciente de nuestra situación.

Su parloteo dejaba de penetrar por instantes. Mi instinto de sobrevivencia maniobraba para intentar resolver dos exigencias burocráticas: inscribirme en una escuela de francés y solicitar  mi tarjeta de salud  en la Regie d’Inssurance Maladie.

La trabajadora social de Empleo Quebec me lo hizo saber en el documento recibido en mi nueva dirección.

De no hacerlo, se retrasaría la ayuda social.

Lisandra sugirió que asistiera a una escuela de francesación del barrio de Outremont. Requería abordar un solo autobús para llegar a ella.

Johnny Morales le pidió, antes de partir a Ecuador, que me apoyara en los trámites. Sería mi intérprete.

El viernes, en su automóvil, acudiríamos a la escuela y oficina gubernamental.

Por la noche, dormiría en su casa. Roberto se ausentaría el fin de semana.

—Tienes dos parques cerca, macho. Ahí puedes correr y desestresarte —siguió Brenda con su cantaleta—. Por  la Fielding están el Loyola y el De la Confederación.

—Me encantó tu lasaña –dije en un intento de alejarla del uniforme verde, adherido a sus huesos—. Eres una excelente cocinera, deberías abrir un restaurante en Hochelaga.

—El trillao de mi marido también me lo sugirió y aquí un negocio necesita mucho dinero y permisos.

—Como todo —dije—, pero cada loco tiene su gracia y deberías hacer tu parte, si le tienes amor al dinero…

—Soy anarquista, macho, ¿Ya se te olvidó? —respondió y me soltó una nueva andanada de cifras y rollo—. Mi curro es darle mantenimiento a los parques y árboles y me satisface hacerlo y saber que ayudo a la gente, porque por año cada árbol convierte dos kilos y medio de monóxido de carbono en oxigeno y le aporta al subsuelo cuatrocientos litros de agua que absorbe del medio ambiente. Por eso Montreal es una ciudad saludable y el  gobierno invirtió en sus árboles más de setecientos cincuenta millones de dólares. Nada de gillipollas, guay

No pude contenerme  y prevenirla.

El queso parmesano, la albahaca o la pimienta, hicieron de las suyas.

El estruendo fue colosal.

Una carga de metano, toxico y corrosivo, la obligó a dejar de chacharear.

—¡Eres un guarro, Venancio! —alcanzó a proferir y se cubrió el rostro con el edredón.

Se oye mal, pero descansa el animal —dije y lancé un largo suspiro.

HEMEROTECA: PRO35

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