8X8

sommus portada- SUEÑO 18/II

8×8.

El resultado acorta distancias.

La meta está cerca.

Y a continuación, declama el ciego, el tentalear el sueño eterno.

Hoy, precisamente hoy, la aspiradora ruge y traga polvo y telaraña.

La lluvia del alba limpió las calles, espejos repelentes.

Miércoles de exilio.

Tu voz clama en el desierto. El reencuentro se aproxima, como el destino de Job.

¿Cuál es el tuyo?

S llama, apela a tu atención. Se agradece el gesto. Tú y ella recorrieron páramo y bahía. Mojaron sus pies desnudos con aguas salinas y sudor de lecho.

Los husos del tiempo cayeron en el vitrolero.

Tus números han perdido continuidad, como los recuerdos.

9.- Limón en el pelo para domeñarlo, olor a incienso y colgajos de parafina chamuscada. Domingos interminables de barullo, mercadeo y aleluyas. El Santo Patrono sangra, sigue atado de manos y sufre. La corona de espinas lastima su frente. E no deja de escudriñarlo. Sus vecinos de reliquias —santos, vírgenes, ángeles y arcángeles—, son ajenos a su martirio. En febrero o marzo, el Santo Patrono, abandonará el templo y recorrerá las callejuelas empedradas y gravosas de H. Una cauda de travestis, látigo en mano, harán bulla para alejar a los demonios. E y los suyos festejan con zacahuil, arroz jardinado y mole de guajolote. Beben agua de calabaza con piloncillo. Los travestis están ebrios y maldicen. El aguardiente y la cerveza Sol queman sus gargantas. De paso, esconden su rostro labrado en el pedernal con máscaras rosáceas y chapeadas. Moros o españoles cristianos en perenne pelea.

10.- La recua del hotel H. Los veintes y pesos de cobre son como granos de cacao. E asume su papel de guardián de recuas y lo premian. Es un ente, parte niebla y aguacero. Su tía lo guía por el camino del trabajo. No es un asunto fácil cuidar burros, mulas y jamelgos. Las coses y rebuznos tienen su riesgo. Los burros manaderos imponen sus reglas de convivencia. E aprende a tolerarlos. Limpia la bosta del estacionamiento y en las habitaciones recoge sábanas y toallas sucias. El hedor a pies es soportable. Los arrieros dejan su pestilencia tras recorrer largos senderos de laderas y voladeros. E cambalachea en el mercado monedas por nueces y canicas. Las historietas ilustradas y radionovelas alimentan sus fantasías. Solitario incursiona por los montes y llanuras. Recoge tréboles de seis pétalos y ajolotes. Medita y canturrea. La suerte está de su lado. Bajo su jorongo esconde el charpe. Su puntería es eficaz. Sorprende a las lagartijas que corretean por los cercos de tablas o el tecorral. Es un parlanchín ante sus camaradas de la Pandilla salvaje. Le gusta incursionar por los paredones chamuscados, frente al colegio de monjas. Un gran incendio, a finales de los cincuenta, consumió una veintena de construcciones. En el traspatio de la vieja abarrotera del abuelo, observa a las monjas coquetear con los locutores de la radiodifusora.

11.- La Pandilla salvaje es un dolor de muelas para el profesorado. Sus travesuras carecen de cerco. Tienen inventiva. El asunto de los espejitos en el empeine del zapato, llegó a oídos de los tíos. E recibió su regañina. No tendría el peso dominical y tampoco cuidaría, en el paradero del hotel, a las bestias de carga. Por el espejito les miraban las pantaletas a sus compañeras de aula. V, la hija del capataz de don J, traía airada la entrepierna. Fue la que hizo un reborujo. La directora le soltó un par de reglazos en las nalgas de los pilletes. Ninguno dio muestras de arrepentimiento. Lo de las tortas con excremento de perro, colmó el plato. E fue el de la ocurrencia.

12.- El tapanco y la huida. Abrevar dulces tiene su costo. El vecino, don LU, lo cacha en el intento. Un tlacuache, supuso. E jamás alcanzó a tocar la estantería cargada de galletas, refrescos, chicles y chocolates. La chicotiza era inminente. E huye al rancho de F y su capataz, por así jerarquizar al jornalero, le permite acurrucarse al lado del tlecuil para no entiesarse de frio. Después, antes de proseguir la marcha, paga la cazuela de frijoles y tortillas, acarreando leña sobre el lomo. El reencuentro de sangre será inminente. En H, convive una semana con su hermano O y la chamana C, su bisabuela. E y O ayudan a machacar lodo con paja y bosta. Lo hacen con los pies desnudos. De aquel menjurje cafetoso levantan una covacha de adobe. En la ciudad, E conoce a L, su madre. La abuela EL es quien aligera el reencuentro. L es paracaidista de Netzahualcóyotl y sobrevive con sus cinco hijos, en un asentamiento miserable.

13.- Arrojado del Paraíso. E se rebela. Repela el hedor a petate quemado. L no cesa de aspirar esa yerba que la incomunica de los suyos. M, la hija mayor, suple su liderazgo. L atisba la oscuridad como un tejón. Sus ojos titilan, arrojan chispas de un rojo encendido. Por las noches, la pobre mujer deambula por el corazón de la ciudad. Pepena dinero fácil. E la cuestiona. L lo echa de su cuchitril. El mocoso acepta treparse al autobús urbano de AR, su padrastro. Es abandonado en la refaccionaria de RR, hermano de AR. Mientras eso ocurre, en la plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, son abatidos con metralla cientos de estudiantes y profesores universitarios por paramilitares y militares. Heridos y muertos chapalean en charcos de sangre. Su protesta es ahogada con pólvora y bayoneta. Es imborrable el miércoles 2 de octubre.

14.- F, por intermediación de la tía P  —su hermana—, perdona a  E. Le dará cobijo en TU, donde tiene su residencia. G, su esposa, ha parido tres niños: GE, OS y AR. E retoma sus estudios e ingresa una fábrica de estambres. El neoyorkino Mickey Spillane llega a la vida de E, sin presentarse. Un obrero olvida una de sus obras —Yo, el jurado— y E decide no entregarlo. Lo lleva a su cuarto. En dos noches lee la primera aventura del detective Mike Hammer. El obrero, de cara ajada y pelo blanco, recupera la novela. E le pide otros libros del mismo autor del Brooklyn. Es así como se allega de Mia es la venganza, Asesino mío, La serpiente y Mi pistola es rápida. Después, por un descuido de su padre, lee su primera novela erótica: Jackie la universitaria, de Edwin West. Su insomnio, a causa de su apetito a la lectura, preocupa a G. Lo habla con su marido.

15.- E decide abandonar a su padre e irse al Distrito Federal. Le solicitará hospedaje a su abuela materna, dueña de un tendajón en la colonia Roma. La anciana vive sola y usa hábito, es franciscana. E se acoge a sus reglas. Es un silencioso lazarillo habituado a orar y obedecer. EL lo mete a una estética para barrer cabellos. E, ya con dinero en el bolsillo —quinientos pesos— deja la ciudad e incursiona en suelo tropical. La mar lo atrae. Una  nueva aventura lo aguarda. E lleva bajo el brazo una novela de Alexander Dumas: El conde de Montecristo. Un chico de su edad, S, lo aborda en la terminal de autobuses. Le ofrece ayuda. Juntos se van a la playa. E habla de su orfandad. El crepúsculo aparece con su cauda naranja-rojiza. S lleva a E ante su madre. Doña GT es soltera y alimenta y educa a seis niños. S es el mayor y tiene la misma edad de E. Éste le da el poco dinero que posee a la noble mujer. Desde esa noche será otro integrante de la familia. De lunes a lunes, junto a S, cargará canastas en el Mercado Central y la terminal de autobuses. Las propinas serán su sustento.

16.- Otros personajes llegan a la vida de E. En su trajinar playero conoce a los hijos de un pintor de brocha gorda, un chef y su bella esposa y una mesera, mulata y caliente, que lo desvirga. La mesera le enseña algunos secretos de cocina. De su mano, aprende a preparar ceviche de tiburón (cazón) y coctel de camarón. Subsistir es la única preocupación del adolescente. El cine y las novelas de aventuras son su principal distracción. Sin embargo, el chico enferma de añoranza. Doña GT lo convence para que recupere su familia. En el Distrito Federal busca a su tío LU, militar y hermano de su padre. LU logra convencer a F para que proteja a su hijo. F y G y su prole radican en H. La Casa grande, herencia de los abuelos, está bajo su cuidado. El hotel es administrado por la tía AN. E y S, su hermano y antiguo Ángel de la guarda, terminan en la casona de los tíos AN y RA. Nuevas sorpresas le aguardan a E.

HEMEROTECA: Por que el tiempo vuela – Alan Burdick

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