LOS AZORADOS

polvos ajenosLa pena es divina: hiere lo que ama.

William Shakespeare

Recuperar los recuerdos perdidos en el transcurso de tu estancia. Mete la escoba debajo de la cama. Hallarás pequeñas borlas remojadas en lágrimas.

¿Ves aquella pisca de polvo?

Es posible que se trate de un momento angustiante, en plena ciudad.

El hombre desgarbado salta la tapia. Cornelio duerme metido en la covacha de cartones y plásticos. Las ratas corretean en torno a las migajas de bolillo y sardina cocida.

Cornelio es ajeno al peligro.

Elías advierte la incursión. Tiembla de miedo.

La ciudad descansa cubierta con su franela negra con festones dorados.

Los gatos perdieron su entereza ante el zancudo que se juega el pellejo con sangre viva.

Los gatos aplacan su hambre con desperdicios de pescado.

El chino Feng, puntual, los alimenta. Lo hace después de arrojar la basura en el solar bardeado.

La luna ama al mortal que descansa en el lecho. Tardará dos semanas en soltar su caspa plateada. La ciudad no la necesita. La mar y la parcela reclaman su presencia.

Sin sus berrinches de dama fértil, los miserables no deambularían en la tierra.

El hombre de ojos sanguinolentos es mortífero. El mal ha contaminado sus huesos. Los niños son ajenos a su enfermedad. Feng lo ha visto y prefiere alejarse. Regresa a su changarro de mariscos.

Rimbaud canturrea, dentro del libro inerme con mierda de ratas:

Que ce trou chaud souffle la vie,/lis ont leur âme si ravie/Sous leurs haillons

Cornelio, a pesar de ser un mocoso de trece años, repite y repite en su propia lengua, la falsa imagen descrita por el poeta maldito.

Que del hoyo caliente sople la vida,/Ellos (los chiquillos) tienen su alma transida/bajo sus andrajos.

Nada de lo que hable la noche despierta suspicacias. La ciudad es un tiradero de almas descarriadas.

Agazapados, los desechos del rencor se alimentan de carroña.

Un festón suelta su luz y se estrella en el metal que cuelga de la mano homicida.

Elías toma la iniciativa.

La punta afilada del frasco de mayonesa se hunde en la piel rugosa del intruso.

Cornelio es ajeno.

Sueña.

Vuela con su capa celeste sobre el cerro del Corcovado. En sus bracitos tiritantes abraza el bolso de alimentos que le lleva a su madre.

El caserío de Los Duraznos apenas sobresale de la olla arbolada. Un anillo de roca volcánica la protege. Es el hábitat de los linces y nahuales.

Nuevamente, Cornelio moja sus andrajos. El moribundo inhala su fragancia amoniacal.

Elías, arrastrándose dentro de la pocilga, no cesa de gritar:

—¡Hermanito! ¡Hermanito! ¡Tenemos que irnos! ¡Despierta!

Del libro desojado, sin propietario, parte la cantaleta:

Nature, berce-le chaudement: il a froid.

Rimbaud moriría de vergüenza, si lo escuchara en lengua ajena:

Naturaleza, mécelo cálidamente: tiene frío.

HEMEROTECA: Terror y miseria del Tercer Reich – Bertolt Brecht

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s