PICO DE LORO/LA TELE

goteo portada

Pensar distinto es condenarte. Corres el riesgo de ser expulsado de la comuna. Vivir errante, sin ancla al lomo que te permita parar cuando el hambre y el cansancio dicten sus reglas.

Observas y callas.

Cuando Lerva levante la mano e inicie su rollo, bajaras la cabeza e intentaras borrarte de sus ojos de áspid.

Han transcurrido sesenta años.

Lo único que deseas es pensionarte y reinventarte.

Carla no puede equivocarse.

—La Habana huele a salitre y moho y puedes escuchar el golpeteo de los bombos y güiros y el taconeo de las bailadoras de samba… Ñó, de madre…

Intentas reír en medio de la nada.

Tus compañeros no paran de colgar, en el cielorraso del galerón 15, las macetas con Picos de loro y Luna africana. Serán enviadas a Hamburgo.

Las flores tropicales estarán colocadas en la entrada principal del hotel Mövenpick Hamburg, donde se hospedarán los veintiún jefes de estado del G20.

Piensas en tu hija Raquel, una de las manifestantes. Irá a la cabeza de los ambientalistas de Greenpeace. No quiso viajar en el buque que intentará sabotear, en el rio Elba, el concierto de la Filarmónica de Hamburgo.

Lerva lo sabe. No guardó silencio. Lo ha informado al Ministerio del Interior.

Le espera a Raquel la prisión o el infierno.

Nada puedes hacer.

Esperas recibir tu paga el fin de semana.

Y en tu camastro de la traila, bebes cerveza, lloras en silencio.

Si Lucrecia viviera jamás hubieses abandonado la Habana.

—O—

LA TELE

—Diez pesitos diarios…

—Menos de un dólar…

—Lo has dicho…

—¿Y en qué tiempo pago el televisor?

—En tres añitos

Velda asienta con la cabeza.

Gregorio Cortes, aguarda la respuesta de Lucha.

Albertino no suelta el plumín y la libreta. Su gordura no le impidió desplazarse a pie los cinco kilómetros que separan Pomarrosa de Santa Bárbara.

—Tres años… —repite Lucha lo dicho por Gregorio—. Mucho tiempo, ¿no crees, Goyo?

Pos pueque tu… La necesitamos…

—La necesitas tú, mondao —aclara Velda.

La masa sigue intacta en el metate. Sus trenzas, cenizas por la humareda, se balancean frente a su rostro indiano.

—Ándele, Veldita, aproveche el viaje —acicala Albertino, de pie y con el jarro de agua en la mano—. Mi Rafa llega el viernes y el encargo lo trae… S’iñor

—Hagámoslo, pues…Diosito provee, ¿o no tú?

—Si así lo querés, cuñado, hagámoslo —aprueba Velda.

Lucha no deja de girar la manivela del molino. El bote de nixtamal aguarda ser vaciado. Las tiras de masa caen en la palangana. Parecen reproducir la orografía del viñedo.

—Te tiro pues Albertino los cien varos del enganche  —confirmó Gregorio y soltó la baraña que metería en el tlecuil—, aguárdame un poquito…

Sale de prisa, chapoleando la yerba con los huaraches.

Y ahora sí, Albertino Pinzón apuntaló sus dudas. Los diez mil pesos del mosto seguían en el candelecho.

No sería la gran cosa meterles un susto.

HEMEROTECA: pro36

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