AQUEL ONCE

vuelaLos compases del cancerbero negro se acercan al precipicio

y arrastran el minutero del miedo como insectos gregarios;

y rasgan las nubes soleadas que carcomen las torres del vicio

para destruir, como dagas de acero, el fortín de corsarios.

Los doblones ruedan entre charcos de sangre

y llueven tres mil repiques de palabras indecentes,

enjambres ataviados de trapos incandescentes

 y remordimientos fugaces,  de ternura y desangre…

Jamás retornarán a la cafetería,

al escritorio laqueado,

al hedor de carrocería.

El odio, como festín sagrado,

convirtió sus cuerpos de orfebrería

en cementerio olvidado.

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