LA PELOTERA

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La pelotera comenzó.

—Es molesto el olor —protesté—,  fumen su basura  en la calle o en el patio…

El ruso me observó calladito. Sus ojos de cerdo expresaban azoro para hacerme creer que no entendía mis bravatas.

La flaca nicaragüense siguió oculta en su trinchera de cobijas. La vi desde la puerta, sin encubrir mi encabronamiento.

La penumbra no era su mejor aliada, pero asumió la cobarde rigidez del fiambre.

—¡Romelia —grité, sin importarme que el ruso pudiera responder con violencia a mis provocaciones—. No pueden fumar esa puta yerba en el interior, es molesto y me provoca dolor de cabeza!

Calladita la indina y estallé:

—¡Es la primera advertencia, no quiero problemas!

Me aparté de su habitación. El ruso, hinchado como un cachalote, me persiguió con la mirada, se rascó las bolas y aguardó a que yo desapareciera en el sanitario. Entonces escuché que corrió el cerrojo de la puerta y empezó a hablar con Romelia en castellano.

El regaderazo no me tranquilizó.

El olor a mierda aleteaba en la estancia.

El ruso o la nica habían zurrado y no tuvieron la delicadeza de bajar la palanca del retrete.

Lo hice.

Aun así, la pestilencia tardaría en disiparse.

El extractor de aire no funcionaba.

 Una hora después, le comenté lo ocurrido a Lisandra.

Su respuesta fue lapidaria:

—En Montreal, si no tienes dinero y no hablas inglés o francés, estás perdido. Todo mundo abusa del débil y aquí vas a encontrar gente de mala entraña, locos y adictos a las drogas duras. Prepárate para lo malo y olvídate de lo bueno, mientras no aprendas alguno de los dos idiomas oficiales de Canadá.

Descorché de mala gana una cerveza. De un solo trago dejé seca la botella.

Lisandra conducía el Chevy Orlando y no le molestó que utilizara su auto como cantina ambulante.

—Hablaré con el hueco italiano…—dije.

—Y falta que conozcas a los otros inquilinos —recordó Lisandra—, porque el conserje comentó que en dos o tres días llega al departamento un marroquí.

—¿Conoces al conserje?

—Mientras te esperaba hablé con él. Es turco. Estaba barriendo  y vaciando los contenedores de basura a la entrada del edificio  y pensó que yo buscaba departamento…

Enterarme, en nada me consolaba.

El olor a cannabis continuaba en mi piel. Descifrarlo, me atormentaba.

Venían a mi memoria, en imágenes dolorosas, oscuros pasajes de Chiquirines.

El mismo olor funesto que formaba parte de la zalea verde-oliva de los kaibiles.

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