LA FAMILIA

portsoynorma26

De repente, San Francisco de Limache dejó de tener sentido en su vida.

Valparaíso asumió su rol de ciudad protectora  y de rutinas.

Su pasado, de confusión y añoranzas, terminó en el contenedor de los olvidos.

Norma Luisa optó por cuidar a su familia y construir un destino menos oprobioso.

Su matrimonio e hijos lo eran todo.

Por lo mismo, al dejar de menstruar y confirmar su nuevo estado de gravidez, quiso no hacérselo extensivo a Manuel Ernesto, por temor a perder su cariño y alejarlo del hogar.

Sin embargo, los mareos y vómitos la delataron. Tuvo que contárselo a su suegra y ésta a su hijo.

—Creo que estoy otra vez embarazada, suegra…

—Son bendiciones, hija. No te preocupés…

Doña Carmen siempre añoró tener dos hijos, después de Manuel Ernesto. Él era su único heredero y le entristecía.

Ahora sería distinto.

Sus nietos, Consuelo y Víctor Hugo le alegraban la vida e incluso, intentó convencer a su nuera para que el niño quedara bajo sus cuidados.

—Deja que crezca otro poquito y vos me lo encargas para que yo lo eduque —dijo en una de las tantas visitas a su casa de la Fuentecilla.

Manuel Ernesto amaba lo suficiente a su madre como para contradecirla.

El miércoles 1 de agosto de 1956, a las tres de la tarde, Norma Luisa parió a una niña, en el mismo hospital donde nació Víctor Hugo: el Carlos Van Buren de la avenida Argentina, frente al parque O’Higgins.

El nombre de la recién nacida lo decidió su madre: Centia Mónica.

 El apego a una radionovela cargada de tragedia y romanticismo influyó en la decisión de imponerle a su hija el nombre de la protagonista.

De haber sido hombre, lo hubiese llamado Septelenio, como el enamorado de Centia.

Manuel Ernesto, en tono de broma, le advirtió:

—A mis futuros cabros déjame vos que yo les ponga el nombre, lo merezco, ¿no?

—Solo a dos… porque son más míos que de vos…

Doña Carmen llevó un enorme ramo de rosas a la iglesia. Los depositó frente al icono de la Virgen del Carmen.

Manuel Ernesto se negó a acompañarla al templo católico Los Doce Apóstoles, enclavado a dos manzanas del hospital.

—Hágalo usted madre… —asentó—, y si quiere llévese a Consuelo y Víctor…

—Lo ateo no se te quita, hijo —replicó doña Carmen en la sala de espera del hospital—, por eso me cresta que siempre leas esos libros de los comunistas… Le has perdido el miedo a Dios…

El primer efecto del nuevo alumbramiento lo enfrentó la familia a finales de septiembre.

El propietario del inmueble, buscó a doña Carmen.

—Señora Avilés me apena decírselo, pero tendrán que desocupar mi casa —pidió después del saludo y ya con el dinero de la renta en su bolsillo—, porque viene de Parral mi hijo con su familia y tiene dos cabritos. Vos lo sabe…

—¿Y cuándo la necesita?

—A finales de noviembre. Es más, señora Carmen, no me pague la renta de ese mes y así utilizan el dinero para encontrar otra casa…

En realidad, la presencia de otro hijo en la familia Avilés-González afectaría la propiedad y encarecería los servicios, de acuerdo a la lógica del negocio inmobiliario.

Doña Carmen y Norma Luisa se dieron a la tarea de recorrer algunas calles adyacentes para intentar conseguir una casa.

Todas las tardes lo hacían hasta lograr su propósito: un fin de semana consiguieron una vivienda de dos cuartos en la calle Santa Justina, tambien cercana a la Donatello.

Mintieron para obtenerla: le aseguraron al matrimonio Salas que solo radicarían tres personas en la casa: Norma Luisa, Manuel Ernesto y Consuelo.

Tras descubrir los Salas que el matrimonio Avilés-González lo integraban cinco miembros y estaba embarazada Norma Luisa —por cuarta ocasión—, el señor Carlos Salas buscó a doña Carmen. Sin rodeos, le pidió la casa.

Ocurrió a mediados de 1958.

Por tal inconveniente, Futuario Venusco nació el sábado 23 de agosto de 1958, a las tres de la mañana, en el hospital Carlos Van Buren. Fue albergado con sus padres y hermanos en el hogar de su abuela Carmen Avilés.

Manuel Ernesto eligió el nombre de su tercer hijo.

Otro asunto tendría que dirimirse con urgencia: Consuelo estaba por celebrar sus ocho años de vida y tendría que ir a una escuela primaria.

La preocupación empezó a alterar la tranquilidad de la familia.

Los Shaw le ofrecieron a su hija cuidar a Consuelo, mientras encontraba un nuevo sitio donde vivir. Doña Carmen se negó.

Y dio sus motivos:

—Mi nieta debe apoyar a mi nuera con sus hermanitos, mientras su padre trabaja y les acerca lo necesario para vivir… Ya encontraremos una solución…  Por lo pronto, aquí conmigo nada les falta…

Un problema de salud de Futuario agravó más la convivencia familiar.

Un médico le había detectado principios de asma. El cabro tenía siete meses.

Era necesario dejar Valparaíso por el clima húmedo y salino.

—Deben habitar en un lugar seco, porque de no hacerlo, su hijo terminará siendo un asmático crónico y tendrá una vida muy desgraciada —advirtió el galeno del hospital Carlos Van Buren.

Un hecho acaecido en el mercado ambulante de cada jueves —instalado en la avenida Argentina—, cambiaría el curso de la historia de los Avilés González.

Mientras doña Carmen y María Luisa hacían sus compras de verduras y frutas, fueron abordadas por una mujer de pesadas caderas, cabello entrecano, cara de luna y piernas y brazos de atleta.

—¡Es un milagro volverte a ver, Rocío! —exclamó doña Carmen a viva voz— ¡Y eso que vos nunca te despediste de mi cuando partiste a Villa Alemana!

—Ay amiga —dijo la mujer al abrazar a doña Carmen y Norma Luisa, después de la presentación—, uno está a expensas de los padres y yo era muy cabra

La ex compañera de escuela y barrio de doña Carmen narró a grandes trazos lo ocurrido durante su obligado exilio en Villa Alemana: al morir su padre, interrumpió sus estudios y fue obligada a desposarse con un militar que no le dio hijos, pero sí propiedades.

—Ahora soy viuda y estoy en Valparaíso, porque tengo una prima que anda un poco enfermita y me pidió ayuda…

—Nosotros tambien tenemos un cabro con problemas respiratorios —dijo doña Carmen— y tenemos que sacarlo de Valparaíso. El doctor nos recomendó un lugar menos húmedo…

—¿Y porque no lo llevan a Villa Alemana? –sugirió la rolliza mujer–. Allá tengo un terrenito que te podría interesar…

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