LÁGRIMAS DE NIEVE

soledadq24

En Montreal, la movilidad humana pierde su ritmo cotidiano. Los automóviles, inermes en las banquetas, semejan orugas de pasta dental.

El rostro del invierno ingresó en el escenario otoñal.

Nos advierte, entre bocanadas de hielo vaporizado, que diciembre será de un mes de fiesta, no de tristeza.

Cada árbol deshojado es un fantasma con dedos alargados, sin pediquiur.

Los gorros, las botas y las chamarras de mil colores se desplazan en los arroyuelos lechosos.

En las caritas infantiles aparecen delgadas estelas de nieve, en U, como teclas de pianola.

No hay prisa.

En breve, un ejército de camionetas armadas con rastras de acero inoxidable, se atragantará de nieve.

Los vecinos de todas las condiciones sociales, arrojarán sal para abrirse paso en las banquetas y no resbalar.

La isla es un bombón con espigas de hielo.

Es lunes.

El 21 es un mozo arrodillado, a espaldas de una columna sin capitel.

Nada es regresivo en tiempos invernales.

El sol tendrá que acostumbrarse  a dormir de día y la luna, al fin dama, lo vigilará para que nadie lo interrumpa.

Montreal aprenderá a soportar la ausencia del calor bajo su edredón blanco, de reciente compra.

Los viejos soñaran con playas vírgenes y los militares en hacer ejercicios de guerra, antes de partir a Afganistán o Siria.

Hay una oruga blanca quejumbrosa.

Su dueña debe quitarle la nata a la caparazón.

Y usará un rastrillo metálico.

¿Y dónde están las ardillas y mapaches?

Los contenedores de basura siguen intactos.

La nieve hizo el milagro de alejarlas.

Frente al departamento de los Gonzaga —originarios del Cusco, Perú–, sobresale un arce blanco de pelonas enramadas.

Todas las mañanas, una ardilla negra salta de rama en rama para internarse al balcón y atragantarse de cereal endulzado.

Hoy algo extraordinario ocurrió.

 Inti le grita a su abuelo que el animal no ha probado su ración.

—No te preocupes  —lo tranquiliza el anciano—, el güevón sigue dormido, cerca de sus hermanos…

El viejo Cobaldo Gonzaga le recuerda a su nieto —chiquitín chimuelo y de cabellera esponjada—, que en San Francisco hizo vecindad con dos gaviotas que alimentada de arroz.

En cada invierno se ausentaban y durante la primavera retornaban. Picoteaban los ventanales de la cocina para avisar de su arribo.

Su hija Tania —madre de Inti— logró domesticarlas. En algunas ocasiones, las aves eran sus compañeras durante el trayecto al trabajo.

—Es preferible que no te encariñes de esos animales, porque te abandonan al percibir ese sentimiento de dependencia —advirtió el abuelo.

La soledad del frio nos obliga a humanizarnos.

Las iglesias cristianas y musulmanas empezarán a regalar café y pan entre los feligreses pobres.

Las festividades navideñas son el mejor pretexto para orar y comprar regalos.

En las plazas comerciales predominan los blancos y rojos y el signo de pesos.

Ni los renos eléctricos se salvan de ser obligados a recorrer, chamaco al lomo, los pasillos, mojados y brillantes.

Cada naranja vale setenta centavos dólar.

Y el comerciante, preocupado, confirma que el fruto se marchita en los exhibidores de metal.

Es probable que la fruta termine en los arcones de algún banco de comida. Después, en la mesa de los miserables que deambulan en la Isla.

—Es el primer día de nieve —taladra la anciana de ojos azules con su bolsón negro colgado al antebrazo.

—Sí mujer… es la tercera vez que me lo repites…—responde el anciano, de ojos azules, disfrazado de Papa Noël.

La depresión de invierno es un asunto peligroso.

El apetito se acrecienta.

Y el televisor es un refugio seguro para evadirse.

—¿Y qué me dices de la plaga de piojos por falta de aseo? —le pregunta la terapista de ojos azules a la conductora del noticiero de ojos azules.

Tienes razón, las autoridades de la Isla tienen que supervisar los hogares de los pensionados, principalmente en aquellos donde viven personas solas…

Y en la parte frontal del escritorio de media luna resalta un texto de grandes letras blancas:

Famille meurt dans un incendie, par un défaut électrique dans l’arbre de Noël…

Me pregunto —cuestiona la terapista, fijando la vista albiazul a la cámara— ¿Qué regalos iban a intercambiar los dos adolescentes con sus padres?  —y tras una breve pausa, agrega—: Después del comercial, les daremos la respuesta…

HEMEROTECA: pro37

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s