TELARAÑA

chacal portada11 DE MAYO

La telaraña seguía en el ángulo izquierdo del cuarto, entre dos muros calizos. El pequeño arácnido negro, de patas largas, hizo un lento rapel frente a la ventana. Tal vez en años anteriores, en boca de la abuela, aquel hecho podría traducirse en buenos o malos augurios.

En la cabeza de la abuela, era el anuncio de una imprevisible visita.

En Huayacocotla la vida hurgaba los cuencos del destino.

Lo mismo ocurría cuando una mariposa negra, peluda y noctámbula, incursionaba en las habitaciones y hacia palidecer a la familia, por tratarse de una mensajera de la muerte.

Pasado y presente tomaron un porvenir distinto ante el comportamiento natural del arácnido que iba en busca de comida: hormigas eliminadas por el conserje al limpiar la habitación con propósitos de renta.

Las hormigas permanecían inermes, esparcidas sobre el delgado alféizar interior de la ventana.

Tendría que ajustarme a mi nuevo escenario y aguardar que el gobierno quebequés respaldara mi demanda de subsistencia.

El casarme con una mujer canadiense, de origen peruano, permitió dejar atrás las penurias de ser un repartidor de periódicos en Nogales, Sonora. Por las noches, ante la necesidad de cubrir el gasto familiar, laboraba como garrotero en una discoteca de la avenida Álvaro Obregón,  junto a la línea divisoria con Estados Unidos. Ahí solo se reproducían cumbias, vallenatos y sones caribeños.

En algunas ocasiones traficaba con viagra y penicilina, productos de alta demanda en Arizona, Nevada y California.

No en balde, medio centenar de farmacias funcionaban las veinticuatro horas del día en las avenidas Independencia y Reforma.

Mayra ya no estaba a mi lado. Decidió retornar a Lima, por padecer enfisema pulmonar, gracias a su afición al tabaco.

Terminé solo en Canadá, depresivo y bajo la supervisión de Rosalba, nuestra única hija.

Rogelio se había retirado, después de advertirme que mis nuevos compañeros de departamento eran estudiantes: Naib, de Marruecos; Martín, de Alemania y Juan, de Colombia. Los tres, de tamaño y aspecto desigual, asistían a una escuela de francés, administrada por jesuitas.

Por consenso, aceptaron que yo conservara la llave del buzón, incrustado en un muro del pasillo de entrada al edificio.

 Juan solicitó permiso para practicar acordeón dos horas diarias. Tuvo el apoyo unánime. Aspiraba ser músico de iglesia y, a la vez, interpretar canciones de Diomedes Díaz, su paisano. Muy mundanas, por cierto.

El miércoles se instalaron en el departamento. Permanecerían seis meses en Montreal.

Después, en su papel de misioneros católicos, viajarían a Francia para catequizar a niños de la isla Locmaria, en la bahía de Biscay.

Juan me comentó que de niño, en una iglesia de Cali, fue detenido por la policía. Quiso hacerle una broma al cura y se presentó a la iglesia disfrazado de diablo. De tridente llevó un polvoso fusil de su padre.

En represalia, lo obligaron a ser monaguillo. De ahí surgió su vocación para difundir el mensaje bíblico.

En menos de tres semanas, volvía a alterarse mi vida.

En treinta años recorrí parte de México, Estados Unidos, el Caribe y Canadá. Era casi imposible llegar a buen puerto.

 Mayra, antes de abordar el avión en el aeropuerto de Toronto, me advirtió:

—Este no es nuestro país, Héctor… Nosotros somos latinos y estamos viejos. Regrésate, alcánzame en Lima, y ahí podemos sobrevivir con el dinero que recibo por mi discapacidad pulmonar; son mil dólares mensuales, algo así como tres mil soles. En Lima hay playa, calor y mucha tranquilidad.

—No, no hay marcha atrás… —dije con convicción—. En México solo angustias y malos tratos. No tengo nada, siempre al día y prefiero estar cerca de nuestra hija y confirmar que ella si romperá esta especie de maldición que hemos vivido… Perdóname, por no estar a tu lado en la etapa crítica de tu enfermedad.

Mayra puso sus delgadas manos en mis hombros y sin cambiar el tono de voz, dijo:

—Que Dios te bendiga, Héctor. Te amo, no lo puedo negar en estos momentos, pero lo más importante es que estas en un país que toman en cuenta a sus zombis. Por favor, protege a nuestra hija y dile que ella tiene que seguir hacia adelante y no escuche a una madre cancerosa por abusar del tabaco y a un padre, amargado por no saber lo que quiere… ¿Estamos?

No le respondí.

Un tufo de chicle mentolado me catapultó al momento que laboré en el corporativo canadiense Bubble Bubble.

Durante un año, en Vauhgan, limpié pisos durante cuarenta y seis horas a la semana. La empresa me daba un trato de esclavo.

El área más problemática era el departamento de mezclado. En el piso se formaban gruesas capas de un chicle rosado y únicamente con agua hirviendo y espátulas lográbamos despegarlo.

Los operadores de las maquinas —en su mayoría indianos y chinos—, usaban overoles, cubrepelo y tapabocas de tela blanca.

Nos pagaban diez dólares la hora. De ese dinero nos descontaban un dólar de impuestos.

Mayra mascaba chicle para disfrazar su halitosis de cancerosa.

Hablar de mi paso por la tierra, sería ponerme a la altura del arácnido pholcus phalangioides, como lo clasificaron los estudiosos.

Mayra Ruiz no lo entendería.

Su pasado turbulento, de vendedora de dólares americanos y cocaína, me permitió amarla como un demente. Estábamos conscientes que, en cualquier momento, perderíamos la libertad o la vida.

Mayra no supo valorar el acta de nacimiento canadiense, gracias a su padre inca, nacido en Alberta.

Le recordaba permanentemente que Perú y México eran unos auténticos osarios humanos. Los críticos sociales —anarquistas o marxistas— estábamos condenados a morir en el cadalso o de hambre.

Entonces lo entendió.

En su afán de aventura aceptó que lleváramos a nuestra hija a Canadá. La protegiéramos de las bandas delictivas, las narcoadicciones e ignorancia.

En un arranque de ira me puse de pie y aplasté la araña de un manotazo. Ascendía por la red para succionar a su presa.

Lo impedí sin entender el motivo.

La soledad me apartaba del sentido común.

En esos instantes, Juan tocaba el acordeón y Martín, frente a la estufa, asaba un trozo de carne de cerdo.

En su cuarto, Naib leía la biblia. No cesaba de mirar el reloj despertador.

Por Skype, hablaría  con su madre, radicada en Rabat.

Y después, exactamente a las ocho de la noche, enlazaría por Facebook con su padre, un obrero metalúrgico de Casablanca.

HEMEROTECA: Un resumen completo de El Capital de Mar – Diego Guerrero

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