SAGRADA CRUZADA

los hijos8

“Todo es bueno cuando es excesivo”, resumió Pier Paolo Pasolini en las primeras escenas de Saló.

La Italia fascista agonizaba y la represión nada selectiva iba en aumento.

1944-1945:

En menos de dieciocho meses, previos al fin de la segunda guerra mundial, el horror y el dolor abonaban resabios y vergüenza.

Su carga funesta alimentó de carroña los ríos, lagos, valles y florestas de la provincia quebequés.

Los fascistas católicos y marxistas ortodoxos prolongarían la guerra.

Los Gallipeau, Garçan, Doyen y Bonneto, como a muchas familias de Quebec, fueron amamantados con historias terribles de represión y saqueo.

Benito Mussolini y Adolfo Hitler alentaron el exterminio de seiscientos mil italianos, a nombre de una supremacía racial y apetito colonizador.

Fascistas y nazis hicieron alianza en esa sagrada cruzada, anticomunista y antisemita.

Proletarios y empresarios judíos e italianos terminaron en las mismas cloacas.

El Adriático, Tirreno y Jónico abrevaron su sangre y alimentaron de cadáveres y metralla a la fauna marina.

Los herederos ideológicos, bajo la guía espiritual de cardenales y camisas pardas y negras, eran conscientes de la necesidad de la poda clasista y racista con propósitos preventivos y curativos.

Los miserables negros, amarillos y cobrizos, y comunistas de piel ensabanada y barba en cascada, no tienen cabida en una sociedad donde predominaba el orden, el trabajo y la familia francosajona.

Mussolini le declaró, en octubre de 1922, al corresponsal de El Chicago Tribune:

—No tenemos más que un amor: Italia. ¡Ay de aquél que quiera dañarla! La Biblia dice en su doctrina ojo por ojo, diente por diente. Nosotros decimos: dos ojos por un ojo y dos dientes por un diente.

Y en una arenga de 1923 en Roma, advirtió:

— Libertad, sin orden ni disciplina significa disolución y catástrofe…

Bela  Garçan lo recordó ante Renna mientras observaban a los maltrechos muchachos negros.

Un policía rubio, de nariz retorcida por su afición a los cuadriláteros, no daba tregua.

Los machacaba a puñetazos.

Brochazos de sangre lo enrojecían, de pies a cabeza.

—Hace su trabajo… —dijo Garçan, chupeteando el habano apagado.

Renna tuvo deseos de auxiliar al decano boxeador, entregarle su hacha vengadora.

Encendida, recordó un breve texto del apóstol Mateo:

Y el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego.

Su abuela merecía la ofrenda.

La poda del mal estaba en proceso.

No se detendría.

Desde niña le habían enseñado a desconfiar de las gentes de color y de los inmigrantes mexicanos.

La misma fobia sentía por los caribeños, africanos y chinos.

De los chinos, su temor era aún mayor.

De acuerdo a sus padres, dos grandes hambrunas les despertaron  un gusto obsesivo por los insectos, gatos, perros y humanos.

Pierril era un niño cuando tuvo acceso a imágenes sobrecogedoras de la China maoísta: de 1958 a 1962, más de quince millones de chinos murieron de hambre.

No faltaron actos de canibalismo.

Lo mismo ocurrió en el siglo XIX.

Mabelle le regaló varios libros que recrearon esa tragedia del país asiático. Uno, La Buena Tierra, de la estadounidense Pearl S. Buck.

Memorizó, como una especie de tatuaje, un fragmento que repitió en una de sus intervenciones de la Legión Juvenil.

“Un día, su vecino Ching, consumido hasta parecer menos que una sombra humana, llegó a la puerta de Wang Lung y dijo moviendo temblorosamente sus labios secos y negros como tierra:

“—En la ciudad se comen los perros, y en todas partes los caballos y aves de todas clases. Aquí nos hemos comido las bestias que labraban nuestros campos, la hierba y la corteza de los árboles. ¿Qué más nos queda para alimentarnos?

“Wang Lung movió la cabeza con desesperanza. En su regazo yacía la leve esquelética forma de su hija, y miró hacia aquel rostro delicado y huesudo, hacia los ojillos punzantes y tristes que le seguían incesantemente. Cuando su mirada se cruzaba con aquella mirada patética, por el rostro de la criatura pasaba invariablemente una sonrisa que a Wang Lung le partía el corazón. Ching se le acercó más.

“—En el pueblo están comiendo carne humana. Se susurra que tu tío y su mujer la comen. De otra manera, ¿cómo vivirían, y con suficientes fuerzas para andar por ahí, ellos que nunca tuvieron nada?”

Los padres de Renna responsabilizaban de la descomposición social a los africanos e hispanos. Según Pierril, eran los verdaderos culpables  de la violencia callejera y las narcoadicciones.

Por ellos, en las principales ciudades de Canadá —por ejemplo, Vancouver, Calgary, Toronto y Montreal—, pululan psicópatas, heroinómanos, cocainómanos, mariguanos y consumidores de LSD.

—Están  descerebrando a nuestros jóvenes para convertirlos en zombis y destruirnos. La Legión debe evitarlo.

Renna, alimentada desde niña de tal tesis de odio, se excitaba al ver y escuchar a los dos negros clamar por su vida.

Su verdugo, imparable. No paraba de golpearlos.

Lo imaginó torturando a la abuela.

—¡Si, si, fue Abbas, fue Abbas!

—¿Quién?

—¡Abbas, El Etíope…!

Garçan al escuchar el nombre encendió con parsimonia su habano. Su rostro cárdeno, impúdico y cruel, reapareció tras la llama del pequeño mechero de oro, regalo de don Adelpho.

La paliza fue filmada por dos cámaras.

El video alejaría al par de pandilleros del negocio.

Abbas Larbi era una pieza cambiable.

La Legión recuperaría su mercado de narcóticos e influencia política en los distritos de Notre-Dame de Grâce, Lachine, LaSalle y Côte des Neiges.

Nuevos rostros, nuevas ideas, nuevas reglas…

—Los maricas y comunistas se irán al infierno —barbotó en voz baja.

HEMEROTECA: tvnote

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