LA CARCAJADA

soledadqEPILOGO

El Pelón Cañedo no pudo contener la carcajada. Perder dos mil dólares era irrelevante.

La aventura fue disfrutable e inolvidable.

Por desgracia, sintió un poco de añoranza por la salvadoreña. Lamentaba que llegara al extremo de prostituirse en su afán de obtener la residencia canadiense.

Durante tres meses las dos mujeres cedieron a los caprichos sexuales de Renato y el Pelón Cañedo. El primero les informó que tendrían que abandonar Canadá para poder legalizar su estancia en Quebec.

El abogado migratorio, Jason Rico les confirmó lo dicho por el paralegal.

Renato prometió viajar a Sululan y casarse con Lola en el registro civil del municipio y desde ahí iniciar los trámites de padrinazgo ante las autoridades migratorias canadienses.

Sería una boda fraudulenta.

Lola era casada. Por lo tanto, tendría que convencer a su esposo e hijos para que el juez de lo civil liberara el acta de matrimonio.

Lo mismo le prometió el Pelón Cañedo a la mexicana.

Rico intentó ser convincente al leerles, en su despacho, unos supuestos artículos de la ley migratoria.

Una de las exigencias legales era obtener las actas signadas por los jueces de sus respectivas localidades. Eso facilitaría sus propósitos de obtener la residencia canadiense o quebequés.

—Los mil dólares les ayudaran a convencer a los jueces del registro civil para que saquen adelante estos trámites burocráticos —confirmó el abogado al entregarles los sobres con el dinero.

Renato y su amigo evitaron intervenir para hacer más convincente lo dicho por Jason Rico.

En tres días, Lola y María José abandonarían Montreal. Dos semanas después, las alcanzarían para desposarse por lo civil.

María José sintió alivio al saberse dueña de los mil dólares. Lo que menos le interesó fue proseguir su relación con el anciano calvo, de origen peruano. Le daba asco su halitosis y la manía de juguetear con la lengua su prótesis dental.

El mismo sentimiento lo externó su amiga, después de intimidar con el viejo costarricense, barrigón, mentiroso y patán.

Su regordeta cara transpiraba un sudor rancio y pegajoso. Era enemigo de la ducha y cambiarse de calzoncillos y calcetines.

—Empecemos de nuevo esta vaina —sugirió Lola.

Ya en la calle, antes de abordar el autobús, Lola empezó a reír. Su amiga la secundó.

Sobraban las palabras.

La misma escena ocurría en el despacho del abogado Rico.

El Pelón Cañedo extrajo una botella de coñac de la mochila y antes de descorcharla, exclamó:

—Espero que las venideras estén mejorcitas y no sean tan pendejas

Risas estruendosas.

VIDEOTECA:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s