EL JULIO DE SAN MIGUEL

sommus portada-SUEÑO 19

Receptivo. Esa es la palabra.

Julio Iglesias, todo de blanco. Desde los mocasines con suela de caucho, sin calcetines, hasta los pantalones pescador y la sudadera Lacoste.

El madrileño, tan entero como tus recuerdos mozos.

Te saludó desde la escalerilla de su traila, donde bebía un preparado de vodka con licor de café y helado de vainilla y plátano.

Lava Lava la llamó al ofrecerte una ración parecida.

San Miguel de Allende era el nido familiar de los Martínez-Bello y tú eras un Martínez-Bello, originario de Pénjamo.

Las calles desiguales, cubiertas de cascajo de rio, no te impidieron cabalgar por los extremos del pueblo, folders al pecho.

Ni de coña me subo a ese zopenco del diablo… —exclamó Julio mostrando una sonrisa franca, jovial. Tan nevada como su atuendo.

—La vida del maestro rural, vecino… —dijiste sin soltar la brida y el trote.

El Pinto no era árabe o andaluz, pero tenía su garbo. La grupa, los riñones y los cuartos traseros trasudaban fuerza, demostraban su linaje montuno.

Minutos antes, te viste rodeado de tus cinco medios hermanos. Oscar, al que llamabas cariñosamente Calín, continuaba en cama, con fiebre.

De retorno irías a la botica del gallego.

—Le tengo un obsequio  —dijo Julio—, y ahora que lo veo, permítame entregárselo…

De inmediato pensaste en la guitarra que yacía a sus pies. El madrileño la conservaba desde su accidente carretero en las adyacencias de Majadahonda.

Desmontaste.

Te viste obligado a llevar tu carga de apuntes a la traila, varada en los terrenos del conservatorio de plantas mexicanas, muy próximo a la presa Las Colonias.

Gusta su canto y prestancia, nada oronda, pero de lejitos es más bonito, según el vecindario.

El jamelgo quedó atado en el sauce, ya muy cargado por la vejez, y empezó a despellejar el suelo cubierto de una grama pálida, dispareja.

 —Aguárdeme un poco, colega —pidió y entró al carromato algo dañado del chasis.

Tú en lo tuyo, releyendo los apuntes del desvelo. Algo bueno saldría de aquellos garabatos.

En el ordenador de la Casa del Anciano, donde aportabas tu grano solidario, pasarías en limpio aquel trabajo de locos.

Julio volvió con la bebida hawallana y una cartera de bolsillo de piel de carnero y deslavada.

—Tenéis, en reciprocidad al regalo de su hermano —dijo el madrileño—. Los billetes tienen su historia y espero este a la altura.

Descubriste azorado, que dentro de la cartera estaban varios billetes españoles, de antiguo cuño.

Depositaste los folders en un escalón y extrajiste los billetes. Eran de cinco, diez, cien y quinientas pesetas. El rostro de Ignacio Zuloaga con su boina de franela, muy a su estilo de artista pictórico, fue repetitivo en cinco ocasiones. Lo mismo ocurrió con los grabados de Alfonso X y La Mujer Morena de Julio Romero.

No te alegraste.

Ariel tuvo que hurgar tus cosas para merecer tal obsequio.

—Déjeme adivinar, vecino —dijiste tras vaciar el vaso de Lava Lava—. El Che por estos emblemáticos españoles…

—¡Guay! ¿Y cómo lo adivinó, colega?

—Se lo sugerí…—mentí.

—Los dos billetes se aprecian y júrelo que tienen un gran valor por el detalle.

El Banco Nacional de Cuba, tras la ejecución en Bolivia del comandante Ernesto Guevara de la Serna, El Che, imprimió un billete de tres pesos con su esfinge. En 1970 lo adquiriste en una de tus travesías a Camagüey. Eras integrante de la brigada internacionalista alfabetizadora.

Julio renovó la dote de vodka con licor de café y cremas de fruta.

Y luego te soltó lo del billete de veinte pesos con el grabado del comandante Camilo Cienfuegos, firmado por El Che, en su función de director del Banco Nacional.

No te quedó de otra. Tuviste que pelar la mazorca y achicar la botella del vodka del madrileño.

En la cartera no estaba la esfinge del soberano Juan Carlos y el numerito de las diez mil pesetas. Te tranquilizaste.

Ya atolondrado por el rafagueo de los Lava Lava superaste el coraje. Julio, receptivo, escuchó un par de historias extraídas de tu sesera. Como aquellas de abrir un frente internacionalista por la paz y edificar en Honduras aldeas de amor y libertinaje.

En concordancia, Julio Iglesia hizo lo que mejor sabe hacer: cantar.

De sus setenta y dos discos grabados, en diferentes lenguas, tuvo la ocurrencia de soltar una chorrada que te paró la greña. Interpretó, guitarra en mano, Gwendolyne.

Tan dentro de mí

Aún llevo el calor

Que me hace sentir

Aún llevo tu amor

Tan dentro de mí

Que aún puedo vivir

Muriendo de amor

Muriendo de ti.

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