EL MOCHO

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El clima en Montreal mete a su gente en el mercado ontológico, adverso a cualquier teología liberadora o militancia cínica o cuáquera. Su vida diaria la acrisola bajo el rigor de los calores y fríos extremos, lluvias procaces y vientos pudorosos.

Lo palpable y práctico.

Existo, luego pienso.

Puedo entenderlo en los instantes que me desplazo boyante por la animada arteria de Saint-Catherine. En aparente indiferencia observo su comercio callejero con mimos, locos uniformados de conductores de tráfico, borrachos en plena siesta vespertina para recuperar fuerzas y pordioseros maltrechos y aburridos de no pensar.

La fauna callejera está integrada por ascetas draconianos que pescan monedas en la rivera urbana.

Los inmensos aparadores reflejan su profunda miseria y conformismo.

Hasta Diógenes El Cínico disfrutaría el atardecer en aquel lugar de privilegio.

Cada cabeza esconde sus parásitos e ideas.

No teme a la muerte.

Prefiere machacar con fuego líquido, el hígado y los riñones, orinar sangre o pergeñar alucinógenos  que les permitan alejarse de sus miedos.

Dentro de los quince kilómetros de calle tachonada de anuncios luminosos y mercadería importada, predominan el arte callejero y las salas de masajes multiétnicas.

Ni los árabes se salvan.

Es un viernes de verdor obligado, por ser junio.

Los turistas se han adueñado de las banquetas.

Le prometí a Lisandra meterme en sus cobijas durante la noche.

He optado por bucear en las cañerías de la ciudad, como una rata.

No tengo ánimos de escuchar sollozos, reclamos de infidelidades, sembrar remordimientos de fe o embotarme bajo la cúpula de una iglesia traicionada e inexistente.

El domingo recuperaré los comprobantes del registro escolar y de inscripción al sistema de salud quebequés. Lisandra los tiene en resguardo temporal.

Chapín de mierda… Güevón… Voltea pa’ca

Detengo la marcha y rastreo el origen de los gritos.

Es el campesino boliviano de nariz garapiñada: Lucho El Mocho Cabrera.

Y hace su alharaca desde la banqueta contraria.

Alessia Lombard lo acompaña. Los dos visten como cholos paceños, frente a un tendido de bisutería artesanal.

Mis disertaciones sobre el clima y la mendicidad terminaron en los intestinos y tenates.

Durante el cruce de la avenida, un autobús urbano frenó de improviso para evitar arrollarme. De inmediato el escrutinio visual de los curiosos.

Tuve unos segundos de gloria.

No dimensioné el asunto, como efecto de las seis cervezas que me había enjaretado al mediodía.

—Andas bolo, pelado —me dice el aymara y ríe.

—Lo suficiente para cagarla

—Ten, bájate el susto —dice y me entrega una bota de cuero de llama con aguardiente.

No le rehuyo y ataco, sin importarme lo abrasivo.

Alessia hace un mutis de complicidad y me secunda en el atorón de caña.

Por primera vez, confirmo que es bella, a pesar de su delgada anatomía, lastimada por los abusos de alcohol y piedras de cocaína base.

Es amante del Rengo Rentería.

—¿Y qué haces por acá, en tierra de los forasteros avec de l’argent? —cuestiona El Mocho.

—Curiosidad arrecha y apechugar los malos y buenos tiempos…

—Si aguantas un poco —ofreció El Mocho—, podemos continuarla en un pahuichi cercano, donde la paisanada escapa de sus demonios… Tengo mucho que contarle a vos…

La fuerza de voluntad no era uno de mis atributos.

El aguardiente gratuito, como el maná de la tribu de Levi, hizo el milagro de retenerme.

Me acuclillé entre los dos amigables mercaderes de pacotilla y aprendí a ensartar pepas de vidrio multicolor y mostacillas en tiras de cáñamo y latón.

El aymara hacia su parte: llamar la atención, interpretando melodías andinas con una quena de arcilla y un charango con caparazón de quirquincho y doce cuerdas.

En ese instante, decidí aprender el oficio de la bisutería casera: ser parte de la caravana de gitanos sin patria, libre, silenciosa y amante de la vida.

Ni los aluviones de nieve o los chubascos y canículas les impedían vagar en el corazón de la isla.

Los abalorios y vestimentas indígenas les permitían allegarse de dólares, marihuana y alcohol y suponer que la madre tierra —o la Pachamama andina—, podría estar agradecida de sus rituales carnavalescos y nalgas encallecidas.

En uno de los recesos, El Mocho Cabrera me hizo coparticipé de un secreto, causante de su presencia en la provincia: ahorrar doce mil dólares canadienses para comprar un detector de metales preciosos, de hechura alemana.

De funcionar el rastreador, me confió, recuperaría los cinco mil escudos de oro y diez mil reales de plata potosina que ocultó el sacerdote y guerrillero, Ildefonso de las Muñecas, en territorio cochabambino. Lo hizo un día antes de la batalla de Sipe Sipe.

—Uno de mis tatarabuelos fue subalterno del padre Muñecas —recordó El Mocho, sin importarle que la quebequés desnalgada lo estuviera escuchando— y con ayuda de otros tres artilleros y dos mulas cargaron el tesoro y lo enterraron en los alrededores del poblado de Sipe Sipe. El mapa de su ubicación lo elaboró mi tatarabuelo y en mis tiempos de pelado yo lo recuperé.

—¿Y cuántos años tienes viviendo en Canadá? —inquirí tras achicar la bota que parecía inacabable.

—Quince años, quince años de guatoco y guapo, chapín…Y sigo de macana y mula

HEMEROTECA: Narraciones y otros escritos – Franz Kafka

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