VILLA ALEMANA

portsoynorma27

La gran burbuja, cargada de ilusiones y felicidad, empezó a desinflarse, al observar el rectángulo agreste de Villa Alemana. Ocurrió el mismo día que los dos, como padres de cuatro infantes, nos enfrentamos al nuevo escenario, bañado por un sol otoñal, cálido.

Los niños quedaron bajo el resguardo de mi suegra.

Manuel Ernesto y yo comprobamos que el terreno de seiscientos metros cuadrados —pedregoso y con yerbajos y alimañas—, requería adecuarse para levantar nuestra chabola.

Una fecha imborrable en mi vida: sábado  25  de Abril de 1959.

Llevaba cuatro meses de embarazo.

Tendríamos que reinventarnos para evitar los “no” imperativos de futuros caseros y prevenir los males respiratorios de nuestro cuarto cabro.

El sacrificio seria enorme.

Por la mirada apesumbrada de Manuel Ernesto, comprendí que la infelicidad se colaría por nuestra puerta.

Llenaría de moho y humedad la tranquilidad y felicidad de la familia.

Villa Alemana, como ocurrió en San Francisco de Limache, nació en 1894. Ocurrió tras construirse una estación de ferrocarril, el de Peña Blanca.

Ese punto geográfico era el paso obligado del trayecto Villa del Mar-Santiago o Valparaíso-Santiago.

Los pobladores de algunas rancherías aledañas emigraron y se establecieron en una Villa Alemana rodeada de hortalizas, trigales y viñedos.

El estero de Quilpué alimentaba sus tierras.

El clima, templado de diciembre a mayo, generaba grandes cosechas y empleos temporales.

En autobús o ferrocarril era posible viajar a Villa del Mar, Valparaíso y Santiago. En nuestro caso, requeríamos invertir un par horas para visitar a mis suegros o cuarenta minutos, si deseábamos convivir con los Shaw, en San Francisco de Limache.

Sin embargo, mi marido no la tenía fácil. Su trabajo estaba en Valparaíso.

Por lo mismo, necesitaría viajar entre cinco a seis horas diarias, de lunes a sábado, para no faltar a su empleo.

Mi quinto embarazo demandaba de su apoyo.

Nuestros cabros eran pequeños. Consuelo, la primogénita, en octubre cumpliría nueve años y me sería de gran utilidad, en caso de algún inconveniente.

El predio, adquirido por mi suegra, estaba ubicado en la calle Williamson, en el lado oriente de Villa Alemana.

En la década de los cincuenta, la población aún era reducida.

El flujo migratorio lo convirtió a Villa Alemana en un importante centro productor y comercial de la provincia de Marga Marga.

En el año 2016, según el censo oficial, ciento veinte mil habitantes radicaban en Villa Alemana.

Manuel Ernesto solicitó un permiso de una semana, en la Empresa de Ferrocarriles del Estado, donde laboraba como electricista.

La razón que presentó —el tener una esposa embarazada y mudarse de casa  de Valparaíso a Villa Alemana—, sensibilizó a los directivos del sindicato y la empresa.

El permiso le fue concedido de inmediato.

 Mientras Manuel Ernesto contrataba gente para limpiar el predio y cavar las zanjas para levantar los cimientos, yo sacaba los permisos de construcción en el ayuntamiento de la comuna y compraba la madera, las láminas de fonola (zinc), clavos, puertas, marcos de ventana, brea, manguera plástica y cableado para la instalación eléctrica.

Los vecinos de las casas adyacentes —solidarios desde nuestro arribo— nos proporcionarían el agua potable y la electricidad, mientras el gobierno municipal hiciera su parte. Tardaría entre tres o cuatro semanas, de acuerdo a lo dicho por un avinagrado burócrata del ayuntamiento.

El trabajo fue arduo y en silencio.

Todos los días, casi al anochecer, retornábamos a Valparaíso para dormir en la casa de mi suegra.

Madrugábamos.

Después de recorrer, en dos horas, los ciento treinta kilómetros de vía ferroviaria, continuábamos la dura faena en Villa Alemana.

En algunas ocasiones, nuestros hijos nos acompañaban. Mi suegra tenía un poco de descanso.

Mientras Manuel Ernesto y los dos ayudantes levantaban la casa, Consuelo jugaba con sus hermanitos.

Yo preparaba los alimentos, lijaba maderos o realizaba las compras.

Me tranquilizaba saber que, a cinco bloques de nuestra casa, había una clínica maternal con atención médica las veinticuatro horas.

Temía perder al bebé, por no comer bien y realizar trabajos extenuantes.

Mi suegra y los vecinos estuvieron presentes al inaugurar la casa.

La construcción la realizamos en una semana.

El domingo 3 de mayo, Carmen y su marido hicieron su arribo en un camión de mudanzas, contratado en Valparaíso.

No faltaron manos y ánimo para descargar la unidad y colocar los muebles y ropa en un gran cuarto. Por el momento, el inmueble carecía de baño y una habitación para cocinar y lavar los trastos.

Poco a poco resolveríamos tales deficiencias para recuperar la armonía familiar.

—¿Quieres vos que Consuelo o Víctor Hugo estén con nosotros un tiempecito, hijo? —se ofreció mi suegra.

Me adelanté, antes de que Manuel Ernesto contestara:

—No suegra, prefiero tener a todos mis cabros con nosotros, porque se tienen que apoyar y además, Consuelo ya está en edad para ir a la escuela…

—Pero les viene otro crio, Normita —recordó el chef, aun sudoroso por el esfuerzo de la mudanza.

—Ya verá vos que nos las arreglaremos, suegro… Me han dicho que hay una madrota en la otra cuadra y se llama María… Mañana iré a buscarla para que también esté muy al pendiente de mi embarazo…

   Mientras Carmen y su marido se alejaban, a bordo del camión de mudanzas, pude observar la calle polvosa y solitaria.

En esos instantes, el atardecer era devorado por la noche. Sentí desasosiego al  intuir que mi vida en matrimonio dejaría de ser armoniosa y frugal.

El dinero empezaría a escasear. De eso estaba segura.

Mi marido tendría que realizar constantes viajes a Valparaíso, donde trabajaba.

Además, en septiembre, pariría a mi quinto crio.

En junio, los aguaceros harían tamborilear el techo de nuestra humilde chabola.

El suelo podría reblandecerse y derrumbarse y temía por la seguridad de mis hijos.

HEMEROTECA: tevenot

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