MANU

la langosta portadaUno doce.

Ni un centímetro más, ni un centímetro menos.

Shuco, eso sí. Un desastre.

Verlo como un patojo barbado, me hizo reflexionar.

El ukelele, transversal a la espalda.

Usaba zapatones blancos con plataformas. El verano le permitía portar una camisola colorida, de mangas cortas. Por lo mismo, lucía sus bracitos gruesos y musculosos.

Me saludó en castellano. Su acento chileno era inconfundible.

—Manu, socio

Su pequeña mano quedó atrapada en la mia. Viviana estaba ausente. Tuvo que buscar en la farmacia una toalla sanitaria. Me convertí en cantinero emergente.

El recién llegado, de un salto ocupó un taburete de la barra.

—¿Vos tendrás de casualidad una piscola?

—No, pero puedo prepararla con pisco y cocacola, si le apetece…

Carón y peludo y de manitas regordetas. Sus ojos negros, abolsados, evidenciaban la dureza de su transitar por la vida.

En La Langosta los bagres y chintos son parte de la fauna de exiliados.

Me he acostumbrado a visualizarlos.

Pech insiste en llamarlos los condenados de la tierra, como los calificó Fantz Fanon.

Bebió su pichel como un oso hormiguero.

Yo continué con mi lectura.

Escasa la concurrencia en el local. Salvo el afganocanadiense Rashid Rabbani y dos tipos de su camorra y tonelaje, solo el patojo de barba y yo poblábamos La Langosta.

—¿Puedo hacer un poco de jarana, socio? —dijo el hombrecito.

—Es su escenario —asenté, intentando sonreír.

—Soy polinesio, de Rapa Nui…

—Guatemalteco…

—Chapín…

—Chapín, exacto… —comprobé que la jarra estaba a punto de vaciarse. Ofrecí—: ¿Nueva ración?

—Hágalo, S’il vous plait… Una chupilca del diablo me levantaría el ánimo…

—Se lo debemos, amigo… Solo pisco, whisky o tequila…es lo más fuertecito…

—¿Y qué lee, socio?

—Una novelucha italiana… —y al decirlo, muestro la portada.

El desierto de los tártaros —repite Manu el texto que mira—. Yo he perdido esa costumbre, desde que dejé la isla. Vos sabéis que aquí hay que romperse el lomo para tener algo de luca

De bolo a chinto, pensé.

Para mis pulgas.

No tenía ánimos de hacerla de psicólogo.

Falcón y Viviana, con tal de gorrear una dosis de nieve, eran capaces de momificarse, mientras los bolos lanzaran una cascada de choros.

Hasta Pech tenía sangre de serpiente cazadora.

El hombrecito empezó a tocar la pequeña guitarra de cinco cuerdas. Me vi obligado a cortar la lectura y poner cara de palo.

Bebía mi tercera lata de cerveza mexicana.

Tres minutos después, el ukelele dejó de hacer ruido.

—Me recordó una película gringa con Marlon Brando —dije sin aplaudir.

—Sí, vos sabés que vivió en una isla polinesia…

—Claro, amigo…

Mi mayor defecto, lo reconozco, es creerme un sabelotodo. Estaba enterado que su mujer era de origen polines, pero desconocía los detalles de su vida.

Manu metió la cuchara para sacarme del enredo.

—Cuando filmaban la película Botín a bordo, Marlon Brando se enamoró de Tahití y de una gansa cruzada de chino y compró una pequeña isla.

Su aclaración despertó interés en su pequeña figura y origen.

—Yo de mozo vi una cinta llamada Rapa Nui —dije abandonando el libro.

Abrí una nueva lata de cebada liquida.

—Una de mis favoritas… Es sobre una competición para recoger el primer huevo de un pájaro que llamamos charrán. Es pequeñito, de plumaje negro y blanco… muy semejante al gorrión… La carrera se realiza en las laderas del volcán Ranu Kau…

—Me habla en chino, amigo… —aclaré—, pero no entiendo por qué dejó algo tan bello, tan paradisiaco, para hundirse en esta mierda blanca

—Vos no tenéis idea de lo que pasa cuando se es longi y huevón… Llevo dos años aquí, en Montreal, pero antes habité en la Isla de Orleans. Pelaba langostinos y empacaba salmón… así como voz me ves, chiquitito, de un metro doce…

Manu habló de su viaje en yate, como ayudante de mago. Era el protagonista del truco del féretro serruchado. El mago era muy  viejo y bolo y se infartó al tocar costa canadiense.

Manu y el carcamán eran oriundos de Hanga Roa, la capital de la Isla de Pascua o Rapa Nui.

La comunidad polinesa de Vancouver lo acogió, a pesar de ser parte de los acondroplasios.

—¿Y la pasa chévere en estos tiempos, amigo?

—No me quejo  —respondió antes de meter su pico peludo en el vaso—. Solo a los giles, como llamamos a los tontos, les va del carajo… Vos estáis conscientes de lo que suelto, socio

Uno aprende todos los días.

Dino Buzzati, y su chorrada kafkiana, dejaron de interesarme.

VIDEOTECA: https://ok.ru/video/39375145492

HEMEROTECA: El desierto de los tartaros – Dino Buzzati

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